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En las Nubes

Carlos Ravelo Galindo


   Hércules (uno de dos)

Hércules (uno de dos)


Abril 11, 2018 22:05 hrs.
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Plagado de las virtudes y los heroísmos de un héroe sin par en la literatura griega y romana, Hércules, su nombre, persiste hasta la actualidad. Es ejemplo para muchos atletas, ya que sin importar si son profesionales o no, sólo necesitan el deseo de tener el valor y la fuerza física que puedan ser similares, aunque no iguales, a los del héroe legendario de la antigüedad. La de los doce trabajos de Hércules es una de las leyendas más bellas de la antigüedad clásica. Antes de pasar a relatarlos es prudente mencionar algunos datos que proporcionen alguna información acerca de su persona. Y con el auxilio cultural del traumatólogo y escritor don Fernando Calderón Ramírez de Aguilar, los obtuvimos. Hércules (Heracles en la mitología griega) fue hijo de Zeus, padre de los dioses y los hombres, y de Alcmena, nieta de Perseo a la que Hera, la esposa de Zeus no veía con buenos ojos. Al no creer seguro el palacio a causa de la madre de los dioses, al nacer Hércules se le depositó en un lugar que se llamaría el campo de Hércules. El niño habría perecido irremisiblemente si no hubiera pasado por ahí la misma Hera en compañía de Atenea. Ésta quedó pasmada ante la hermosa figura del recién nacido y, compadeciéndose de él, le rogó a Hera que le diera su divino pecho. El niño succionó el pezón con fuerza. Adolorida Hera lo botó al suelo con furia y gran enojo. Atenea se apiadó de él y lo recogió. Lo llevó a la ciudad vecina y se lo entregó a Alcmena le dijo que era un niño expósito. Rogándole que lo criase. Así fue como la madre recuperó al hijo que se salvó de morir. Hércules no había chupado del divino pezón más que dos veces, sin embargo, esas cuantas gotas bastaron para infundirle la inmortalidad. Al saber a quién le había dado su pecho, Hera mandó dos horribles y voraces serpientes con la misión de matar al niño. Sin que nadie se diera cuenta, los reptiles se deslizaron por las puertas del dormitorio de Alcmena. Subieron a la cuna y se enrollaron en el cuello del infante. Este al sentir la presión de ese extraño collar dio entonces la primera muestra de su divina fuerza ya que tomó a cada una de las serpientes y las ahogó de un solo apretón. Alcmena, que había casado con el rey Anfitrión, pidió auxilio. Al ver la fuerza de aquella criatura, el rey llamó a Tiresias, profeta del excelso Zeus, quién predijo el futuro del niño. Auguró a cuantos engendros del mar aniquilaría, como entablaría combate con los gigantes y los vencería, y como al fin de su fatigosa existencia terrenal le aguardaba la vida eterna al lado de los dioses y que Hebe, la eterna juventud, sería su celestial esposa. Al conocer el futuro de la criatura, Anfitrión llamó a todos los héroes conocidos para que lo educaran e instruyeran. Su mismo padrastro le enseñó el arte de gobernar un carro. Tender el arco y disparar flechas con acierto se lo enseño Eurito. La lucha y el pugilato corrieron a cargo de Harpálico. Comolco cuidaba del canto y del manejo armónico de la lira. Cástor, vástago de Zeus, le enseñó a pelear en campo abierto de manera ordenada y con pesada armadura, y Lino, el iracundo anciano hijo de Apolo, le ilustró en la ciencia de la lectura y la escritura. Lino lo agredió, Hércules lo mató. Fue a juicio y exonerado por el famoso y probo juez Radamanto quien sentó la jurisprudencia de que no procede la venganza de sangre cuando una muerte es consecuencia de la propia defensa. Las primeras hazañas de Hércules ocurrieron en razón de que eligió seguir el camino de la virtud. Grecia cubierta por densas selvas con feroces leones, devastadores jabalíes y otros muchos monstruos. A Hércules le estaba reservada la misión de limpiar el país de todas esas alimañas. Vuelto al lado de los suyos, se enteró que un león causaba grandes estragos. Hércules subió al monte y en descomunal batalla mató a la fiera y después de desollarla se puso su piel sobre los hombros y la mandíbula sobre la cabeza a manera de casco (esta representación es la que algunas veces observamos cuando se quiere describir la figura de Hércules). Recibió a los heraldos de Ergino, rey de minios, encargados de percibir de los tebanos un tributo anual que era afrentoso e injusto. Hércules pronto terminó con esos emisarios que habían cometido toda clase de abusos. Mutilados y atados del cuello por cuerdas los envió de nuevo a su amo. Ergino exigió la entrega del héroe a Creonte, rey de los tebanos, pero Hércules persuadió a varios jóvenes a levantarse y escuchó la voz de Atenea que lo llamaba a su templo. Los pertrechó con sus propias armas que colgaban en dicho santuario. Se dirigieron a un desfiladero a esperar a los minios que ya estaban cerca. A pesar de su superioridad fueron aniquilados y el rey Ergino murió en el combate al igual que el rey Anfitrión, padrastro de Hércules. Terminada la batalla nuestro héroe se dirigió a Orcomeno, capital de los nimios, forzó sus puertas, entró y destruyo el palacio del rey. Toda Grecia quedó admirada y el rey Creonte le dio en matrimonio a su hija Mégara, de la cual el héroe tuvo tres hijos. Su madre Alcmena volvió a casar con el juez Radamanto. Los mismos dioses obsequiaron al victorioso semidiós: Hermes le dio una espada, Apolo flechas, Hefesto un carcaj de oro y Atenea una magnifica cota nueva. Pronto el héroe encontró la ocasión de agradecer a los dioses las distinciones de los cobardes. Euristeo, que por envidia y malas maniobras de Hera nació antes que Hércules, llamó a éste para encargarle diversos trabajos, doce en total, ya que era su súbdito. Inconforme, Hércules se sumió en una profunda melancolía, servir a un inferior repugnaba al sentimiento de su propio valer. Al consultar al oráculo de Delfos obtuvo la siguiente respuesta: la supremacía de Euristeo se menguaría por mandato de los dioses si ejecutaba los trabajos que se le asignarían y, una vez realizados, participaría de la inmortalidad. La terrible enfermedad del ánimo lo transformó a tal grado que cayó en la locura, empezó a disparar su arco creyendo que disparaba contra los gigantes y así mato a sus propios hijos habidos de Mégara. Le costó mucho trabajo la recuperación de aquella enajenación, la cual, al mitigarse, le llevó a aceptar los trabajos. craveloygalindo@gmail.com

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