Justificó la SEP en libro de texto matanza del 68


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Justificó la SEP en libro de texto matanza del 68

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Octubre 02, 2014 08:41 hrs.
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Juan Carlos Aguilar / › todotexcoco.com

CIUDAD DE MÉXICO, (Al Momento Noticias).- Ante las movilizaciones y protestas de miles de estudiantes universitarios en 1968, “el gobierno se sintió amenazado” y tuvo que responder “con mayor dureza”. Así se justifica la matanza del 2 de octubre en el libro Arma la Historia, editado por la Secretaría de Educación Pública, que es material de lectura para estudiantes de secundaria de primero, segundo y tercer grados.

En el capítulo titulado “Una sociedad en movimiento”, en la página 155, poco se dice de las causas que motivaron las marchas y denuncias de los estudiantes y en cambio se afirma que, con sus protestas, los estudiantes ponían en riesgo la imagen de nuestro país ante el mundo.

“México era el primer país latinoamericano y del tercer mundo que los organizaba. La imagen de México como país moderno, que había empezado a construirse veinte años antes, estaba en juego

El libro se distribuyó en 2010, en el crepúsculo del sexenio calderonista, en todas las secundarias del país, en el marco de los festejos por el bicentenario de la Independencia y centenario de la Revolución. Se explica en la introducción que el libro busca que los estudiantes se formen un pensamiento crítico y que desarrollen su identidad como mexicanos.

Aunque el libro concede que los estudiantes fueron rodeados por cinco mil efectivos del Ejército Mexicano en la Plaza de las Tres Culturas en Tlatelolco, asegura que la matanza fue producto de un “error” y no de un plan urdido desde lo más alto del gobierno, como diferentes investigadores han documentado. Se lee en el libro:

“Casi al final del mitin, como a las seis de la tarde, un helicóptero sobrevoló la plaza y desde éste se dispararon luces de bengala que supuestamente fueron la señal para que los francotiradores del Batallón Olimpia, apostados en los edificios cercanos, dispararan contra estudiantes y militares.

“Éstos pensaron que los agresores eran los estudiantes y repelieron el ataque, pero la confusión fue tal que los disparos del Ejército hicieron blanco en la multitud”, consigna el libro de texto.

Asimismo, refiere que, de acuerdo con los archivos oficiales, aquel miércoles 2 de octubre fueron asesinadas 49 personas, pero no consigna que información no oficial habla de hasta 500 estudiantes muertos, como si las cifras nunca hubieran sido cuestionadas.

Al respecto, el escritor y periodista Alejandro Toledo, autor del libro Todo es posible en la paz. De la noche de Tlatelolco a la fiesta olímpica (UAM, 2008), afirma que en este caso la verdad ha terminado por imponerse. “Lo que muchos años circuló como la versión oficial hoy es considerada, más bien, la mentira oficial”, afirma en entrevista con Al Momento.

Abunda Toledo: “La literatura al respecto es amplia. Entre la gente informada no hay duda alguna de cómo ocurrieron las cosas, y es clara la responsabilidad del gobierno ante la matanza. Desde La noche de Tlatelolco, de Elena Poniatowska, los libros cumplieron esa función de narrar lo que habían callado los medios.

“Hay algunas novelas excelentes, ubicadas en los meses de protesta estudiantil, y que son otras fuentes para acceder a ese pasaje de la historia; pienso en Palinuro de México, de Fernando del Paso; en dos novelas de Juan García Ponce, La invitación y Crónica de la intervención; en Muertes de Aurora, de Gerardo de la Torre, que asume la perspectiva de los trabajadores petroleros que buscaron unirse a las manifestaciones; y, al fin, en Si muero lejos de ti, de Jorge Aguilar Mora.

“No son las únicas, yo he reunido más de treinta, en un ciclo narrativo para mí tan importante como la novela de la Revolución.

Los exlíderes estudiantiles, encabezados por el recientemente fallecido Raúl Álvarez Garín, ayudaron a poner en claro cómo habían sido las cosas, y gracias a ellos aún ahora Luis Echeverría, entonces secretario de Gobernación, vive en arresto domiciliario por su complicidad en la represión”.

