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Así se hacía un reportero


Historias de periodistas

Así se hacía un reportero

Julio 07, 2014 12:47 hrs.
Periodismo Nacional › México Ciudad de México
Braulio Peralta › diarioalmomento.com

Para su examen de ingreso al periódico El Día, de Enrique Ramírez y Ramírez, el joven se esmero en escribir su reportaje sobre la situación precaria en que viven los voceadores de diarios y revistas de la ciudad de México. Era un trabajo fácil porque vivía justo en la calle de Artículo 123, ahí donde los voceadores distribuían los periódicos a la capital. Para nadie es un secreto las condiciones laborales de esos trabajadores: viven de la venta del papel impreso por porcentaje, no tienen prestaciones, trabajan por la madrugada, desayunan tamales envueltos en un bolillo, con atole o café y a vender medios de comunicación. El que más grita en la calle tiene mayores posibilidades de sacar el dinero del día:


—¡El Universal, La prensa, Esto, El sol, Excélsior…!

Presentó su trabajo, realizado con entrevistas de los involucrados, a Carmen de la Vega, la jefa de información del diario con tendencias de izquierda priista, en plena decadencia. Cero comentarios de “la jefa” al escrito del aspirante a reportero. Horas de espera. Por fin lo mandaron llamar a la Dirección General: Don Enrique Ramírez y Ramírez, parco, de mirada penetrante, dijo:

—Tiene usted posibilidades de ser reportero. Su reportaje no es algo nuevo, se conoce. Pero los periodistas jamás nos ocupamos de los compañeros del oficio para denigrar al gremio. Si yo publicara lo que usted ha escrito, nuestro diario se dejaría de distribuir por los voceadores de México. Aprenda su primera lección y váyase a su mes de prueba. Felicidades.

Nunca le regresaron a ese joven el reportaje o crónica —por aquel entonces no encontraba las diferencias entre los géneros—. Un trabajo a máquina de escribir, de esas antiguas donde los dedos se deslizan a las teclas y aparecen las palabras en la cuartilla de papel: Para 1978 las teclas eran la prolongación de los dedos y la invención de un texto. El jovencito asimiló la lección: Nada contra el gremio aunque la situación laboral sea un desastre. Usted se calla. Se ocupa de la calle sin involucrar a los dueños de diarios y revistas. La cadena de distribución de medios de comunicación se sustenta en la hipocresía de dar trabajo a desempleados que, para sobrevivir, trabajan en condiciones de esclavitud, en tiempos modernos.

A pesar de aquello trabajó en El Día con gran ilusión. Había leído a los escritores y periodistas del siglo XIX, a la “literatura de la Onda” y a todo el Boom latinoamericano... Se sentía un rebelde con causas. Pensaba denunciar atropellos, corrupciones, la situación laboral de los trabajadores, y hasta creía que podía meter en su agenda de actividades los derechos humanos de las minorías, especialmente la de los gays y lesbianas que sufrían discriminación de todo tipo, obvio, hasta ahora.

El oficio en las escuelas es sencillo, bonito y barato, si estudiaste en la Universidad Nacional Autónoma de México. Tu inscripción anual de 250 pesos y el derecho a todas las clases hasta tu crédito como licenciado en periodismo y comunicación colectiva. Qué bonito era estudiar Materialismo dialéctico con Silvia Molina. Redacción e investigación documental con Guillermina Bahena. Ciencia Política con José Villa. Periodismo gráfico con Gustavo Sáinz…Las clases eran un despertar la mente e incrementar tus ideas. Tus maestros, famosos como Fernando Benítez, o alumnas, como Verónica Castro, “el rostro del 78” que estudiaba Relaciones Internacionales.

Para el oficio en una sala de redacción, nada de lo estudiado sirve para un carajo. Cómo, cuándo, dónde, por qué…Pues sí, pero el contenido, el escrito, la nota, también tiene un sentido político que irremediablemente no está en tus manos sino en la directriz misma del diario. Adiós a la teoría: bienvenido a la práctica. Despídete de tus sueños de libertad. El Día se convirtió en la primera frustración para aquel joven que quería escribir de la corrupción del gobierno, descubrir los terrenos en manos privadas que lucraban a través de un banco para quitar sus dineritos a pobres ilusionados con una casa, y vendían predios hasta cinco veces, quintuplicando sus ganancias en detrimento de sus propietarios. Él estaba del lado de los afectados que tomaban tierras por asalto.

Aprender el oficio: viajar a Acapulco a una cobertura del presidente José López Portillo con los banqueros de México.

