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Armando Fuentes Aguirre


El árbol de Navidad

El árbol de Navidad


Diciembre 01, 2019 18:03 hrs.
Periodismo Nacional › México Ciudad de México
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Primer día de diciembre… Los pinos navideños que se venden en las tiendas de autoservicio me han traído un recuerdo.

Esperábamos a que el reloj de Catedral sonara a las 9 de la noche, y salíamos sigilosamente de la casa. Íbamos uno atrás del otro, pegaditos a la pared para que no nos vieran. Primero mi mamá, mi hermano Jorge luego, en seguida yo, y cerraba la procesión mi padre.
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De la calle de General Cepeda, donde estaba nuestra casa, tomábamos por la calle de Escobedo y llegábamos a una casa que estaba llegando ya a la de Acuña. Mi padre daba tres toquecitos leves en la puerta: dos primero y el tercero después de una pausa. Era una contraseña. Se entreabría la puerta y susurraba alguien:

-Diga.

-Me manda el jefe –respondía también en voz baja mi papá–.

Aquello era otra contraseña. Se abría la puerta y entrábamos en una habitación a oscuras. El hombre que había abierto encendía un foco que apenas conseguía disipar las sombras. Entonces veíamos los pinos, cuya fragancia ya habíamos aspirado con el corazón saliéndosenos del pecho.

Los pinos de Navidad... Eran artículo prohibido en el Saltillo de los años cuarenta del pasado siglo. Y sin embargo en ninguna casa faltaba el pino. Todos se traían de contrabando, de la Sierra de Arteaga, y se vendían clandestinamente. No eran en verdad pinos, sino más bien ramas de pino. Su precio era elevado. ’Es por si me meten al bote –decía el vendedor–, para poder salir’.

Buscábamos la rama que más pareciera pino, pues había algunas sin forma. El hombre ayudaba a hacer la selección y sugería la manera de hacer que aquella rama pareciera pino: ’Si le cortan esta parte y le amarran con un cordón esta otra...’.

Hecha la fatigosa selección se ajustaba el precio después de un regateo que no duraba mucho, pues el hombre se conducía con prepotencia, cual si estuviera haciendo un gran favor. Apagaba la luz; se asomaba a ver –o fingía ver– si no había nadie, y nos decía que ya podíamos salir.

Previamente mis padres habían envuelto el pino –la rama de pino– en una cobija que habían llevado para tal propósito. Volvíamos a casa apresuradamente. Mi padre cargaba aquel tesoro como si fuera un niño que se hubiera dormido en el camino. Cuando llegábamos sonaban ya las 10 en el reloj. Desenvolvíamos el precioso atado y contemplábamos aquella maravilla. ¡Nuestro pino de Navidad! Percibo todavía su perfume a bosque, y siento la nostalgia de aquella rama sin forma que por arte materno se convertía en un glorioso árbol navideño. ’¿Dónde lo consiguieron?’ –preguntaban las vecinas, envidiosas–. ’No sé –respondía mi mamá–. Lo trajo Mariano quién sabe de dónde’. Y yo sentía el misterioso placer del secreto guardado con mentira. De la mentira guardada con secreto.

Mi esposa y yo ya no ponemos un pino natural. Su fragancia es para mí maravillosa, pues me vuelve a los días de la niñez, pero luego, pasada la Navidad, la más triste visión es la del arbolito opaco y seco tirado afuera para que se lo lleven los de la basura o echado en un lote baldío. Hoy los árboles navideños llegan de Estados Unidos y de Canadá. Huelen hermoso, pero no como aquéllos de los pasados tiempos. Muchas cosas quizá sean iguales, y aun mejores, que las de los pasados tiempos. Pero los arbolitos navideños de hoy, con todo y la perfección de lo extranjero, no se comparan con aquellos imprecisos arbolitos adquirido en la noche y llevados a ocultas por la calle cubiertos con una cobija, como niño que se hubiera dormido en el camino.

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