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Tribulaciones de los generales desconocidos

José Antonio Aspiros Villagómez

Tribulaciones de los generales desconocidos

Política

Junio 25, 2014 11:33 hrs.
Política Nacional › México Ciudad de México
José Antonio Aspiros Villagómez › diarioalmomento.com

(Para salvar al Polyforum Siqueiros de la amenaza en su contra, más que protestas se necesitan buenos espectáculos culturales y mucha asistencia)

En el siglo XIX hubo una guerra civil entre los mexicanos partidarios de la monarquía y los de la república -centralista o federalista, lo que también los dividió-, en cuyo trasfondo estaba la pugna de las potencias extranjeras por controlar a las naciones entonces emergentes en el continente americano. México en particular, dada su infausta vecindad con Estados Unidos, tan lleno de ambiciones hegemónicas y expansionistas.

Esa situación explica que tropas tanto francesas como yanquis hayan invadido México (en ese tiempo con una soberanía tan precaria como la actual), país que resultó ser el escenario donde, con aliados locales en ambos bandos, trataron de imponer sus respectivos sistemas de gobierno: republicano el de Estados Unidos, monárquico el del país galo.

Por ello hubo entonces en México gobiernos federalistas y centralistas, así como dos imperios, y en ese contexto se insertó la charla del periodista e historiador Luis Reed Torres con que concluyó el ciclo de 15 conferencias ‘Esplendor y ocaso del Segundo Imperio Mexicano’, que organizó el Centro de Estudios de Historia de México Carso.

Dijo que la intrusión francesa fue una “contraintervención que resultó fallida”, pero pretendía evitar el dominio de Estados Unidos en México con su Doctrina Monroe y el ‘destino manifiesto’.

Con el título de ‘Los generales desconocidos de Maximiliano’, Reed citó a 15 de ellos incluidos un civil que fue ministro de la Guerra en esa época (Juan de Dios Peza, padre del poeta homónimo) y tres que sí son mencionados en la historia oficial: Miguel Miramón, Tomás Mejía y el sanguinario asesino Leonardo Márquez, al que citó con brevedad. (Los adjetivos y juicios no entrecomillados o sin fuente, son del tecleador).

Reed comentó que, no por poco conocidos, esos militares dejan de ser importantes en el periodo 1855-1867, “los 12 años terribles de contienda fratricida” que culminaron con el fusilamiento de Maximiliano, Miramón y Mejía en el cerro de las Campanas.

Y aseguró que la mayoría de los oficiales, jefes y generales del ejército mexicano en el siglo XIX, “fueron conservadores en la guerra de Reforma y luego partidarios del segundo imperio porque veían a los liberales como herejes, enemigos del ejército y partidarios de Estados Unidos”.

Refirió que años antes, en 1840, el político y diplomático José María Gutiérrez de Estrada había escrito una carta al entonces presidente por tercera vez, Anastasio Bustamante, en la que insinuaba la opción de la monarquía, le hacía consideraciones sobre el sistema republicano -al cual servía entonces- y cuestionaba que analfabetos hubieran gobernado al país.

Aquel personaje que después encabezó a quienes ofrecieron a Maximiliano el “trono” de México, de acuerdo con lo dicho por Reed “se desencantó” de los gobiernos republicanos porque “aquello era un desastre, una anarquía absoluta”, y en su misiva a Bustamante advirtió que si no se cambiaba de política, no pasarían 20 años sin que la bandera de las barras y las estrellas ondeara en el Palacio Nacional. Lo cual sucedió más pronto: siete años después, el 15 de septiembre de 1847.

También se refirió al conocido Brindis del Desierto de los Leones que fue ofrecido el 20 de enero de 1848 por una asamblea municipal recién electa al general Winfield Scott y sus tropas de ocupación, y en el cual -dijo Reed- “se brindó por la derrota de México; no querían que los estadunidenses se fueran sin destruir al ejército, a la Iglesia y, de ser posible, se anexara el país a Estados Unidos”, como lo refieren el coronel invasor Ethan Allen Hitchcock en sus Memorias publicadas en 1909, y el historiador antiliberal Alejandro Villaseñor en su obra ‘Anton Lizardo y el tratado de McLane Ocampo. El brindis del Desierto’.

Durante una amena charla de 60 minutos en la que disertó de memoria y de pie, y culminó con nutridos aplausos y un cuestionamiento del público porque llamó “liberal” al historiador Francisco Bulnes, Luis Reed explicó cómo en 1860 Benito Juárez pidió a Estados Unidos que mandara su flota a Veracruz, donde tenía instalado su gobierno, para ayudarle a contener el acoso de las tropas conservadoras de Miguel Miramón (ambos eran presidentes), y refirió que en su cumpleaños de 1869, el Benemérito de las Américas recibió como regalo la bandera estadunidense que ondeó en uno de aquellos barcos extranjeros que impidieron a los conservadores ganar la Guerra de Reforma.

Los generales de Maximiliano tuvieron destinos tan distintos como el fusilamiento, la fuga en paños menores a través de azoteas, la amnistía y el ascenso durante el porfirismo (Díaz indultó a los sobrevivientes, menos a Márquez).

“Ninguno de estos generales robó”, dijo el conferencista, y algunos de ellos dejaron como herencia unas mulas y una casa de adobe; “como ahora“, acotó, para provocar la hilaridad de su auditorio.

En el caso de Tomás Mejía, fusilado junto con Maximiliano, Reed hizo notar que “fue tan indio como Juárez”, y cuando le dio la bienvenida a Maximiliano en Palacio Nacional, se definió como “un soldado rudo y dispuesto a morir por él en el campo de batalla o en el paredón si fuera necesario”. Así, en la ejecución coincidieron un europeo (Maximiliano), un criollo (Miramón) y un indio (Mejía, ñañú otomí).

El historiador afirmó que el proceso contra los derrotados en Querétaro no fue conforme a la Constitución de 1857 que Juárez decía defender y que prohibía los juicios políticos, sino apegado a una ley juarista del 25 de enero de 1862 que condenaba a muerte a todos los enemigos que apoyaran la intervención francesa.

Y, como siempre lo hace, llamó “señor fiscal” a este tecleador cuando le formuló una pregunta, por aquello de que el fiscal en el consejo de guerra contra Maximiliano, se apellidaba Azpíroz.

(Concluirá: los monárquicos mexicanos)


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