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"Todo el mundo te busca"


"Habla, Señor, que tu siervo escucha"


"Todo el mundo te busca"

Enero 14, 2020 21:48 hrs.
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La Palabra de Dios

Miércoles 15 de Enero 2020

Primera lectura
1 Sm 3, 1-10. 19-20
En los tiempos en que el joven Samuel servía al Señor a las órdenes de Elí, la palabra de Dios se dejaba oír raras veces y no eran frecuentes las visiones.

Los ojos de Elí se habían debilitado y ya casi no podía ver. Una noche, cuando aún no se había apagado la lámpara del Señor, estando Elí acostado en su habitación y Samuel en la suya, dentro del santuario donde se encontraba el arca de Dios, el Señor llamó a Samuel y éste respondió: ’Aquí estoy’. Fue corriendo a donde estaba Elí y le dijo: ’Aquí estoy. ¿Para qué me llamaste?’ Respondió Elí: ’Yo no te he llamado. Vuelve a acostarte’. Samuel se fue a acostar. Volvió el Señor a llamarlo y él se levantó, fue a donde estaba Elí y le dijo: ’Aquí estoy. ¿Para qué me llamaste?’ Respondió Elí: ’No te he llamado, hijo mío. Vuelve a acostarte’.

Aún no conocía Samuel al Señor, pues la palabra del Señor no le había sido revelada. Por tercera vez llamó el Señor a Samuel; éste se levantó, fue a donde estaba Elí y le dijo: ’Aquí estoy. ¿Para qué me llamaste?’

Entonces comprendió Elí que era el Señor quien llamaba al joven y dijo a Samuel: ’Ve a acostarte, y si te llama alguien, responde: ‘Habla, Señor; tu siervo te escucha’ ’. Y Samuel se fue a acostar.
De nuevo el Señor se presentó y lo llamó como antes: ’Samuel, Samuel’. Éste respondió: ’Habla, Señor; tu siervo te escucha’.

Samuel creció y el Señor estaba con él. Y todo lo que el Señor le decía, se cumplía. Todo Israel, desde la ciudad de Dan hasta la de Bersebá, supo que Samuel estaba acreditado como profeta del Señor.
Palabra de Dios
Te alabamos, Señor

Salmo Responsorial
Salmo 39, 2 y 4ab. 7-8a. 8b-9. 10
R. (cf. 8a y 9a) Aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad.
Esperé en el Señor con gran confianza;
él se inclinó hacia mí y escuchó mis plegarias.
Dichoso el hombre que ha puesto su confianza en el Señor,
y no acude a los idólatras,
que se extravían con engaños.
R. Aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad.
Sacrificios y ofrendas no quisiste,
abriste, en cambio, mis oídos a tu voz.
No exigiste holocaustos por la culpa,
así que dije: ’Aquí estoy’.
R. Aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad.
En tus libros se me ordena
hacer tu voluntad;
esto es, Señor, lo que deseo:
tu ley en medio de mi corazón.
R. Aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad.
He anunciado ti justicia
en la gran asamblea;
no he cerrado mis labios:
tú lo sabes, Señor.
R. Aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad.

Aclamación antes del Evangelio
Jn 10, 27
R. Aleluya, aleluya.
Mis ovejas escuchan mi voz, dice el Señor;
yo las conozco y ellas me siguen.
R. Aleluya.

Evangelio
Mc 1, 29-39
En aquel tiempo, al salir Jesús de la sinagoga, fue con Santiago y Juan a casa de Simón y Andrés. La suegra de Simón estaba en cama, con fiebre, y enseguida le avisaron a Jesús. Él se le acercó, y tomándola de la mano, la levantó. En ese momento se le quitó la fiebre y se puso a servirles.

Al atardecer, cuando el sol se ponía, le llevaron a todos los enfermos y poseídos del demonio, y todo el pueblo se apiñó junto a la puerta. Curó a muchos enfermos de diversos males y expulsó a muchos demonios, pero no dejó que los demonios hablaran, porque sabían quién era él.

De madrugada, cuando todavía estaba muy oscuro, Jesús se levantó, salió y se fue a un lugar solitario, donde se puso a orar. Simón y sus compañeros lo fueron a buscar, y al encontrarlo, le dijeron: ’Todos te andan buscando’. Él les dijo: ’Vamos a los pueblos cercanos para predicar también allá el Evangelio, pues para eso he venido’. Y recorrió toda Galilea, predicando en las sinagogas y expulsando a los demonios.

Los textos de la Sagrada Escritura utilizados en esta obra han sido tomados de los Leccionarios I, II y III, propiedad de la Comisión Episcopal de Pastoral Litúrgica de la Conferencia Episcopal Mexicana, copyright © 1987, quinta edición de septiembre de 2004. Utilizados con permiso. Todos los derechos reservados. Debido a cuestiones de permisos de impresión, los Salmos Responsoriales que se incluyen aquí son los del Leccionario que se utiliza en México. Su parroquia podría usar un texto diferente.
Palabra del Señor
Gloria a ti, Señor Jesús

Reflexión del Evangelio de hoy

"Habla, Señor, que tu siervo escucha"
Cuando sentimos que alguien nos llama, queremos dirigir nuestra atención y nuestra mirada hacia la persona que nos llama. Buscamos insistentemente para identificar a la persona que ha pronunciado nuestro nombre.

