’ Tampoco yo te condeno ’




’Aunque camine por cañadas oscuras, nada temo porque tú vas conmigo’

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’ Tampoco yo te condeno ’
Religión
Marzo 29, 2020 19:35 hrs.
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Lunes 30 de marzo 2020

La Palabra de Dios

Primera lectura

Dn 13, 1-9. 15-17. 19-30. 33-62
En aquel tiempo vivía en Babilonia un hombre llamado Joaquín, casado con Susana, hija de Quelcías, mujer muy bella y temerosa de Dios. Sus padres eran virtuosos y habían educado a su hija según la ley de Moisés. Joaquín era muy rico y tenía una huerta contigua a su casa, donde solían reunirse los judíos, porque era estimado por todos. Aquel año habían sido designados jueces dos ancianos del pueblo; eran de aquellos de quienes había dicho el Señor: ’En Babilonia, la iniquidad salió de ancianos elegidos como jueces, que pasaban por guías del pueblo’. Éstos frecuentaban la casa de Joaquín y los que tenían litigios que resolver acudían ahí a ellos. Hacia el mediodía, cuando toda la gente se había retirado ya, Susana entraba a pasear en la huerta de su marido. Los dos viejos la veían entrar y pasearse diariamente, y se encendieron de pasión por ella, pervirtieron su corazón y cerraron sus ojos para no ver al cielo ni acordarse de lo que es justo.

Un día, mientras acechaban el momento oportuno, salió ella, como de ordinario, con dos muchachas de su servicio, y como hacía calor, quiso bañarse en la huerta. No había nadie allí, fuera de los viejos, que la espiaban escondidos. Susana dijo a las doncellas: ’Tráiganme jabón y perfumes, y cierren las puertas de la huerta mientras me baño’. Apenas salieron las muchachas, se levantaron los dos viejos, corrieron hacia donde estaba Susana y le dijeron: ’Mira: las puertas de la huerta están cerradas y nadie nos ve. Nosotros ardemos en deseos de ti. Consiente y entrégate a nosotros. Si no, te vamos a acusar de que un joven estaba contigo y que por eso despachaste a las doncellas’. Susana lanzó un gemido y dijo: ’No tengo ninguna salida; si me entrego a ustedes, será la muerte para mí; si resisto, no escaparé de sus manos. Pero es mejor para mí ser víctima de sus calumnias, que pecar contra el Señor’. Y dicho esto, Susana comenzó a gritar. Los dos viejos se pusieron a gritar también y uno de ellos corrió a abrir la puerta del jardín. Al oír los gritos en el jardín, los criados se precipitaron por la puerta lateral para ver qué sucedía. Cuando oyeron el relato de los viejos, quedaron consternados, porque jamás se había dicho de Susana cosa semejante.

Al día siguiente, todo el pueblo se reunió en la casa de Joaquín, esposo de Susana, y también fueron los dos viejos, llenos de malvadas intenciones contra ella, para hacer que la condenaran a morir. En presencia del pueblo dijeron: ’Vayan a buscar a Susana, hija de Quelcías y mujer de Joaquín’. Fueron por Susana, quien acudió con sus padres, sus hijos y todos sus parientes. Todos los suyos y cuantos la conocían, estaban llorando.

Se levantaron entonces los dos viejos en medio de la asamblea y pusieron sus manos sobre la cabeza de Susana. Ella, llorando, levantó los ojos al cielo, porque su corazón confiaba en el Señor. Los viejos dijeron: ’Mientras nosotros nos paseábamos solos por la huerta, entró ésta con dos criadas, luego les dijo que salieran y cerró la puerta. Entonces se acercó un joven que estaba escondido y se acostó con ella. Nosotros estábamos en un extremo de la huerta, y al ver aquella infamia, corrimos hacia ellos y los sorprendimos abrazados. Pero no pudimos sujetar al joven, porque era más fuerte que nosotros; abrió la puerta y se nos escapó. Entonces detuvimos a ésta y le preguntamos quién era el joven, pero se negó a decirlo. Nosotros somos testigos de todo esto’. La asamblea creyó a los ancianos, que habían calumniado a Susana, y la condenaron a muerte.

Entonces Susana, dando fuertes voces, exclamó: ’Dios eterno, que conoces los secretos y lo sabes todo antes de que suceda, tú sabes que éstos me han levantado un falso testimonio. Y voy a morir sin haber hecho nada de lo que su maldad ha tramado contra mí’. El Señor escuchó su voz. Cuando llevaban a Susana al sitio de la ejecución, el Señor hizo sentir a un muchacho, llamado Daniel, el santo impulso de ponerse a gritar: ’Yo no soy responsable de la sangre de esta mujer’.

