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’ El que permanece en mí y yo en él, ese da fruto abundante ’



Permanecer unidos a Cristo para dar mucho fruto

’ El que permanece en mí y yo en él, ese da fruto abundante ’

Mayo 04, 2021 20:52 hrs.
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La Palabra de Dios

Miércoles 05 mayo 2021

Primera Lectura
Hch 15, 1-6
En aquellos días, vinieron de Judea a Antioquía algunos discípulos y se pusieron a enseñar a los hermanos que si no se circuncidaban conforme a la ley de Moisés, no podrían salvarse.

Esto provocó un altercado y una violenta discusión con Pablo y Bernabé; al fin se decidió que Pablo, Bernabé y algunos más fueran a Jerusalén para tratar el asunto con los apóstoles y los presbíteros. La comunidad cristiana los proveyó para el viaje, y ellos atravesaron Fenicia y Samaria, contando a los hermanos cómo se convertían los paganos, y los llenaban de gozo con esta noticia.

Al llegar a Jerusalén, fueron recibidos por la comunidad cristiana, los apóstoles y los presbíteros, y ellos refirieron todo cuanto Dios había hecho por su medio. Pero algunos de los fariseos convertidos intervinieron, diciendo: ’Hay que circuncidar a los paganos y exigirles que cumplan la ley de Moisés’.

Entonces se reunieron los apóstoles y los presbíteros para examinar el asunto.
Palabra de Dios
Te alabamos, Señor

Salmo Responsorial
Salmo 121, 1-2. 3-4a. 4b-5
R. (cf 1) Vayamos con alegría al encuentro del Señor. Aleluya.
¡Qué alegría sentí, cuando me dijeron:
’Vayamos a la casa del Señor’
Y hoy estamos aquí, Jerusalén,
Jubilosos, delante de tus puertas.
R. Vayamos con alegría al encuentro del Señor. Aleluya.
A ti, Jerusalén, suben las tribus,
las tribus del Señor,
según lo que a Israel se le ha ordenado,
para alabar el nombre del Señor.
R. Vayamos con alegría al encuentro del Señor. Aleluya.
Por el amor que tengo a mis hermanos,
voy a decir: ’La paz esté contigo’.
Y por la casa del Señor, mi Dios,
Pediré para ti todos los bienes.
R. Vayamos con alegría al encuentro del Señor. Aleluya.

Aclamación antes del Evangelio
Jn 15, 4. 5
R. Aleluya, aleluya.
Permanezcan en mí y yo en ustedes, dice el Señor;
el que permanece en mí da fruto abundante.
R. Aleluya.

Evangelio
Jn 15, 1-8
En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: ’Yo soy la verdadera vid y mi Padre es el viñador. Al sarmiento que no da fruto en mí, él lo arranca, y al que da fruto lo poda para que dé más fruto.

Ustedes ya están purificados por las palabras que les he dicho. Permanezcan en mí y yo en ustedes. Como el sarmiento no puede dar fruto por sí mismo, si no permanece en la vid, así tampoco ustedes, si no permanecen en mí. Yo soy la vid, ustedes los sarmientos; el que permanece en mí y yo en él, ése da fruto abundante, porque sin mí nada pueden hacer. Al que no permanece en mí se le echa fuera, como al sarmiento, y se seca; luego lo recogen, lo arrojan al fuego y arde.

Si permanecen en mí y mis palabras permanecen en ustedes, pidan lo que quieran y se les concederá. La gloria de mi Padre consiste en que den mucho fruto y se manifiesten así como discípulos míos’’.
Palabra del Señor
Gloria a ti, Señor Jesús

Reflexión del Evangelio de hoy

Recurrir a la comunidad para resolver los conflictos
El primer concilio de la Iglesia, a pesar de sus reducidas dimensiones, tenía ya los ingredientes y la finalidad de otros muchos concilios a lo largo de la historia cristiana. En él se da la confluencia de una serie de factores de primera magnitud: aparición de un conflicto generalizado en el ámbito de la fe, recurso a los responsables de la comunidad, comparecencia de testigos cualificados de la novedad en litigio, debate abierto y sincero sobre el fondo de la cuestión, conciencia de la asistencia del Espíritu Santo, resolución colegial del problema. La finalidad que se persigue es abrirse a las nuevas exigencias de la evangelización manteniéndose, al mismo tiempo, fieles al mensaje de salvación recibido de Jesús.

Se trata, pues, de un asunto fundamental: ¿Es Jesús y la fe en él lo único que salva, o se necesita algo más? Algunos miembros de la comunidad piensan que no se puede prescindir de las prescripciones vigentes hasta entonces, bien por apego a la tradición (la ley judía era manifestación de la voluntad de Dios), bien por deseo de prevalecer (los primeros cristianos eran judíos y querían hacer valer sus criterios ante los nuevos miembros provenientes de la gentilidad). La trascendencia eclesial del problema aconseja someterlo a la deliberación de ’los apóstoles y presbíteros’, los responsables principales de la comunidad creyente. De Antioquía mandan a Pablo y Bernabé a Jerusalén, para que testifiquen de la sorprendente labor del Espíritu Santo entre los gentiles.

¿Cómo resolvemos hoy nuestras diferencias en el seno de la comunidad eclesial? ¿Estamos dispuestos a debatir nuestros criterios fraternalmente en el seno de la comunidad reunida en torno a sus responsables principales, y a aceptar lo que surja de sus deliberaciones, convencidos de que en ellas también actúa el Espíritu Santo?

Permanecer unidos a Cristo para dar mucho fruto
La alegoría de la vid y los sarmientos que nos presenta el evangelio es una forma de expresar la relación entre Jesús y sus discípulos. En otras palabras, una forma de entender la unión de la Iglesia, cuerpo de Cristo, con quien es su Cabeza. Se trata de una relación vital, de una profunda compenetración de la comunidad cristiana con el Señor, que es quien la preside. La Iglesia, nuevo Israel, es una plantación de Dios, en la que no basta compartir la fe de Abrahán, sino que es necesario aceptar a Jesús como el enviado del Padre y ’permanecer’ en esa nueva fe. Sólo entonces esa planta dará sus frutos.

’Porque sin mí no podéis hacer nada’, dice Jesús. La Iglesia sabe que su eficacia evangelizadora, y aun su misma vida evangélica, proviene de su unión con Cristo y es obra del Espíritu Santo. Sin ese enraizamiento en Cristo toda su actividad sería, en definitiva, estéril. Y para mantenerse en esa vitalidad espiritual y apostólica necesita, periódicamente, una poda a fondo de sus ramas resecas o muertas. Esto puede ser doloroso, pero no debe debilitar nuestro empeño por ’permanecer’ firmemente injertados a la vid.

De esta permanencia se derivan también dos efectos benéficos de enorme valor: la eficacia de nuestra oración y la glorificación de Dios. Si estamos íntimamente unidos a Cristo, nuestras plegarias serán las suyas y el Padre las acogerá con suma complacencia. Y, si damos fruto copioso por nuestra vinculación con el Hijo, esa cosecha fecunda redundará en reconocimiento de su fuente, que es la iniciativa amorosa del Padre.

¿Qué hacemos para cultivar nuestra unión con Cristo? ¿Y cómo asumimos las contrariedades que nos sirven para potenciar nuestra vitalidad cristiana?
Fray Emilio García Álvarez O.P.
Convento de Santo Tomás de Aquino (Sevilla)

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