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Opinión

Armando Fuentes Aguirre ’Catón’


De güevones y otros especímenes

De güevones y otros especímenes


Abril 04, 2018 22:00 hrs.
Periodismo Nacional › México Coahuila
Armando Fuentes Aguirre ’Catón’ › guerrerohabla.com

Aquel señor era muy mala paga. Prestarle dinero era tan seguro como subir a 10 mil metros de altura agarrado a la picha de un zancudo. La frase es de don Alfredo de la Peña, apodado el Godoy.

No trabajaba nunca aquel señor. Ignoraba que hay un solo lugar en donde el éxito viene antes que el trabajo. Ese lugar es el diccionario. En la vida primero es el trabajo, y luego viene el éxito.

Por tan plausible motivo -el de no trabajar- aquel sujeto andaba siempre a la cuarta pregunta. Esta expresión, estar o andar ’a la cuarta pregunta’, es muy bonita. Y, como muchas otras cosas muy bonitas –por ejemplo las medias de nylon con raya- dejó de usarse ya hace muchos años. La frase proviene de un antiguo uso eclesiástico. Cuando alguien pedía dispensa de estipendio para poder casarse el sacerdote le hacía cuatro preguntas: nombre; lugar de origen; oficio y, la cuarta, si era pobre, tan pobre que mereciera no pagar la obvención o paga que el sacerdote recibía por casar a una pareja. Por eso cuando alguien se hallaba en estado de absoluta pobreza la gente decía de él que andaba a la cuarta pregunta.

Así andaba siempre el protagonista de mi cuento. O de mi historia, pues lo que narro es rigurosamente verídico, si bien quizá no histórico. Una cosa es la verdad y otra la historia.

Yo le voy más a la verdad que a la historia, aunque a veces la verdad haya que inventarla. Vivía del sablazo nuestro personaje, o sea de pedir prestado. A quienes le prestaban dinero más les habría valido echarlo a una alcantarilla: mejores posibilidades habrían tenido de juntarse alguna vez con él. Antes de darle el dinero debían haber abrazado los billetes con cariño y cantarles en voz bajita ’Las golondrinas’, pues nunca jamás volverían ya a ver la cantidad.

Y de la renta ni se diga. La dueña de la casa en que vivía ese hombre se gastaba en botica las rentas de otras casas que tenía. Le había echado a su deudor hasta abogados -que es mucho echar-, pero el sujeto tenía amigos de cantina, y por ellos el juicio de desahucio dormía el sueño de los justos en un cajón del tribunal.

No trabajaba este talísimo, lo dije ya. A sus compinches les decía con orgullo:

-Dos compañías andan atrás de mí.

-¿Cuáles? -le preguntaban éstos muy interesados.

Y contestaba él entre risotadas:

-La del teléfono y la de la luz.

Y es porque nunca pagaba los recibos, el güevón.

Un día, al salir muy temprano para buscar a quien daría el sablazo cotidiano, se topó de manos a boca con un hombre en el frente de su casa. Llevaba el individuo unos fierros en las piernas, lo que motivó un profundo sentimiento de conmiseración en el personaje de mi narración. Echó mano al bolsillo y sacó una moneda de 10 centavos.

-Tenga, buen hombre -le dijo con pesaroso acento al de los fierros-. Veo que sufre usted los terribles efectos de la poliomielitis. Sírvase aceptar este pequeño óbolo para que se ayude en su necesidad.

Lejos de agradecer la generosa dádiva le respondió el hombre, hosco y muy rudo:

-No se haga usted pendejo. Vengo a cortarle la luz.

Los fierros que el moroso deudor creyó aparatos para la polio eran en realidad el arnés con picos que se ponían antes en las piernas los electricistas para subir a los postes. Bendito sea Dios; lo que es la inocencia de la gente caritativa.

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