’ Curó a muchos enfermos de diversos males ’


Una enferma en casa

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’ Curó a muchos enfermos de diversos males ’

Religión

Febrero 06, 2021 19:52 hrs.
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La Palabra de Dios

Domingo 07 febrero, 2021

Primera Lectura
Jb 7, 1-4. 6-7
En aquel día, Job tomó la palabra y dijo:
’La vida del hombre en la tierra es visa de soldado
y sus días, como días de un jornalero.
Como el esclavo suspira en vano por la sombra
y el jornalero se queda aguardando su salario,
así me han tocado en suerte meses de infortunio
y se me han asignado noches de dolor.
Al acostarme, pienso: ‘¿Cuándo será de día?’
La noche se alarga y me canso de dar vueltas
hasta que amanece.

Mis días corren más aprisa que una lanzadera
y se consumen sin esperanza.
Recuerda, Señor, que mi vida es un soplo.
Mis ojos no volverán a ver la dicha’’.

Palabra de Dios
Te alabamos, Señor

Salmo Responsorial
Salmo 146,1-2. 3-4. 5-6
R. (cf. 3a) Alabemos al Señor, nuestro Dios.
Alabemos al Señor, nuestro Dios,
porque es hermoso y justo el albarlo.
El Señor ha reconstruido a Jerusalén,
y a los dispersos de Israel los ha reunido. R.
R. Alabemos al Señor, nuestro Dios.
El Señor sana los corazones quebrantados,
y venda las heridas;
tiende su mano a los humildes
y humilla hasta el polvo a los malvados. R.
R. Alabemos al Señor, nuestro Dios.
El puede contar el número de estrellas
y llama a cada una por su nombre.
Grande es nuestro Dios, todos lo puede;
su sabiduría no tiene límites. R.
R. Alabemos al Señor, nuestro Dios.

Segunda Lectura
1 Cor 9, 16-19. 22-23
Hermanos: No tengo por qué presumir de predicar el Evangelio, puesto que ésa es mi obligación. ¡Ay de mí, si no anuncio el Evangelio! Si yo lo hiciera por propia iniciativa, merecería recompensa; pero si no, es que se me ha confiado una misión. Entonces, ¿en qué consiste mi recompensa? Consiste en predicar el Evangelio gratis, renunciando al derecho que tengo a vivir de la predicación.

Aunque no estoy sujeto a nadie, me he convertido en esclavo de todos, para ganarlos a todos. Con los débiles me hice débil, para ganar a los débiles. Me he hecho todo a todos, a fin de ganarlos a todos. Todo lo hago por el Evangelio, para participar yo también de sus bienes.
Palabra de Dios
Te alabamos, Señor

Aclamación antes del Evangelio
Mt 8, 17
R. Aleluya, aleluya.
Cristo hizo suyas nuestras debilidades
y cargó con nuestros dolores.
R. Aleluya.

Evangelio
Mk 1, 29-39
En aquel tiempo, al salir Jesús de la sinagoga, fue con Santiago y Juan a casa de Simón y Andrés. La suegra de Simón estaba en cama, con fiebre, y enseguida le avisaron a Jesús. Él se le acercó, y tomándola de la mano, la levantó. En ese momento se le quitó la fiebre y se puso a servirles.

Al atardecer, cuando el sol se ponía, le llevaron a todos los enfermos y poseídos del demonio, y todo el pueblo se apiñó junto a la puerta. Curó a muchos enfermos de diversos males y expulsó a muchos demonios, pero no dejó que los demonios hablaran, porque sabían quién era él.

De madrugada, cuando todavía estaba muy oscuro, Jesús se levantó, salió y se fue a un lugar solitario, donde se puso a orar. Simón y sus compañeros lo fueron a buscar, y al encontrarlo, le dijeron: ’Todos te andan buscando’. Él les dijo: ’Vamos a los pueblos cercanos para predicar también allá el Evangelio, pues para eso he venido’. Y recorrió toda Galilea, predicando en las sinagogas y expulsando a los demonios.
Palabra del Señor
Gloria a ti, Señor Jesús

’ Curó a muchos enfermos de diversos males ’
Introducción
La Palabra de Dios incide sobre la vida concreta de hombres y mujeres. Si no fuera así sería irrelevante y no valdría la pena prestarle atención.