—No te preocupes: al rato te pasamos el boletín de prensa. Ve y descansa en la alberca, tranquilo…

De regreso, con el boletín en la mano, el joven reportero, de repente, vio que repartían sobres. Nervios. Alguien le dijo al joven: ¿No vas a ir por tu sobrecito con Galindo? Pues no, dijo muy orgulloso. Haya tú: de todas formas alguien se queda con el contenido. Esa fue la única vez que cubrió la fuente de presidencia. Otro jefe de información del diario, Jorge Coo, se ocupó de enviar al joven a coberturas irrelevantes, hasta relegarlo a la realización de un noticiero para el metro de la ciudad de México, y las guardias nocturnas. Sus últimos días laborales los pasó en la sección internacional del gran jefe, Jorge Aymami, redactando noticias del mundo. México estaba en otra parte.

¿Cómo puede un joven con ilusiones hacer carrera en medios de comunicación cerrados a la libertad en el quehacer nacional? ¿Qué debe hacerse para ejercer un oficio maravilloso donde la vida palpita a cada rato y pide que las palabras lo expresen? ¿Cuándo la oportunidad de un reportero en sus aspiraciones legítimas de escribir que los diarios no están construyendo ideas ni lectores, que más bien, se burocratiza el oficio en la cobertura de las instituciones, sin salirse del esquema gubernamental? El joven empezaba a confundirse con tanta mentira con apenas tres años laborales.

El Día era una cooperativa. El joven se hizo cooperativista. Pero el dueño, el jefe era Enrique Ramírez y Ramírez, de izquierda pero amigo de Fidel Velázquez, de diputados, de priistas de abolengo —fue íntimo de Vicente Lombardo Toledano—. Había para entonces una consentida: “la señorita Socorro Díaz”. La sucesora después de la muerte del hombre que había registrado el periódico a su nombre. ¿Cuál cooperativa? Lo escribe la periodista Paz Muñoz:

“No le des vueltas. El verdadero apoyo con el que contó Socorro Díaz fue del sistema. Un sistema al que hay que entender, o te chingas. Un sistema que apoya o no a quien le conviene. No fue zutano o perengano, con nombre y apellido. No. Fueron los contactos, sus contactos. Le dieron toda la cuerda del mundo. Así que ni Javier Romero ni Jorge Aymamí eran bien vistos por el poder…”

Socorro Díaz fue la preferida para suplir a Enrique Ramírez y Ramírez. Con su ascensión, 30 renuncias a la cooperativa, entre ellas la del joven que, ingenuo, corroboraba que el diario era del erario nacional. Nunca más, dijo. ¿Nunca más? Se equivocó: siguió por otros rumbos, dando tumbos. Qué difícil es aceptar que siempre hay otra primera vez…



II



Crónica de la intimidad: Aquel joven, escapando de las mentiras que la realidad vomita, empezó a buscarse a sí mismo, lejos del oficio que escogió porque creía que podía cambiar la disparidad, la pobreza, el respeto a los otros. Prefirió la evasión: Se descubrió dueño de Paseo de la Reforma cantando con Raphael “Hoy para mí es un día especial, pues saldré por la noche, podré reír, soñar y cantar, cuando el sol ya se esconde…” Noches de desenfreno. Descubriendo cuerpos. La sexualidad, centro de cambio y reconocimiento. Las lecturas de Wilhelm Reich lo hacían revolucionario de sus emociones escondidas. Las amistades peligrosas a todo lo que da pero, cuidado, como que el joven rechazaba el vacío que otorga ese tipo de felicidad y prefirió a los mayores, para entender que el mundo, si es uno, es mejor.

Sus placeres lo llevaron a conocer a gente involucrada en la lucha de los derechos homosexuales. Llegó la casa de Nancy Cárdenas y a la de Juan Jacobo Hernández. Conoció a Carlos Monsiváis, José Joaquín Blanco, Olivier Debroise y un largo etcétera de gente interesada en escribir, desdecir la realidad a través de la ficción o cronicar la realidad para desenmascarar el engaño de sistemas opresivos. Grandes lectores que le abrieron el oficio de comprender la vida, que nunca es como la cuentan los padres, la escuela, menos la religión. La vida es la que uno quiere vivir. No hay peor pecado que no ejercer tus posibilidades de ser.

Para esa época, escribir de homosexuales en diarios y revistas parecía imposible. La palabra gay no llegaba a las redacciones. Lilos, jotitos, raros, anormales, depravados era el lenguaje de la época. Nadie se ocupaba de los crímenes contra homosexuales. ¿Homofobia, qué es eso? Era un secreto el aprendizaje de la sexualidad como sinónimo de libertad. Apenas en los movimientos feministas y hippies se empezaba a ver a los homosexuales como amigos en compañía para luchar por derechos civiles.

