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Armando Fuentes Aguirre


Cuando los rijos se van

Cuando los rijos se van


Noviembre 10, 2019 18:08 hrs.
Periodismo Nacional › México Coahuila
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’El dinero no compra la felicidad. Sobre todo si es poco’.

He ahí una de las más celebradas frases de mi llorado amigo Ernesto Tijerina. (Otra es: ’Un pendejo callado es oro molido’).

El dinero no compra la felicidad, es cierto, pero sí ayuda a alquilar ratitos de ella. Dicho de otra manera: con dinero no se puede comprar felicidad, pero sí se pueden comprar cosas como una buena casa, un buen coche, tres buenas comidas cada día, unos zapatos cómodos, un televisor con pantalla de 52 pulgadas y sonido estereofónico, algunos libros excelentes, un viaje a Europa, una botella de buen vino... Si todas esas cosas no hacen la felicidad tampoco nadie podrá acusarlas de que la deshacen.

Yo soy feliz la mayor parte del tiempo. Digamos, 23 horas cada día. Buen promedio. Papá Chema, mi abuelo materno, tenía una receta de la felicidad. Quien la siga podrá aspirar a ser razonablemente feliz. O irrazonablemente, que también sin razón se puede ser dichoso. Según mi abuelo para ser feliz hay que hacer esto:

Beber sin emborracharse.

Amar sin sufrir pasión.

Comer sin indigestarse.

Con nadie nunca pelearse.

Y a veces desbalagarse, pero con gran discreción y sin desacreditarse.

A los predicadores les disgusta que la gente sea feliz. Eso va contra el negocio. Lo suyo es el sufrimiento. A más dolor más dólares. En cierta ocasión un predicador felicitó a Groucho Marx:

-Gracias por todo el gozo que han puesto ustedes en el mundo.

Respondió el célebre comediante:

-Es para compensar, siquiera en parte, todo el gozo que ustedes le han quitado.

Seremos más felices si pensamos que la felicidad no es tanto algo que se vive como algo que se recuerda. Debemos vivir en buena parte, entonces, para hacer recuerdos. Al final, decía mi tía Conchita, eso es lo único que queda. Una vez vi una caricatura de Quino que me enseñó acerca de la felicidad más que todos los libros. En medio de una muchedumbre de hombres con gesto hosco, aburrido o indiferente, y mujeres con mirada inexpresiva va caminando un viejecito. Bajo el brazo lleva el retrato de una linda corista de sus tiempos. Sonríe el anciano: el recuerdo de un antiguo amor –quizás amor de una noche– le ilumina el rostro y pinta su figura de colores entre lo gris de todo lo demás.

Una cosa he aprendido cuya enunciación puede sonar a Amado Nervo: la mejor forma de conseguir la felicidad es darla. (En singular, por favor). Si haces felices a dos personas lo más probable es que una de ellas seas tú. Los ricos piensan que los pobres son felices por el hecho de ser pobres –la camisa del hombre feliz, etcétera–, y los pobres piensan que los ricos son felices por el hecho de ser ricos –la revista Hola, etcétera–. Ambos están equivocados. La felicidad está a medio camino entre lo no tanto y lo no tan poco. A eso llamaban los latinos aurea mediocritas. La dorada medianía.

Juguemos a ser felices, pues. A lo mejor eso es la felicidad: un juego. Pero seguramente no es de solitario: es juego de ver juntos y de juntos beber; de reír juntos y de juntos llorar... Si tú y yo nos volvemos nosotros seremos más felices. Juego de palabras, me dirás. Posiblemente. Pero, lo dije ya, todo es un juego. ¿Jugamos?

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