El ser humano se hace preguntas que brotan de la realidad que le toca vivir. Una de las experiencias más desconcertantes de la vida humana es la del sufrimiento. El misterio del dolor parece desmentir cualquier sentido que se le quiera dar a la existencia, haciendo patente, más bien, un vacío desgarrador que la ahoga. Es lo que Job siente en su dramática vivencia de enfermedad, pérdida de bienes y soledad. ¿Cómo no identificarse con sus palabras en un mundo repleto de gente que pasa por situaciones similares? Incluso, puede que hasta sea nuestra propia situación. ¿Dónde está Dios? ¿Por qué calla ante tanta miseria y pesadumbre?

El mal es uno de los argumentos más fuertes contra la existencia de Dios. Hoy las lecturas de la Palabra de Dios nos confrontan con el mal y el sufrimiento. No nos ofrecen soluciones fáciles. Tampoco enuncian teorías. Sin embargo dan luz. La Palabra de Dios, sobre todo la Palabra de Dios hecha carne, no rehuye el cara a cara con el misterio del mal. Jesús, como vemos en el evangelio, entiende su vida como una misión al servicio de la vida, de la salud, de la esperanza, del bien. Su predicación y su actuación sanan, liberan, ofrecen un horizonte humanizador. Y es una tarea que ha de llegar a todos. Por eso, la ha dejado como encargo a sus discípulos, tal y como Pablo explica en la segunda lectura.

El dolor no es querido por nadie. Tampoco por Dios. La Palabra de este domingo no teoriza sobre el mal, muestra a un Dios encarnado que se acerca y se compadece. Un Dios que, en Jesús, lo ha experimentado y que lo combate. Por eso, la gente lo busca. ¿Y nosotros?

Fr. Vicente Botella Cubells O.P.
Real Convento de Predicadores (Valencia)

Comentario al Evangelio de hoy domingo, 7 de febrero de 2021

Enrique Martínez de la Lama-Noriega, cmf
UNA ENFERMA EN CASA

§ No sólo en la sinagoga de la que acaba de salir, se encuentra Jesús con personas que sufren, que están «limitadas» en su actividad y en su libertad. Resulta que también «en casa» (en la de Pedro) hay dolor. Da la impresión de que los discípulos, tan pendientes de atender a las gentes de los caminos... se hubieran «olvidado» de la suegra enferma... pero al llegar a casa se lo comunican a Jesús «inmediatamente».

Puede resultarnos curioso, que habiendo visto los discípulos algunas de las espectaculares curaciones del Maestro, no se les ocurriera mencionar a la suegra. Marcos no ha recogido cuál era la enfermedad, ni cómo estaba de grave. Pero en todo caso había tenido que meterse en la cama.

Pero este "descuido" es más habitual de lo que parece: no nos damos cuenta o no prestamos atención al estado de las personas que tenemos más cerca: la fiebre, el dolor y la postración, el desánimo, el cansancio, tantos malestares... También es frecuente que, aun sabiéndolo, no lo tengamos muy en cuenta y demos por hecho que tienen que comportarse como si estuvieran estupendamente, que colaboren, que estén de buen humor, que no molesten más que lo justo... En vez de comprender y disculpar su malgenio, su poca disposición a colaborar, sus nervios, su empeño en que estemos continuamente pendientes de ellos... perdemos la paciencia, les decimos cuatro cosas, nos pueden las malas formas... y sin embargo tal vez andemos ocupados y pendientes en atender y hacer «fuera de casa» tantas obras buenas por otros que también lo pueden necesitar.

§ Afortunadamente para ella (tampoco nos ha quedado su nombre), Jesús es invitado a la casa de Simón y Andrés, y casi como aprovechando las circunstancias, le ponen al tanto de la enferma: le hablaron de ella. No le piden expresamente nada: sólo le hablan, le informan de que está mala en la cama con fiebre. Con todo, están expresando su confianza con el Maestro. Me hace darme cuenta (de nuevo) de cuántas palabras sobran en nuestras oraciones, diciéndole a Dios lo que tendría que hacer. En la sinagoga (recordemos la escena del Evangelio del domingo pasado) había mandado callar al poseso de manera tajante: «¡Cállate!». Y en el pasaje de hoy se dice que a los demonios «no les permitía hablar». Palabras, demasiadas palabras. Me viene a la cabeza aquello que explicaba Jesús a propósito de la oración: «cuando oréis, no seáis charlatanes como los paganos». ¡Como los paganos! Podría haber dicho también «no seáis charlatanes, como los demonios». También lo advertía hace 24 siglos el Qohélet: "Cuando presentes un asunto a Dios, no te precipites a hablar, ni tu corazón se apresure a pronunciar una palabra ante Dios. Dios está en el cielo, pero tú en la tierra: sean, por tanto, pocas tus palabras" (Qo 5, 1). He leído, no recuerdo dónde, unas palabras de una carmelita descalza: «En la oración dad el corazón a Dios, en vez de tantas palabras». Pues bien, a los discípulos les bastó con «hablarle de ella». Y lo dejaron todo en manos de Jesús.

