Presente lo tengo yo

Dos viñetas de ayer. Muy de ayer

Armando Fuentes Aguirre ’Catón’

Dos viñetas de ayer. Muy de ayer

Periodismo

Junio 30, 2020 17:41 hrs.
Periodismo Nacional › México Coahuila
Armando Fuentes Aguirre ’Catón’ › guerrerohabla.com


- I -

Era el gobernador Gustavo Espinosa Mireles, un hombre de singular ingenio. De ese ingenio trata la anécdota que ahora voy a narrar.

Había llegado el tiempo de elegir diputados al Congreso del Estado. Concurrieron a la elección candidatos de dos partidos, uno el oficial, apoyado por el gobernador Espinosa Mireles, y el otro el de la oposición. Los candidatos oficiales participaban con el distintivo rojo; los oposicionistas con el verde.

Las elecciones se efectuaron y ganaron algunos candidatos ’rojos’ y otros ’verdes’. Un colaborador cercano de Espinosa Mireles le mostró su preocupación.

-¿Qué haremos, licenciado, con los diputados contrarios a nosotros que entraron al Congreso?

Espinosa Mireles no compartía esa preocupación. Conocía muy bien la naturaleza humana, y sabía que cuando conocen las mieles del presupuesto, el tibio acogimiento de la nómina, la tranquilizadora seguridad que dan el día 15 y el día último, con frecuencia hasta los más acérrimos oposicionistas, hasta los luchadores más intransigentes se amansan y dulcifican, se vuelven dóciles y se olvidan de sus pasados arrebatos. Conservador, he dicho antes, es aquél que tiene algo qué conservar. Así, dijo Espinosa Mireles con socarrona sonrisa:

-No se preocupe usted, mi amigo. A esos señores diputados les pasará lo que a los chiles verdes, que con el tiempo se ponen colorados.

- II -

-De aquí p’allá el general Santiago Ramírez. ¿Quién de allá p’aca?

De ese modo contestaba el teléfono el que fue gobernador de Coahuila en tiempos la Revolución.

Así como se lo dieron, los azares de la lucha civil le quitaron a Santiago Ramírez ese cargo. Y, más aún, le quitaron también la vida. Cayó en manos de los carrancistas y juzgado con consejo sumarísimo de guerra fue condenado a ser fusilado en el panteón. Tranquilamente afrontó sus últimos instantes. Con actitud altiva fue por las calles, escuchado sin inmutarse los gritos de la turba, que lo denostaba por crueldades que había cometido. En la esquina de las actuales calzadas Emilio Carranza y Madero pidió que le dieran un jarro de pulque, y lo fue bebiendo a pequeños sorbos en el camino al cementerio. Ya frente al paredón dictó a los periodistas sus últimas palabras, pronunció un pequeño discurso ante la multitud que asistía a su fusilamenteo y luego dirigió por sí mismosu ejecución.

Cuando gritó la palabra ’¡Fuego!’ sonreía.


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