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’ No es Dios de muertos, sino de vivos ’


Nuestro Dios es un Dios providente y fiel

’ No es Dios de muertos, sino de vivos ’

Junio 01, 2021 21:53 hrs.
Religión Internacional › México
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La Palabra de Dios

Miércoles 2 de junio, 2021

Primera Lectura
Tb 3, 1-11. 16-17
En aquellos días, Tobit, profundamente afligido, oró entre sollozos, diciendo: ’Señor, tú eres justo y tus obras también son justas. Siempre procedes con misericordia y lealtad. Tú eres el juez del mundo. Acuérdate de mí, Señor, y ten piedad de mí. No me castigues por mis pecados, no tomes en cuenta mis faltas ni las de mis padres.

Porque desobedecimos tus mandatos nos entregaste al saqueo, al destierro y a la muerte; nos hiciste objeto de las murmuraciones, las burlas y el desprecio de las naciones entre las cuales nos dispersaste. Señor, tu castigo es verdaderamente justo, porque ni mis padres ni yo hemos cumplido tus mandamientos ni hemos sido leales contigo. Haz de mí lo que quieras, Señor: quítame la vida, hazme desaparecer y volver al polvo, pues más me vale morir que vivir, porque me han llenado de insultos y estoy hundido en la tristeza. Líbrame ya, Señor, de esta desgracia, envíame al descanso eterno y no te alejes de mí. Pues más me vale morir que vivir sufriendo tantas desgracias y escuchando tantos insultos’’.

Aquel mismo día, Sara, la hija de Ragüel, que vivía en la ciudad de Ecbatana, en la provincia de Media, tuvo que soportar los insultos de una esclava de su padre, porque Sara se había casado siete veces y Asmodeo, el malvado demonio, había matado a todos sus maridos, apenas se acercaban a ella. Así pues, la esclava le dijo: ’¡Tú eres la que estrangulas a tus maridos! Te has casado con siete y no has disfrutado a ninguno. ¿Por qué te desquitas con nosotras por la muerte de tus esposos? Vete a donde están ellos y que nunca veamos ni un hijo ni una hija tuyos’.

Sara se entristeció tanto, que comenzó a llorar y subió al segundo piso de su casa, con intención de ahorcarse. Pero reflexionó: ’No lo haré, no vaya a ser que la gente insulte a mi padre, diciéndole que su hija única, tan querida, se ahorcó de dolor y sea yo así la causa de que mi padre se muera de tristeza. Más vale que no me ahorque, sino que le pida al Señor que me envíe la muerte, para que no tenga que escuchar ya tantos insultos durante mi vida’. Entonces levantó sus manos hacia el cielo e invocó al Señor Dios.

En aquel instante, el Dios de la gloria escuchó las súplicas de Sara y de Tobit, y envió al ángel Rafael a curarlos: a Tobit, quitándole las manchas blancas de los ojos, a fin de que pudiera ver la luz de Dios, y a Sara, hija de Ragüel, librándola del malvado demonio Asmodeo, para darla como esposa a Tobías, hijo de Tobit, pues Tobías tenía más derecho a casarse con ella que todos los que la habían pretendido.
Palabra de Dios
Te alabamos, Señor

Salmo Responsorial
Salmo 24, 2-3. 4-5ab. 6 y 7bc. 8-9
R. (1b) A ti, Señor, levanto mi alma.
A ti, Señor, levanto mi alma;
mi Dios, en ti confío
no quede defraudada mi confianza
ni se burlen de mí mis enemigos.
R. A ti, Señor, levanto mi alma.
Nadie que haya confiado en ti
ha quedado jamás decepcionado.
Quienes a Dios traicionan por los ídolos,
ésos sí quedarán decepcionados.
R. A ti, Señor, levanto mi alma.
Descúbrenos, Señor, tus caminos,
guíanos con la verdad de tu doctrina.
Tú eres nuestro Dios y salvador
y tenemos en ti nuestra esperanza.
R. A ti, Señor, levanto mi alma.
Acuérdate, Señor, que son eternos
tu amor y tu ternura.
Según ese amor y esa ternura,
acuérdate de nosotros.
R. A ti, Señor, levanto mi alma.
Porque el Señor es recto y bondadoso
indica a los pecadores el sendero,
guía por la senda recta a los humildes
y descubre a los pobres sus caminos.
R. A ti, Señor, levanto mi alma.

Aclamación antes del Evangelio
Jn 11, 25. 26
R. Aleluya, aleluya.
Yo soy la resurrección y la vida, dice el Señor;
el que cree en mí no morirá para siempre.
R. Aleluya.

