’ Llenos de la alegría del Espíritu somos testigos de la gloria de Dios ’



Alégrense más bien de que sus nombres están escritos en el cielo’.

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’ Llenos de la alegría del Espíritu somos testigos de la gloria de Dios ’

Religión

Octubre 03, 2020 00:21 hrs.
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La Palabra de Dios

Sábado 03 octubre, 2020

Primera lectura
Job 42, 1-3. 5-6. 12-16
Job le dijo al Señor:
’Reconozco que lo puedes todo
y que ninguna cosa es imposible para ti.
Era yo el que con palabras insensatas
empañaba la sabiduría de tus designios;
he hablado de grandezas que no puedo comprender
y de maravillas que superan mi inteligencia.
Yo te conocía sólo de oídas,
pero ahora te han visto ya mis ojos;
por eso me retracto de mis palabras
y me arrepiento, echándome polvo y ceniza’.

El Señor bendijo a Job al final de su vida más que al principio: llegó a poseer catorce mil ovejas, seis mil camellos, mil yuntas de bueyes y mil burras.

Tuvo siete hijos y tres hijas; la primera se llamaba Paloma, la segunda Canela y la tercera Azabache. No había en todo el país mujeres más bellas que las hijas de Job. Su padre les asignó una parte de la herencia, al igual que a sus hermanos.

Y Job vivió hasta los ciento cuarenta años y vio a sus hijos, a sus nietos y a sus bisnietos. Murió anciano y colmado de años.
Palabra de Dios
Te alabamos, Señor

Salmo Responsorial
Salmo 118, 66. 71. 75. 76. 91. 125. 130
R. (135a) Enséñame, Señor, tus mandamientos.
Enséñame a gustar y a comprender tus preceptos,
pues yo me fio de ellos.
Sufrir fue provechoso para mí,
pues aprendí, Señor, tus mandamientos. R.
R. Enséñame, Señor, tus mandamientos.
Yo bien sé que son justos tus decretos
y que tienes razón cuando me afliges.
Todo subsiste hasta hoy por orden tuya
y todo está a tu servicio. R.
R. Enséñame, Señor, tus mandamientos.
Yo soy tu siervo:
Instrúyeme y conoceré tus preceptos.
La explicación de tu palabra
Da luz y entendimiento a los humildes. R.
R. Enséñame, Señor, tus mandamientos.

Aclamación antes del Evangelio
Cfr Mt 11, 25
R. Aleluya, aleluya.
Te doy gracias, Padre, Señor del cielo y de la tierra,
porque has revelado los misterios del Reino
a la gente sencilla.
R. Aleluya.

Evangelio
Lc 10, 17-24
En aquel tiempo, los setenta y dos discípulos regresaron llenos de alegría y le dijeron a Jesús: ’Señor, hasta los demonios se nos someten en tu nombre’.

Él les contestó: ’Vi a Satanás caer del cielo como el rayo. A ustedes les he dado poder para aplastar serpientes y escorpiones y para vencer toda la fuerza del enemigo, y nada les podrá hacer daño. Pero no se alegren de que los demonios se les sometan. Alégrense más bien de que sus nombres están escritos en el cielo’.

En aquella misma hora, Jesús se llenó de júbilo en el Espíritu Santo y exclamó: ’¡Te doy gracias, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y a los entendidos, y las has revelado a la gente sencilla! ¡Gracias, Padre, porque así te ha parecido bien! Todo me lo ha entregado mi Padre y nadie conoce quién es el Hijo, sino el Padre; ni quién es el Padre, sino el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar’.

Volviéndose a sus discípulos, les dijo aparte: ’Dichosos los ojos que ven lo que ustedes ven. Porque yo les digo que muchos profetas y reyes quisieron ver lo que ustedes ven y no lo vieron, y oír lo que ustedes oyen y no lo oyeron’.
Palabra del Señor
Gloria a ti, Señor Jesús

Reflexión del Evangelio de hoy

Puestos en presencia de Dios todo nuestro ser cobra otra dimensión
El libro de Job es un tratado sobre la banalidad de la vida y la confianza en Dios. Ya conocemos la historia de este hombre constituido en el prototipo de la paciencia y la resignación. Pero en estos fragmentos últimos del libro nos trasmiten la verdadera razón de su comportamiento. Ha conocido los planes de Dios, ha sentido su presencia, su actuar en todos los acontecimientos buenos y malos de su vida. Ha entendido que ningún plan es irrealizable para Dios, que en medio de sus desgracias y sus supuestas ’maldiciones’, estaban los designios escondidos de Dios. Ni entendía su justicia, ni concebía su equidad y cuestionaba su presencia. ’Te conocía sólo de oídas, dice Job, pero ahora te han visto mis ojos. Por eso me retracto y me arrepiento, echándome polvo y ceniza’. La historia termina bien. Job es bendecido con descendencia, riquezas y una vida larga y satisfactoria. El autor del libro sabe que Dios bendice a sus fieles y quiere trasmitir esa confianza a sus lectores. Pero hay otras historias de Job que nos son tan halagüeñas, que no tienen un final tan prometedor. Terminan en los tiempos de penuria y desolación. El mismo tiempo, antes de este final que nos narra la lectura de hoy, en que Job había aceptado ya el plan de Dios. Su fe se había confirmado y fortalecido para esperar y confiar su destino en cualquiera que fuera la voluntad del Señor. Lo que pedimos cada día en el Padre nuestro: Hágase tu voluntad. Una petición que cobra su pleno sentido cuando ponemos toda nuestra confianza en Dios sin reservas. Porque el Señor provee a sus fieles y les fortalece para aceptar su voluntad.

Llenos de la alegría del Espíritu somos testigos de la gloria de nuestro Dios
Lucas nos narra la alegría que manifiestan los 72 discípulos de Jesús al regresar de su misión evangelizadora. Un entusiasmo por la victoria del mensaje del Reino frente al poder del mundo y del demonio. Sienten que han sido testigos veraces del mensaje de Jesús y dignos de su poder. Y Jesús refuerza esa confianza, no tanto por los acontecimientos vividos, sino por ser testigos elegidos de Dios. También a Jesús estas nuevas le provocan una especial satisfacción que le impulsa a la acción de gracias al Padre. Es la comunión con el Padre la que actúa en el Hijo y obra la gracia en este mundo por sus enviados. Tenemos la benevolencia del Padre que nos da fuerza y confianza para predicar el mensaje de salvación de Jesús. Un mensaje que hace del mundo un territorio de amor frente a la tiranía del mal, la perversión y la opresión del demonio. Y Jesús dirige su oración al Padre, lleno de gozo, porque revela estas cosas a los pequeños y sencillos y las oculta a los sabios y entendidos. Son los humildes, los confiados, los dispuestos quienes reciben la revelación y la gracia de Dios. Hay que abrir los ojos y el alma a la voluntad de Dios para que su gracia inunde nuestro ser y se trasmita en nuestro entorno. Son los pequeños, los pobres, los que no cuentan apenas en la sociedad los elegidos de Dios. Y todo creyente que entiende este mensaje evangélico ve en ellos la gracia y el poder de Dios. Desde ellos levantamos nuestra oración de acción de gracias como Jesús, para que el Reino se siga realizando en nuestro mundo.

¿Está nuestra vida compartida por este sentimiento de amor de Dios que se manifiesta en la misericordia a los sencillos y necesitados?…

D. Oscar Salazar, O.P.
Fraternidad de Laicos Dominicos de San Martín de Porres (Madrid)


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