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’ No desprecian a un profeta más que en su tierra ’


’Todos honran a un profeta, menos los de su tierra’

’ No desprecian a un profeta más que en su tierra ’

Julio 03, 2021 21:54 hrs.
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XIV Domingo 4 julio 2021


La Palabra de Dios
Lectura I
Ez 2,2-5
En aquellos días, el espíritu entró en mí, hizo que me pusiera en pie y oí una voz que me decía:

’Hijo de hombre, yo te envío a los israelitas, a un pueblo rebelde, que se ha sublevado contra mí. Ellos y sus padres me han traicionado hasta el día de hoy. También sus hijos son testarudos y obstinados. A ellos te envío para que les comuniques mis palabras. Y ellos, te escuchen o no, porque son una raza rebelde, sabrán que hay un profeta en medio de ellos’.
Palabra de Dios
Te alabamos, Señor


Salmo Responsorial
Del Salmo 122
R. (2cd) Ten piedad de nosotros, ten piedad.
En ti, Señor, que habitas en lo alto,
fijos los ojos tengo,
como fijan sus ojos en la manos
de su señor, los siervos. R.
R. Ten piedad de nosotros, ten piedad.
Así como la esclava en su señora
tiene fijos los ojos ,
fijos en el Señor están los nuestros,
hasta que Dios se apiade de nosotros. R.
R. Ten piedad de nosotros, ten piedad.
Ten piedad de nosotros, ten piedad,
porque estamos, Señor, hartos de injurias;
saturados estamos de desprecios,
de insolencias y burlas. R.
R. Ten piedad de nosotros, ten piedad.

Lectura II
2 Co 12,7-10
Hermanos: Para que yo no me llene de soberbia por la sublimidad de las revelaciones que he tenido, llevo una espina clavada en mi carne, un enviado de Satanás, que me abofetea para humillarme. Tres veces le he pedido al Señor que me libre de esto, pero él me ha respondido: ’Te basta mi gracia, porque mi poder se manifiesta en la debilidad’.

Así pues, de buena gana prefiero gloriarme de mis debilidades, para que se manifieste en mí el poder de Cristo. Por eso me alegro de las debilidades, los insultos, las necesidades, las persecuciones y las dificultades que sufro por Cristo, porque cuando soy más débil, soy más fuerte.
Palabra de Dios
Te alabamos, Señor

Aclamación antes del Evangelio
Cfr. Lk 4:18
R. Aleluya, aleluya.
El Espíritu del Señor está sobre mí;
él me ha enviado para anunciar a los pobres la buena nueva.
R. Aleluya.

Evangelio
Mc 6,1-6
En aquel tiempo, Jesús fue a su tierra en compañía de sus discípulos. Cuando llegó el sábado, se puso a enseñar en la sinagoga, y la multitud que lo escuchaba se preguntaba con asombro: ’¿Dónde aprendió este hombre tantas cosas? ¿De dónde le viene esa sabiduría y ese poder para hacer milagros? ¿Qué no es éste el carpintero, el hijo de María, el hermano de Santiago, José, Judas y Simón? ¿No viven aquí, entre nosotros, sus hermanas?’ Y estaban desconcertados.

Pero Jesús les dijo: ’Todos honran a un profeta, menos los de su tierra, sus parientes y los de su casa’. Y no pudo hacer allí ningún milagro, sólo curó a algunos enfermos imponiéndoles las manos. Y estaba extrañado de la incredulidad de aquella gente. Luego se fue a enseñar en los pueblos vecinos.
Palabra del Señor
Gloria a ti, Señor Jesús

’ No desprecian a un profeta más que en su tierra ’
Introducción
Las lecturas de la misa de hoy nos proponen como modelo de conducta el «profetismo» representado por el profeta Ezequiel en la primera lectura del Antiguo Testamento y de modo eminente y definitivo por Jesús, en el evangelio de Marcos. Al usar el proverbio de que «no desprecian a un profeta nada más que en su casa», Jesús se presenta claramente como profeta. ¿Qué es un profeta o una profetisa, puesto que en los pueblos del oriente próximo esta era una función que también ejercían las mujeres –no así la del sacerdocio–? Pues es una de las personas que realiza la mediación entre Dios y su pueblo. En los principios del profetismo bíblico, era el mediador entre Dios y el rey de Israel, por la sencilla razón de que este y su corte eran los dueños absolutos de su pueblo y los que marcaban el modo de ser y de actuar de la gente. El pueblo israelita, en realidad, no pintaba nada en las decisiones que le atañían, por lo que era lógico que el profeta se dirigiera a los poderosos para comunicarles el mensaje de Dios sobre su modo de actuar.

