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José Antonio Aspiros Villagómez | Club Primera Plana

Textos en libertad

José Antonio Aspiros Villagómez


Algunos recuerdos, a cien años de que comenzó la radio

Algunos recuerdos, a cien años de que comenzó la radio


Octubre 08, 2021 22:31 hrs.
Cultura Nacional › México Ciudad de México
José Antonio Aspiros Villagómez › Club Primera Plana

Hace cien años tuvo lugar de manera incipiente el inicio de la radiodifusión en México. Durante unas tres décadas la radio fue el único medio electrónico de entretenimiento hasta que llegó la televisión y luego todo lo demás que nos ha aportado la tecnología, hasta arribar a la era digital.

El 9 de octubre de 1921, un inquieto neoleonés de 23 años llamado Constantino de Tárnava Garza trasmitió desde Monterrey el primer programa de radio de toda América Latina, con la participación de tres pianistas, una soprano, un tenor y un declamador.

Varias generaciones crecimos con la radio, pero desconocíamos entonces todo acerca de sus inicios, cuando De Tárnava, cuya estación tuvo como siglas TND, CYO y XEH sucesivamente, ya experimentaba en 1920 con la lectura al aire de noticias del diario El Porvenir, en 1924 hacía programas culturales, en 1932 inició los controles remotos deportivos, trasmitió radionovelas en 1939, y al año siguiente creó la primera cadena de radiodifusoras.

Por los años en que tuvieron lugar esos hitos, y porque fueron en la -para nosotros- distante Monterrey, nada de eso nos tocó conocer directamente; nuestra experiencia como radioescuchas comenzó en la casa de los abuelos maternos (Distrito Federal) durante la segunda mitad de los años 40, a través de un inmenso receptor RCA Víctor de piso que siempre estaba sintonizado en la XEW.

Pero aun cuando De Tárnava es considerado el pionero de la radio en México, según la Gaceta UNAM digital del 14 de febrero de 2019, los hermanos Pedro y Adolfo Gómez Fernández instalaron un equipo de transmisión en el Teatro Ideal de Ciudad de México y tuvieron un programa los fines de semana entre el 27 de septiembre de 1921 y enero de 1922, es decir, habrían comenzado unas dos semanas antes que el ingeniero regiomontano.

La XEW operó por primera vez en septiembre de 1930, cuando ya tenía siete años la XEB a la que más tarde también nos aficionamos aunque, por un tiempo, mientras vivió nuestro abuelo -fallecido en 1952-solamente oíamos la primera. La XEB surgió en 1923 como XYB, fundada por la fábrica de cigarros El Buen Tono. Meses antes había sido instalada la emisora JH de la Secretaría de Guerra y Marina.

Recordamos de la W programas como La legión de los madrugadores, Los niños catedráticos, La hora del aficionado, las aventuras de Carlos Lacroix con su infaltable Margot, y Cri-Cri, el grillito cantor, además de escuchar al declamador Manuel Bernal y a cantantes como Pedro Infante, Los Panchos y muchos más que sería interminable mencionar aquí, quienes interpretaban boleros, corridos y canciones rancheras.

En esa, o en otra emisora, nos deleitamos con la serie La vuelta al mundo de dos pilletes, basada en una novela en dos tomos que después leímos un par de veces, de los autores franceses Henri de la Vaulx y Arnould Galopin.

Tal vez fue también en la W donde oímos tocar mambos, danzones y luego chachachás, y a través de su frecuencia nos enteramos que había una competencia de autos llamada Carrera Panamericana, que duró de 1950 a 1954 y cuyas dos últimas pruebas pudimos ver por la pantalla chica y ahí comenzó una afición al automovilismo que dura hasta la fecha.

La televisión, habría que mencionar, en la mayoría de los hogares del rumbo era entonces un lujo lo mismo que el teléfono, pero mediante un pago podíamos ver programas en la sala del dueño de la papelería de a la vuelta, o bien en un café de chinos de la avenida Parque Lira donde al tecleador le permitían ver la Panamericana con sólo consumir un refresco en la barra. Los refrescos eran Titán, Soldado de Chocolate, Chaparritas El Naranjo, Spur Cola, Pep y otros, incluidas marcas que todavía existen.

La radio, hoy centenaria, fue fundamental para nuestra generación y en lo personal nos interesaron por igual tanto oír los programas, como ver con gran curiosidad el viejo receptor de madera por los dos lados: el frente donde estaban un pequeño cuadrante y los botones para encender, sintonizar y regular el volumen, así como una inmensa y pesada bocina cubierta por una tela, y la parte posterior donde se apreciaban el chasís metálico con varios bulbos, resistencias, condensadores, bobina, antena y otros componentes.

Así, mientras en una época de su vida Constantino de Tárnava se dedicó inclusive a fabricar y vender puerta por puerta equipos receptores para que se oyera su estación, en su adolescencia este tecleador quiso ser radiotécnico pero dejó esos estudios por correspondencia en la Hemphill Schools cuando inició los presenciales de periodismo, una profesión que como todo, incluida la radio, ha tenido cambios tecnológicos con el arribo de la digitalización.

Sin embargo alcanzamos a trabajar por unos meses en el taller Ken Rad (Tacubaya) de don Manuel Rodríguez, quien lucía orgulloso su diploma de otra escuela, la National Schools. Un radiotécnico, tal vez haya que explicarlo ahora, era quien cautín en mano reparaba aquellos aparatos de bulbos y luego de transistores porque no eran desechables como casi todo actualmente; todavía existen esos cursos por correspondencia, ya actualizados y con otro nombre.

Volvimos a la radio cuando en la redacción de Radionoticias de El Heraldo de México hicimos los noticiarios que luego leíamos al aire a dos voces al lado del locutor de turno en las emisoras del Grupo ORO, y así conocimos un poco el trabajo de cabina donde había un operador encargado de poner los anuncios comerciales en una cartuchera y de atender en general la transmisión.

La historia de la radiodifusión en México es inmensa y gloriosa aunque también ha tenido episodios negativos, todo ello difícil de narrar en unas cuantas líneas porque ya son cien años de sucesos continuos. Basten por ahora estos breves recuerdos personales, sabedores de que los lectores agregarán los suyos.

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