Todo el pueblo se volvió a mirarlo y le preguntaron: ’¿Qué es lo que estás diciendo?’ Entonces Daniel, de pie en medio de ellos, les respondió: ’Israelitas, ¿cómo pueden ser tan ciegos? Han condenado a muerte a una hija de Israel, sin haber investigado y puesto en claro la verdad. Vuelvan al tribunal, porque ésos le han levantado un falso testimonio’.

Todo el pueblo regresó de prisa y los ancianos dijeron a Daniel: ’Ven a sentarte en medio de nosotros y dinos lo que piensas, puesto que Dios mismo te ha dado la madurez de un anciano’. Daniel les dijo entonces: ’Separen a los acusadores, lejos el uno del otro, y yo los voy a interrogar’.

Una vez separados, Daniel mandó llamar a uno de ellos y le dijo: ’Viejo en años y en crímenes, ahora van a quedar al descubierto tus pecados anteriores, cuando injustamente condenabas a los inocentes y absolvías a los culpables, contra el mandamiento del Señor: No matarás al que es justo e inocente. Ahora bien, si es cierto que los viste, dime debajo de qué árbol estaban juntos’. Él respondió: ’Debajo de una acacia’. Daniel le dijo: ’Muy bien. Tu mentira te va a costar la vida, pues ya el ángel ha recibido de Dios tu sentencia y te va a partir por la mitad’. Daniel les dijo que se lo llevaran, mandó traer al otro y le dijo: ’Raza de Canaán y no de Judá, la belleza te sedujo y la pasión te pervirtió el corazón. Lo mismo hacían ustedes con las mujeres de Israel, y ellas, por miedo, se entregaban a ustedes. Pero una mujer de Judá no ha podido soportar la maldad de ustedes. Ahora dime, ¿bajo qué árbol los sorprendiste abrazados?’ Él contestó: ’Debajo de una encina’. Replicó Daniel: ’También a ti tu mentira te costará la vida. El ángel del Señor aguarda ya con la espada en la mano, para partirte por la mitad. Así acabará con ustedes’.

Entonces toda la asamblea levantó la voz y bendijo a Dios, que salva a los que esperan en él. Se alzaron contra los dos viejos, a quienes, con palabras de ellos mismos, Daniel había convencido de falso testimonio, y les aplicaron la pena que ellos mismos habían maquinado contra su prójimo. Para cumplir con la ley de Moisés, los mataron, y aquel día se salvó una vida inocente.
Palabra de Dios
Te alabamos, Señor

Salmo Responsorial
Salmo 22, 1-3a. 3b-4. 5-6
R. (4a) Nada temo, Señor, porque tú estás conmigo.
El Señor es mi pastor, nada me falta:
en verdes praderas me hace reposar
y hacia fuentes tranquilas me conduce
para reparar mis fuerzas. R.
R. Nada temo, Señor, porque tú estás conmigo.
Por ser un Dios fiel a sus promesas,
me guía por el sendero recto;
así, aunque camine por cañadas oscuras,
nada temo, porque tú estás conmigo.
Tu vara y tu cayado me dan seguridad. R.
R. Nada temo, Señor, porque tú estás conmigo.
Tú mismo me preparas la mesa,
a despecho de mis adversarios;
me unges la cabeza con perfume
y llenas mi copa hasta los bordes. R.
R. Nada temo, Señor, porque tú estás conmigo.
Tu bondad y tu misericordia me acompañarán
todos los días de mi vida;
y viviré en la casa del Señor
por años sin término. R.
R. Nada temo, Señor, porque tú estás conmigo.


Aclamación antes del Evangelio
Ez 33, 11
R. Honor y gloria a ti, Señor Jesús.
No quiero la muerte del pecador,
sino que se arrepienta y viva, dice el Señor.
R. Honor y gloria a ti, Señor Jesús.


Evangelio
Jn 8, 1-11
En aquel tiempo, Jesús se retiró al monte de los Olivos y al amanecer se presentó de nuevo en el templo, donde la multitud se le acercaba; y él, sentado entre ellos, les enseñaba.

Entonces los escribas y fariseos le llevaron a una mujer sorprendida en adulterio, y poniéndola frente a él, le dijeron: ’Maestro, esta mujer ha sido sorprendida en flagrante adulterio. Moisés nos manda en la ley apedrear a estas mujeres. ¿Tú qué dices?’