En 1982, un grupo de homosexuales se reunió en el Parque México con intención de iniciar una campaña de liberación gay en la capital. Todo con permiso de la delegación. De repente, una pandilla de la Colonia Condesa empezaron a gritar:

—¡No queremos a los homosexuales, no queremos a las lesbianas: fuera del parque!

De los gritos pasaron al acoso. Algunos armados con palos y varas. Dispersaron a homosexuales y lesbianas. Aquel parque había sido testigo de robos, violaciones y crímenes. En uno de esos edificios asesinaron en su departamento a Cuauhtémoc Zúñiga, entonces director de la Dirección de Teatro de la UNAM. Un crimen por homofobia que nunca se esclareció….

El joven reportero, que estaba allí como activista gay, empezó a recabar datos, nombres, hechos y corrió a la redacción del Unomásuno para denunciar lo que había sucedido —obvio, ya trabajaba en Unomásuno y lo consideraba su diario—, para decir que había cinco golpeados, sin policía de por medio. La nota nunca se publicó, en ese, el diario más progresista de entonces. Los espacios para denuncias gays, vetados. El joven se sentía como cuando el presidente Ronald Reagan prohibía cualquier apoyo a homosexuales que empezaban a enfermarse en Nueva York y los militantes exigían recursos públicos para investigar la enfermedad desconocida que hoy sabemos es el VIH que detona el sida. ¡Qué tiempos tan difíciles la década de los 80! Y un joven reportero descubriendo su mundo y observando que sus deseos y luchas no coincidían con un hábitat hostil.

Había aparecido en 1979 la crónica de José Joaquín Blanco, Ojos que da pánico soñar, que abrió caminos de explicación a desconocidos en un tema tabú: los gays existen desde época inmemorial. El joven reportero decidió radicalizarse y logró, por fin, con muchos activistas —nombrarlos a todos sería imposible—abrir espacios públicos para intereses comunitarios de gays y lesbianas. Los grupos homosexuales organizados, a la cabeza con uno de los fundadores, Juan Jacobo Hernández, empezaron a lograr campañas de concientización.

El sida, en medio de la tragedia, logró lo imposible: la apertura en medios y la visibilidad de los enfermos que despertó solidaridad en gente con mayor civilidad que los gobiernos y los políticos. Un ser excepcional, Henry Donadieu, abrió su espacio del emblemático bar El 9 para apoyar al grupo Cálamo en su defensa contra el sida. Hoy aquellos años 80 parecen pasado pero imposible no recordarlo como suceso de actualidad.



III



Regreso a la crónica pública: Pero el joven, ya no tan joven, seguía inconforme en el oficio. Le hablaron tanto de libertad en libros y cursos, que lo creía posible. No era un reportero que se ocupara de la política. Le parecía barata, hipócrita y escasamente literaria. Prefería la versión de los libros de los liberales del siglo XIX, o ya en el siglo XX, de Martín Luis Guzmán, John Reed, Rosario Castellanos o Elena Poniatowska con su La noche de Tlatelolco. El cacique, el líder, el presidente, un amasijo de crímenes alrededor de ellos. Guillermo Prieto tiene la mejor versión para gobernar a la patria, en boca de Antonio López de Santa Ana: intimidar, amenazar, censurar…Palabras que aun hoy se escuchan en los medios sobre presidentes en turno.

Lo más cerca que ha estado el joven reportero que lo corrieran de un diario por una nota publicada fue a raíz de una entrevista a Isela Vega que dijo que José López Portillo era un “pinche presidente con patillas de cochero”, al que nada más le faltaba “encontrarse el tesoro de Moctezuma”. El director del periódico, Manuel Becerra Acosta estaba furioso —producto de una llamada de la oficina de prensa de la presidencia. Iba a liquidar al joven escribiente, pero Fernando Benítez intervino para decirle que las declaraciones de la actriz y vedette era lo que pensaba la mayoría del pueblo mexicano. El joven se salvó pero comprendió que más vale seguir por el lado de la cultura, escribiendo en aparente libertad, que la fuente de la presidencia con boletines de prensa, más seguro y remunerador, pero con graves problemas de conciencia.

