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Opinión

Armando Fuentes Aguirre ’Catón’


De cruz a cruz, y de poeta a poeta

De cruz a cruz, y de poeta a poeta


Abril 19, 2018 20:45 hrs.
Periodismo Nacional › México Coahuila
Armando Fuentes Aguirre ’Catón’ › guerrerohabla.com

Yo admiro mucho a quienes dicen que se hicieron a sí mismos: a nadie culpan del pobre resultado. Yo, en cambio, me reconozco obra de mis padres y de mis maestros. Ellos pusieron lo bueno que hay en mí; lo malo es mi personal aportación.

El gusto por el romanticismo literario se lo debo a la señora Amelia Vitela viuda de García, profesora mía de Español en el tercer grado de la secundaria. Me reveló a Gustavo Adolfo Bécquer, muchas de cuyas rimas puedo decir de memoria hasta este día, no sé si el de mañana. También por esa exquisita dama y gran maestra leí los claros versos de don Juan Zorrilla de San Martín, poeta nacional del Uruguay.

En 1888 -el mismo año, si no recuerdo mal, del nacimiento de Ramón López Velarde-, aquel bardo uruguayo terminó de escribir su ’Tabaré’. En tal poema cantó la desaparición de los charrúas, indígenas bravíos que cayeron ante el embate de la colonización. La reciente muerte de la mujer a la que amaba hizo que San Martín diera a sus versos un dolorido tono de elegía:

Duerme, hijo mío. Mira: entre las ramas
está dormido el viento;
el tigre en el flotante camalote,
y en el nido los pájaros pequeños.
Hasta en el valle
duermen los ecos.
Duerme. Si al despertar no me encontraras,
yo te hablaré a lo lejos.
Una aurora sin sol vendrá a dejarte
entre los labios mi invisible beso...
El niño duerme,
duerme sonriendo.
- - - - -
La madre lo estrechó. Dejó en su frente
una lágrima inmensa, en ella un beso,
y se acostó a morir. Lloró la selva.
Y, al entreabrirse, sonreía el cielo.

¿Habré citado bien? Así lo espero. Las citas ya no acuden cuando uno las cita. Comoquiera diré que en el poema de Zorrilla de San Martín hay una fe profunda en los designios providenciales. Hay quienes culpan a la Providencia de las pendejadas que hacen. ’Ya me tocaba’ -dicen. No es cierto: se pusieron de pechito en el tocadero, lo cual es diferente. El poeta uruguayo lamenta la extinción de los charrúas -tan nobles ellos; tan hermosas ellas-, pero cree firmemente que la religión católica y la lengua castellana fueron compensación más que suficiente por la pérdida. Si a eso le añadimos el Quijote -digo yo- hasta les salimos debiendo a los conquistadores.

En 1919 asistía don Juan Zorrilla de San Martín a un congreso en Montevideo. Le informaron que un poeta mexicano presente en el encuentro había enfermado y estaba a las puertas de la muerte. Dejó de inmediato la reunión y fue al lado del enfermo. Lo halló muy grave; seguramente iba a morir. Los médicos que atendían al mexicano confirmaron su presentimiento: el poeta vivía sus horas finales. Un mal de uremia lo había consumido.

Entró Zorrilla en la cámara donde yacía el agonizante, y éste lo reconoció, pues se trataban de tiempo atrás, y se querían bien. Sucedió entonces algo cuyo relato me conmueve mucho. Lo escribiré mañana. Pero desde ahora diré que ese poeta mexicano era Amado Nervo.

(Continuará).

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