La enferma en casa § También lo que decimos respecto a la oración es aplicable al trato con los enfermos. A menudo nos llenamos de palabrería: «Verás cómo te curas enseguida». «Yo tengo un conocido que tuvo lo mismo que tú, y salió adelante». «Tienes que tener paciencia y hacer caso a los médicos» (como si el pobre enfermo no estuviera dispuesto a hacerles caso). «Si yo estuviera en tu lugar...» (cosa del todo imposible porque nadie puede estar en el lugar de otro). Incluso: «no te quejes tanto», «ten más paciencia», o «no es para tanto», o...

Es verdad que estas cosas se dicen con cariño, buena intención, y pretenden ayudar, pero... seguramente sería más adecuado el silencio. «Jesús se acercó y la cogió de la mano». Sencillamente. Es una buena enseñanza para cualquier cuidador o enfermero, o para los que sabemos de alguien que está «en cama». Acercarse. Físicamente, procurar ir, estar, acompañar al enfermo. Es un gesto de cariño que vale más que mil palabras. No es lo mismo que una llamadita, o que preguntar a quien sea cómo está. Acercarse. Y tomar de la mano. Es otro gesto importante. Cuando uno está pasándolo mal, cuánto ayuda que te den la mano, o un beso en la frente, o un abrazo en silencio. Las caricias, la ternura, las muestras de cariño nunca sobran. Especialmente (pero no únicamente) cuando se trata de personas mayores.

Es verdad que ahora lo de dar la mano, tocar, dar un beso, una caricia... son «cosas prohibidas». Pero como alguien ha dicho por las redes: «Cuando no podemos abrazar a las personas que amamos, siempre podemos quererlas abrazándolas con una oración. Orar por los demás es una manera especial de amarlos y sentirnos unidos a ellos».

§ El hecho de que Marcos nos diga que la suegra de Pedro está «en la cama con fiebre» indica que no puede -como era propio de la mujer judía- servir, atender, acoger, dar la bienvenida a los huéspedes... Sin embargo, en cuanto se le pasó la fiebre, se puso a servirles. Parece como si el evangelista sugiriera que la falta de atención, de acogida, de servicio... fueran síntomas de que hay una enfermedad, de que algo no va bien, que hay algo que sanar. Y es cierto, porque cuando uno no anda bien física o espiritualmente, se centra en sí mismo, se encierra, incluso hasta puede volverse exigente y egoísta con los demás... pero no «sirve», difícilmente es capaz de estar pendiente de los demás.

En esta sociedad nuestra, y en nuestra propia Iglesia, en nuestras familias (en casa) y comunidades religiosas, me parece a mí que el «servicio», la «atención», la «acogida» no son asuntos de los que nos revisemos suficientemente, como tampoco valoramos y agradecemos a quienes lo hacen... hasta que un día dejan de hacerlo por el motivo que sea y nos damos cuenta del inmenso bien callado que estaban haciendo. Quizá Simón y Andrés se «acordaron» de la suegra enferma, al entrar en casa... y no ser atendidos como era «normal».

Hacer que el otro se sienta bien cuando se acerca a nosotros, atenderle, aceptarle, acogerle... es una importante clave espiritual, evangélica y evangelizadora. La «acogida» debiera ser un aspecto muy cuidado en nuestras parroquias: el lugar donde se recibe (¡ay Dios mío, algunos despachos, y salas de reuniones..., qué poco acogedores!), gente entrando y saliendo, interrupciones de todo tipo... Pero también el talante personal, las palabras y actitudes adecuadas...

Un buen deseo, para concluir estas sencillas reflexiones: Que quien se encuentre conmigo, aunque sea por breve tiempo, se marche, cuando menos, mejor que cuando llegó, como proponía Madre Teresa de Calcuta. Que se sienta saludado, acogido, escuchado, atendido, animado...

Y mejor aún si se siente «sanado», comprendido. Porque -siguiendo el ejemplo de Jesús- se trata de «tocar» su inquietud, su corazón herido, su necesidad, se trata de «tomarle de la mano», y -¡ojalá!- de ayudarle a «levantarse» y ponerse a su vez a servir.

§ Nos queda para otra ocasión el fijarnos en la «oración» de Jesús en este cuadro de ajetreos, demonios, curaciones, palabras y silencios... que le llevó a irse a otra parte.

Quique Martínez de la Lama-Noriega, cmf


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