-El libro también habla de que “archivos oficiales” dan cuenta que hubo ese día 49 personas asesinadas, cuando diversos historiadores estiman que fueron cientos.

-Ha sido difícil dar con una cifra cierta. No sé si esos que cita el libro, que no conozco, sean los nombres que están en la estela colocada en la Plaza de las Tres Culturas, y que son nombres cuya historia se pudo documentar, pero que no son todos los muertos.

En su libro Posdata, Octavio Paz cita al periódico inglés The Guardian, que calculó el número de muertos en alrededor de quinientos, pero es un dato que no se ha podido precisar, porque de inmediato el gobierno inició un proceso de limpieza de la zona, por lo que no todos los cadáveres llegaron a los hospitales de la ciudad.

Ocurre lo mismo con los muertos por los sismos de 1985, que la cifra oficial parece inferior a la cifra real. No digamos que fueron miles, lo que acaso sería exagerar, pero sí cientos, los muertos el 2 de octubre.

- ¿Cuál es la importancia de que exista oficialmente un reconocimiento de lo que ocurrió aquel 2 de octubre?

– Debemos enfrentar el pasado con claridad. El gobierno de entonces quiso presentar lo sucedido de un modo, como un ataque a las instituciones orquestado por “fuerzas extrañas” con el fin de desprestigiar a la nación, pero bastaba con salir a las calles para darse cuenta de la autenticidad de la protesta.

Fue valiosa, en este sentido, la recopilación de testimonios de Poniatowska en La noche de Tlatelolco, como los muchos títulos que han abordado ese tema. Destaco el libro de Scherer y Monsiváis en donde se documenta la participación como francotiradores de gente del Estado Mayor Presidencial el 2 de octubre en Tlatelolco.

El reconocimiento parece haberse dado ya, por lo que me sorprende ese libro de texto de secundaria que citas, porque sería la excepción en un contexto en que la verdad ha terminado por imponerse.

- En tu opinión, ¿cuál fue el papel que jugaron los medios de comunicación en 1968? Parece que más que informar, su única gran meta era inhibir las protestas y movilizaciones.

– Eran medios controlados por el Estado. Se vivía prácticamente en una dictadura, esa que décadas más tarde Mario Vargas Llosa calificó como “perfecta”. No había una prensa libre, independiente, salvo casos excepcionales, que también sufrieron acosos, como el semanario Por esto.

Cuando las marchas estudiantiles pasaban por las instalaciones de los diarios se gritaba: “¡Prensa vendida!” Por eso ocurrió que la literatura tuvo que suplir esa falta de información; la primera indignación, la primera respuesta literaria, fue en forma de verso, desde ese poema que envió Paz a los organizadores de la Olimpiada Cultural, hasta lo escrito por Rosario Castellanos, Jaime Sabines o Juan Bañuelos, entre otros.

Un dato curioso: también en los libros intentó el gobierno imponer su versión de los hechos, e incluso manufacturó un libelo, “El móndrigo“, falsa bitácora de un miembro del Consejo Nacional de Huelga. Luis Echeverría creía en el poder de la palabra, y en las oficinas públicas por las que pasó contrataba escritores fantasmas, hacedores de libelos, como el que aparece en la novela Pretexta de Federico Campbell.

- ¿Consideras que personajes como Jacobo Zabludovsky tendrían que ofrecer disculpas por las omisiones informativas o es irrelevante?

- Es importante saber cómo actuaron, que se describa su papel en la historia, mas lo que hagan o hayan hecho después ya no está en nosotros decidirlo. Había una maquinaria gubernamental dedicada a imponer una verdad oficial, y en ella estaban metidos todos, prensa, radio y televisión.

De Zabludovsky suele citarse lo que informó ese 2 de octubre en el noticiero nocturno: “Hoy fue un día soleado“, dicen que dijo. Las que tú llamas “omisiones informativas” siguen ocurriendo, y debe estudiarse por qué la realidad aún circula de modo tan sesgado en los medios de comunicación.

En estos días se acusó de “porros y provocadores” a los estudiantes del Politécnico; una vez que el secretario de Gobernación conversó con ellos, parece difícil sostener esos calificativos de los opinadores oficialistas, esos que atienden dócilmente la voz del amo.


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