Los profetas y las profetisas no hablaban por su cuenta, sino que transmitían el mensaje de Dios, veían la realidad de lo que sucedía a su alrededor con «los ojos de Dios»

Siempre ha circulado entre nosotros el dicho de que «Dios lo ve todo», queriendo expresar con ello que es un vigilante perspicaz al que nada se le escapa de cuanto hacemos los humanos. Pero deberíamos sustituir este proverbio de espía omnipresente que le atribuimos a Dios por este otro: «Dios lo ve todo de otra manera: al modo de un Padre misericordioso». Ante el hombre de la parábola atacado por salteadores y herido, pasaron un sacerdote, un levita y no vieron nada, pero el «buen» samaritano percibió con los «ojos de Dios» que allí había un hombre necesitado, al que vendó sus heridas, lo llevó a la posada y cuidó de él. (Lc 10, 30–37). Así son los profetas y las profetisas. Sus ojos son capaces de ver una realidad distinta de la que perciben los otros mortales. Para ello necesitan una relación muy profunda con Dios, de la que reciben la inspiración para hacerse con los «ojos de Dios» y ver al modo divino las cosas que suceden en la vida diaria de las personas.

Los profetas son personas amenazadas porque abordan las cuestiones más fundamentales de la sociedad, de la política, de la economía, del culto y de la religión con los ojos críticos de Dios, y esta actitud les acarrea la animadversión de los poderosos y de mucha otra gente. Jesús, el intermediario por excelencia entre Dios y los seres humanos, no fue bien recibido en Nazaret ni por su familia ni por sus paisanos. No aparecen con claridad los motivos por los que su familia y sus vecinos rechazaron a Jesús. Es muy probable que fuera la predicación del reinado de Dios. La gente esperaba un Mesías que los librara de los romanos y no uno que dijera que Dios se identificaba con el huérfano, con la viuda, con el hambriento, con el extranjero, con el enfermo o con el que estaba en la cárcel (Mt 25, 36 y ss.). La posibilidad de entender lo que dice Jesús solo se da cuando uno está dispuesto a hacerse discípulo de Jesús y a seguirle, a tener fe, como dice el evangelio de hoy.

Las iglesias de Jesús de hoy necesitan profetas y profetisas, quizás más que ningún otro carisma.Hacerse con los «ojos de Dios» requiere una relación profunda con Dios y una valentía a veces heroica para enfrentarse y desenmascarar a los corruptos, a los explotadores, a los que oprimen al emigrante, al pobre y al desvalido. Quien tenga la valentía de ser profeta o profetisa recibirá la confianza, la generosidad y la aceptación de algunas personas, pero otras muchas lo rechazarán, lo perseguirán, lo despreciarán y lo culparán. Si las iglesias de hoy no sienten estas amenazas, sino que viven muy tranquilas en un mundo de grandes injusticias, es que los profetas y las profetisas han desaparecido de estas iglesias que se llaman de Jesús.

Baldomero López Carrera
Baldomero López Carrera
Laico Dominico

Comentario al Evangelio

Enrique Martínez de la Lama-Noriega, cmf
¡QUÉ MAL NOS SIENTAN LOS PROFETAS!


Rara vez ocurre en la Liturgia de los domingos que las tres lecturas tengan algo en común. Hoy la tienen: las tres nos hablan del «rechazo» del mensaje de Dios, y a la vez, del rechazo de sus intermediarios.

• Ezequiel había sido deportado a Babilonia, junto con todos los judíos «útiles» o aprovechables para los intereses del Imperio. Alli escuchar una llamada de Dios que le manda dirigirse a un pueblo «que tiene dura la cerviz y el corazón obstinado», un pueblo testarudo y rebelde. Ezequiel era hijo de un sacerdote del templo de Jerusalem y estaba orgulloso de pertenecer a una familia noble. El Señor se dirige a él llamándole «hijo de hombre», recordándole su humilde condición, es decir: que es alguien con defectos, debilidades, como también limitaciones psíquicas y mentales de las que ningún mortal está exento. Ezequiel tenía algo parecido a lo que hoy llamamos «trastorno bipolar», y pasaba de momentos de euforia a momentos de abatimiento, era propenso a la depresión y se encerraba, a veces, en prolongados mutismos. Hablaba bien, eso sí, y la gente corría a escucharlo.

En cuanto a sus compatriotas deportados con él, no eran más pecadores que otros. Pero se dejaban seducir por falsas esperanzas, por quienes les ofrecían opciones fáciles, tentadoras y atractivas, pero que no conducían a la vida. Y aunque la misión de este profeta iba a fracasar, Dios le dice a Ezequiel: ’Te hagan caso o no te hagan caso’... Es decir: El deseo de Dios es que no puedan reprocharle que ha callado o ha dejado abandonado a su pueblo en momentos difíciles... aunque no le hayan hecho caso.

Nos quedamos con estos dos aspectos: Un profeta frágil, una persona normal es llamada por Dios... y sus compatriotas testarudos que no le quieren hacer caso.