Para entonces el joven ya adulto empezó a estudiar literatura dramática en la Facultad de Filosofía y Letras, sin haber terminado su carrera de periodismo. Bueno, en realidad no terminó ninguna de las dos licenciaturas porque después se interesó por la fotografía y la historia del arte. Un huidizo sin resultados. Creía que estudiando podría entender más a la cultura, y leyendo, escribir mejor. No creía que los talleres de periodismo o de especialidades como la crónica, eran consistentes para realizar un mejor oficio. Ni encontraba grandes perspectivas en el periodismo nacional. Menos, cuando los accionistas del Unomásuno se pelearon y salieron 135 periodistas (esa sería otra crónica y aquí no tiene cabida). El joven adulto, que seguía creyendo en la libertad de expresión y en la defensa de los derechos laborales, salió junto con aquel grupo que fundaron el periódico La Jornada, en 1984…



IV



Aterrizaje peligroso sobre el individuo y sus consecuencias: Puras lecciones amargas pero mucha ilusión. Risas y corajes. Angustias para encontrar el sentido de la libertad. Stress a la hora de conseguir la exclusiva. La rapidez de la escritura en diarios no se lleva con la literatura. Qué hacer ante la adversidad de la premura. El adulto, que ya no era joven, platicaba con amigos sobre su porvenir. Estaba acostumbrado a NO interpretar las noticias, a dar la información escueta, sin siquiera atisbos de lo que llaman dar color a un reportaje. Sabía que sin reportero no hay crónica y por eso muchos escritores fallan en el género: escriben bien bonito pero no tienen el oficio del diarista. Si cronicar es memorizar los agravios nacionales, si la crónica es literatura bajo prisa, sustento de la historia, si hoy las redes sociales masificaron el concepto de la crónica, hoy, la crónica es un espejo de transformaciones y fijaciones...

El adulto sufría más en escribir que cuando era un jovencito sin rumbo. Un reportero que había pasado varios periodos presidenciales —José López Portillo, Miguel de la Madrid, Carlos Salinas de Gortari y Ernesto Zedillo—, había perdido el tiempo en escribir de todo, justo, el oficio del reportero sin género ni estilo.

Luis G. Urbina describe a la crónica como “un cocuyo en la noche”, o sea, traducía el adulto: la crónica es el despertar de la conciencia. ¿Consignación de la realidad, como reportero, o tratamiento literario, de cronista? El adulto con mentalidad de niño travieso ni siquiera se atrevía a pensarse como cronista después de las crónicas de los conquistadores, Hernán Cortés en sus Cartas de relación, o Bernal Díaz del Castillo en la Historia verdadera de la conquista de la Nueva España, y de ahí a los liberales del siglo XIX con Guillermo Prieto, Ignacio Manuel Altamirano, Francisco Zarco, Luis González Obregón…Alfonso Reyes escribió que “Nuestra literatura es hecha en casa. Sus géneros nacientes son la crónica y el teatro misionario o de evangelización…” Nacimos con riqueza literaria en el género pero lo abandonamos hasta la llegada de Salvador Novo, el cronista por antonomasia. Hasta el mejor exponente de la crónica contemporánea: Carlos Monsiváis.

La crónica, si persiste, es literatura, si no, entonces no dejas de ser más que un periodista de moda que tarde o temprano pasa de moda. Cronistas que interpretan noticias son los que más daño que bien han hecho en el periodismo. Solo a través del tiempo sabremos el nivel de una crónica escrita hoy. La crónica es el antecedente de la historia, la crónica no puede ser ni frases bonitas ni denuncias sin comprobación. Y la prosa, ¿importa que sea mal escrita cuando de denunciar se trata? Esa no era la tradición. Cronistas famosos por el escándalo pero de escaso nivel literario. No era así. La tradición es escribir bien. El cronista que trabaja para el gusto de los lectores con ideología preestablecida se pierde en un sistema donde imperan las complacencias. La izquierda o la derecha tendrían que aprender a deslindar la ideología de lo realmente importante en el trabajo de un cronista.

¡Apláudeme lector, que me ocupo de ti, yo, el cronista de moda! Si la palabra amarillismo es acuñada en el siglo XIX, imagínense la actualidad de la palabra en estos tiempos donde existe el México bárbaro pero ya no vive el autor, John Kenneth Turner. En cambio aparecen un titipuchal de nuevos cronistas de pacotilla que están en el candelero porque están contra el sistema…No, pues sí.

El adulto, con ese niño interior que no lo deja en paz, sufría y mejor estudiaba con la intención de superar su escritura. Hizo sus pininos reporteriles persiguiendo a Octavio Paz por donde quiera que fuera, al mismísimo Estocolmo cuando le dieron el Premio Nobel de Literatura. Crónico los sucesos del Quinto Centenario del Descubrimiento de América, en la España de Felipe González y testimonió las muertes por vih que padecieron en los 80 personas con capacidades sexuales diferentes. Se ocupó de los artistas plásticos que le importaban como creadores. Y el teatro, su pasión. No paraba de trabajar.

El adulto, ya maduro, se pregunta muchas cosas sobre el periodismo, al que quiere regresar con mayor fuerza de cuando era jovencito. Quiere hacer algo por sí mismo, no por los demás. Le importa ser, esa responsabilidad de ser que cualquiera que pretenda hacer algo con su vida, tiene múltiples preguntas clavadas en el corazón.

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