Evangelio
Mk 12, 18-27
En aquel tiempo, fueron a ver a Jesús algunos de los saduceos, los cuales afirman que los muertos no resucitan, y le dijeron: ’Maestro, Moisés nos dejó escrito que si un hombre muere dejando a su viuda sin hijos, que la tome por mujer el hermano del que murió, para darle descendencia a su hermano. Había una vez siete hermanos, el primero de los cuales se casó y murió sin dejar hijos. El segundo se casó con la viuda y murió también, sin dejar hijos; lo mismo el tercero. Los siete se casaron con ella y ninguno de ellos dejó descendencia. Por último, después de todos, murió también la mujer. El día de la resurrección, cuando resuciten de entre los muertos, ¿de cuál de los siete será mujer? Porque fue mujer de los siete’.

Jesús les contestó: ’Están en un error, porque no entienden las Escrituras ni el poder de Dios. Pues cuando resuciten de entre los muertos, ni los hombres tendrán mujer ni las mujeres marido, sino que serán como los ángeles del cielo. Y en cuanto al hecho de que los muertos resucitan, ¿acaso no han leído en el libro de Moisés aquel pasaje de la zarza, en que Dios le dijo: Yo soy el Dios de Abraham, el Dios de Isaac, el Dios de Jacob? Dios no es Dios de muertos, sino de vivos. Están, pues, muy equivocados’.
Palabra del Señor
Te alabamos, Señor Jesús

Reflexión del Evangelio de hoy

Nuestro Dios es un Dios providente y fiel
Después de haber perdido sus bienes, Tobit se ha quedado ciego a consecuencia de un accidente fortuito. Como buen judío, Tobit acepta su situación y se reconoce pecador delante de Dios, a cuya voluntad quiere permanecer fiel. Confía plenamente en la providencia, a pesar de sus dolorosas cuitas.

Por otro lado, Sara, aquejada también de desgracias humillantes, recurre a Dios para que la libere, bien con la muerte, bien con un cambio de su penosa situación. Son dos casos emblemáticos de confianza en Dios, a pesar del sufrimiento y de la incomprensión que padecen por parte de su entorno más cercano. Ambos relatos pertenecen a una época de esplendor del judaísmo posterior al exilio: el Dios de los padres es fiel a sus promesas y el pueblo así lo reconoce y manifiesta su gratitud.

Este libro quiere ser una lección edificante para el pueblo, después del desastre sufrido con el exilio, que pareció echar por tierra todas las esperanzas tanto tiempo acariciadas. Se viene a decir que nunca hay motivos para desconfiar de Dios, pues, aunque con frecuencia permite que el mal haga estragos incluso entre la buena gente (como ocurrió también en el caso de Job), tarde o temprano tiende su mano misericordiosa para rehabilitar a quienes han padecido durante un tiempo más o menos largo.

Lección válida en todo tiempo y lugar, también para nosotros hoy. Como en su momento dijo san Pablo: ’Si Dios está con nosotros, ¿quién estará contra nosotros?’ (Rom 8, 31). Es una invitación a fiarnos siempre de la bondad providente de nuestro Dios, que vela sobre nosotros aun cuando, a veces, todo a nuestro alrededor parezca oscuro y desolador.

Nuestro Dios es un Dios de la vida
Los saduceos del tiempo de Jesús no creían en la resurrección y la ridiculizaban, como en esta ocasión, en que argumentan a partir de la llamada ley del levirato (una ley que prescribía a los hermanos del difunto, que había muerto sin hijos, casarse con su viuda para suscitar descendientes a su hermano). Jesús responde, en primer lugar, afirmando que la resurrección no puede enjuiciarse como si se tratara de una prolongación de la vida presente. Es algo totalmente distinto, es otro mundo y no se puede razonar aplicando los criterios de aquí. Los bienaventurados ’serán como ángeles’, en el sentido de que su vida estará centrada ante todo en la alabanza y en el servicio de Dios.

En segundo lugar, Jesús evoca al Dios de los patriarcas, Abrahán, Isaac y Jacob, de los que hablan los libros del Pentateuco (los únicos libros que aceptan los saduceos). Da a entender, de esa manera, que Dios, que los eligió, sigue siendo fiel a ellos y la muerte no podrá poner término a esa fidelidad. Esta realidad debiera mover a sus interlocutores a reconocer que ese Dios, poderoso y dueño de la vida, quiere que todos vivan para siempre.

Para nosotros, este razonamiento de Jesús contiene dos sabias advertencias: una, que no podemos entender la resurrección con nuestras categorías terrenas y limitadas, sino que hemos de aceptarla como un misterio de fe (y a la luz del conjunto de la Escritura); otra, que, si creemos en el poder de Dios y en su permanente obrar a favor de la vida, no podemos extrañarnos de que nos haya creado y destinado para vivir siempre con él.

Preguntémonos sinceramente: ¿Cómo entendemos nosotros eso de ’vivir para siempre’? ¿Creemos de verdad que Dios cuida ahora de nosotros y nos concederá después vivir para siempre?

Fray Emilio García Álvarez O.P.
Convento de Santo Tomás de Aquino (Sevilla)

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