• Por su parte, Pablo se dirige a la comunidad de Corinto, que tantos disgustos le dio. Algunos de tendencia tradicionalista o conservadora que habían llegado a la comunidad trataban de difamarlo, poniendo en cuestión su autoridad y su ministerio. Sus adversarios llegados desde la Iglesia Madre de Jerusalem le reprochan sus modales tímidos y apocados, le lanzan venenosas insinuaciones respecto a cierta enfermedad o defecto. Pablo la llama «aguijón o espina en la carne», sin que sepamos concretar a qué se refiere, pero que le perjudicaba en su tarea pastoral. El caso es que los corintios se han puesto de parte de los visitantes/inspectores, rechazando las «novedades» que Pablo había introducido en el cristianismo. Querían que todo siguiera «como siempre», con las normas y leyes de siempre, con el culto como siempre. O sea. «Nada de cambios, ni adaptaciones, ni de tomarse libertades». Él no es nadie para hacerlo.

El Apóstol había pedido «tres veces» al Señor que le quitara aquel «aguijón». Pero sin resultados. Tendrá que asumirlo y, ayudado por la gracia de Dios, seguir adelante con su ministerio. Aquel «emisario de Satanás que le abofetea» le servirá a Pablo para no caer en el orgullo por sus éxitos misioneros, para reconocer su debilidad y, seguramente ser más comprensivo con las debilidades ajenas. Pero sobre todo para que su apostolado se centre en el Mensaje de Cristo, y no en el instrumento del mensaje que era él mismo. Cuanto más frágil sea el mensajero, más clara quedará la fuerza del Evangelio.

Destacamos también otros dos aspectos: la debilidad o fragilidad del apóstol... y el ataque y rechazo de sus propios hermanos en la fe, de «los de dentro».

• En cuanto a la experiencia de Jesús, nos la describe Marcos con palabras rotundas: desconfían y se escandalizan de él, lo desprecian sus propios parientes y vecinos, y Jesús se extraña de su falta de fe. No nos detalla el evangelista el contenido de su enseñanza, pero poco antes nos ha explicado que en la sinagoga de Cafarnaúm había sido rechazado por los que le reprochaban saltarse la sagrada Ley del Sábado, y por cuestionar la sacrosanta división entre puros/impuros. Su manera de hablar de Dios no les entraba en sus cerradas cabezas. Además: ¿quién se ha creído éste que es para poner nuestras tradiciones y enseñanzas y prácticas religiosas en cuestión? ¡Si es uno más de nuestro pueblo, si le conocemos perfectamente a él y a su familia: no puede venir de parte de Dios! Capacidad de «asombro» ninguna, es demasiado normal, ni se molestan en atenderle. Jesús no encuentra en ellos ninguna disposición a la novedad, al cambio de planteamientos que él trae. «Falta de fe» lo llama Jesús.

Podemos sacar algunas CONCLUSIONES de las tres lecturas:

- Primero: Dios tiene el gusto y la costumbre de elegir personas frágiles para que sean sus portavoces. Si el mensajero tiene limitaciones (siempre las tiene) hay que pasar por encima de ellas para prestar atención al mensaje.

- Segundo: la fragilidad, la falta de prestigio, incluso el riesgo probable de no tener éxito y no ser escuchado... no son nunca un motivo para que el profeta, el portavoz de Dios renuncie a su misión, o se calle. El bautismo nos ha hecho a todos «profetas, sacerdotes y reyes», y por lo tanto no podemos callar cuando tengamos que denunciar o defender algo en conciencia. O cuando haya que corregir a un hermano (esto no los pide expresamente el Evangelio como un deber muy serio).

- Tercero: el repetido peligro de que los principales opositores, enemigos y obstáculos a la creatividad del Espíritu sean o seamos «los de dentro», en virtud de que somos «alérgicos» a los cambios y a la novedad. Nos sentimos cómodos pensando que ya estamos en la verdad y que estamos en orden con Dios... y que no hay nada que adaptar, cambiar o renovar a fondo. El pasado y la tradición son un "escudo" contra la novedad de Dios. Y el frecuente argumento (?) de que «siempre ha sido así» o que hay que callar al que es distinto... no son realmente ningún argumento. Hay que ser fieles a la tradición, sí, pero también a los signos de los tiempos, a los hombres de hoy, a las nuevas necesidades y retos del mundo y de la Iglesia.

Qué bien lo decía nuestro poeta y premio nobel Juan Ramón Jiménez:



Lo querían matar los iguales porque era distinto.

Si veis un pájaro distinto, tiradlo;

si veis un monte distinto, caedlo;

si veis un camino distinto, cortadlo;

si veis una rosa distinta, deshojadla;

si veis un río distinto, cegadlo...

si veis un hombre distinto, matadlo.

Seguro que Jesús habría hecho suyos los últimos versos de su poema:

si te descubren los iguales,

huye a mí,

ven a mi ser, mi frente, mi corazón distinto.

Porque Dios es distinto. Y porque a su Hijo lo mataron los de dentro, los iguales. Pero en nuestra debilidad como profetas del Señor, no lo olvidemos, «nos basta su gracia» o su Espíritu que es lo mismo.

Quique Martínez de la Lama-Noriega, cmf


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