Le preguntaban esto para ponerle una trampa y poder acusarlo. Pero Jesús se agachó y se puso a escribir en el suelo con el dedo. Como insistían en su pregunta, se incorporó y les dijo: ’Aquel de ustedes que no tenga pecado, que le tire la primera piedra’. Se volvió a agachar y siguió escribiendo en el suelo.

Al oír aquellas palabras, los acusadores comenzaron a escabullirse uno tras otro, empezando por los más viejos, hasta que dejaron solos a Jesús y a la mujer, que estaba de pie, junto a él.

Entonces Jesús se enderezó y le preguntó: ’Mujer, ¿dónde están los que te acusaban? ¿Nadie te ha condenado?’ Ella le contestó: ’Nadie, Señor’. Y Jesús le dijo: ’Tampoco yo te condeno. Vete y ya no vuelvas a pecar’.
Palabra del Señor
Gloria a ti, Señor Jesús

Reflexión del Evangelio de hoy

’Aunque camine por cañadas oscuras, nada temo porque tú vas conmigo’
En la recta final hacia la Pascua la Iglesia nos presenta hoy la historia de dos mujeres sorprendidas en adulterio, uno ficticio y otro verdadero. En ambos casos, ante jueces injustos, son defendidas por el juicio misericordioso de Dios, el único que juzga según el corazón y no según las apariencias.

Hoy se nos relata la conocida historia de Susana, la cual es acusada falsa e injustamente de adulterio y por tanto condenada a muerte según la ley de Moisés. Ante esta falsa acusación, Susana tiene dos opciones: ser fiel a Dios y a la ley, o salvar su vida. Ella elige la primera, poniendo toda su confianza en Dios que le hará justicia. La confianza en Dios es lo que verdaderamente nos ayuda a ser fieles a su voluntad.

¡Cuántas veces nos vemos en situaciones muy difíciles, en pruebas muy duras en las que parece que Dios no escucha nuestras plegarias! Incluso caemos en la desesperación y en el desánimo. Sin embargo, la lectura de hoy nos alienta a ver que en los momentos más adversos es cuando tenemos que confiar más en Dios. Nos dice el texto que cuando ya estaba todo perdido, cuando ya habían condenado a Susana a muerte, ella oró gritando y Dios la escuchó. Tengamos la plena seguridad de que Dios siempre llega a tiempo.

Es posible que se nos presenten ocasiones en los que tengamos que elegir entre ser fieles a Dios o ser fieles al mundo para salvar nuestra reputación. Por eso, como sabemos que somos débiles, necesitamos estar arraigados en la oración, meditar la Palabra de Dios, acudir asiduamente a la Eucaristía y al sacramento de la Reconciliación, para que a la hora de la prueba o de la tentación nos podamos mantener firmes siendo fieles a Dios.

Si Dios está con nosotros, ¿quién estará contra nosotros? Confiemos en el Señor, aun en las grandes pruebas, pues ‘aunque camine por cañadas oscuras, nada temo porque tú vas conmigo’.

Evangelio: ’Tampoco yo te condeno’
San Juan en el evangelio de hoy nos presenta dos actitudes contrapuestas: una la de los letrados y fariseos, que se convierten en jueces condenadores de la adúltera y la otra es la actitud de Cristo que no condena, sino todo lo contrario, que perdona y salva. Muchas veces nuestra actitud es la de los fariseos, con gran facilidad nos convertimos en jueces de los demás, tenemos una habilidad impresionante para torcer las cosas y creernos justos, cuando en realidad no lo somos.

Cristo hoy nos llama a atrevernos a sumergirnos en lo más profundo de nuestro corazón y darnos cuenta de que no estamos exentos de pecado, de que no somos mejores que el que tenemos al lado, que veamos que nuestro corazón también está enfermo y necesita ser curado. Más de una vez hemos juzgado sin misericordia y más de una vez nuestros juicios han sido erróneos.

‘Yo tampoco te condeno’ Ojalá que estas palabras queden grabadas en nuestro corazón para que así experimentemos e imitemos la gran misericordia de Dios. Qué éste sea hoy nuestro propósito para con los demás.

Señor, que esta Cuaresma, que está por terminar, no sea una más en nuestra vida, concédenos la gracia de que sea definitiva en nuestro proceso de conversión y entrega a Ti.

MM. Dominicas
Monasterio de Santa Ana (Mur

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