Cuando era pequeño y alguien pronunciaba mi nombre no podía dejar de sentirme culpable. Y en ocasiones aún me pasa. Quizás porque me he acostumbro a no ser el protagonista de la vida de nadie, y me resulte extraño esa situación ¿Y quién es el protagonista en realidad? ¿El que es llamado? ¿El que llama?

Ante la insistencia de Samuel, de acudir ante la presencia de Elí, se describe una historia de costumbre. Samuel se acostumbró a la presencia y a las llamadas de Elí, y no era capaz de identificar otra llamada.

La lectura nos dice que Samuel, aunque vivía en el templo, no conocía a Dios, pues aún no se le había revelado. Y es que no basta con el mero hecho de vivir en el templo para conocer a Dios. Se necesita el acontecimiento, se precisa el encuentro. Acontecimiento y encuentro que nutren de calidad cada momento donde uno se muestra presente ante Dios.

Fue Elí, quien se percata de lo que va acontecer. Elí, le da la respuesta a Samuel: Habla, Señor, que tu siervo escucha. Porque no hay acontecimiento y encuentro sin la posibilidad de la disponibilidad y la escucha. Cada historia personal con Dios comienza de esta manera.

El texto recoge que Samuel crecía, Dios estaba con él, y ninguna de sus palabras dejaba de cumplirse. El crecer y la presencia de Dios caminan de la mano. No hay presencia de Dios sin crecimiento, y no hay madurez sin que se esté cumpliendo la promesa. No es pues la inmediatez de la respuesta la que nos da la garantía de reconocer a Dios en nuestro vivir. Reconocer a Dios lleva implícito el cumplimiento de la palabra dada por Dios, que siempre es fiel a su promesa.

"Todo el mundo te busca"
Después de curar a la suegra de Pedro, creció la fama de Jesús como un hombre que curaba a los enfermos. En Él se estaba cumpliendo las palabras de Isaías, porque Él me ha ungido para anunciar a los cautivos la libertad. ¿De dónde salía la fuerza curadora de Jesús?

El texto recoge que se apartó del lugar para orar. Y así lo encontraron los discípulos: orando ¿Estaría abrumado por la gente? ¿Necesitaba soledad? ¿Para qué buscar soledad si él era Dios? Se alimentaba de su intimidad con el Padre, para saber decir al abatido una palaba de aliento.

Jesús no temía la soledad, como a mucha gente le aterroriza estar sola. Se puede alcanzar una cierta serenidad estando solo, sin que la gente requiera la inmediatez de la atención. El servicio de curar era una muestra más de que su palabra era cierta y veraz, pero no era la única forma de expresarla. El gesto requiere una palabra, y sin palabras no hay curación, porque quien no escucha no puede ser salvado.

Cuando le pedimos a Dios que nos cure de una enfermedad se lo pedimos de manera inmediata; pero, ¿es oportuna y conveniente esa oración? A veces, oramos pidiendo a Dios milagros que acreciente o fortalezca nuestra fe debilitada por una enfermedad, pero no le pedimos que nos acompañe en su proceso. ¿Y qué es más importante? ¿La curación total o el proceso de salud al que te conduce la curación?

Jesús no sólo quiere curar, quiere el proceso de salud que te conduce a la curación, y eso lo expresa con sus palabras. Hace profundizar en Dios, crea la necesidad de Dios en tu camino, y una vez acogido en diálogo constante con Él, comprenderás que el proceso de salud está en marcha. Hablo de la salud interior, la que me procura fortaleza para afrontar cada enfermedad, la que descubro cuando el silencio se ha hecho presente alejando de mí toda inmediatez que hace de mi vida un sobresalto.

Recuerdo, cómo un joven me llamaba a diario para comprender por qué su madre moriría tan pronto. Sus sentimientos eran de un profundo abandono, de una rabia incontrolada, de una impotencia agrandada por una gran decepción: ’Dios no ha querido darle más vida’. Era una visión realmente negativa de la vida y de Dios interiorizada. En lugar de comprender que Dios no ha querido que su madre sufriera más, y que la ha acogido en su casa, en su presencia, el joven sólo miraba la parte de ausencia, dolor y pérdida. Es lo que nos cuesta aceptar que la vida no es egoísta. No miremos cuánto perdemos en la vida cuando estemos enfermos o moribundos o tengamos al lado a un familiar con una situación semejante; miremos más bien cuanto regalamos o donamos cuando estamos a punto de entregar de forma agradecida la vida al Padre.

Fr. Alexis González de León O.P.
Convento de San Pablo y San Gregorio (Valladolid)

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