LA CUENCA LECHERA DE TEXCOCO (3) - Orientada Mexiquense (Lecherías) - Texcoco - todotexcoco.com


Antonio Huerta Paniagua. | Divergencias Informativa

Orientada Mexiquense (Lecherías)

Antonio Huerta Paniagua.


LA CUENCA LECHERA DE TEXCOCO (3)

LA CUENCA LECHERA DE TEXCOCO (3)


Mayo 03, 2021 16:46 hrs.
Ganadería Estados › México Estado de México
Antonio Huerta Paniagua. › Divergencias Informativa

Diferentes Formas de Ver la Vida y las Oportunidades

Adicional a lo anterior, en esos años había varios grupos socioculturales en Texcoco, que a la fecha dejan ver sus características propias: 1. Los indígenas de las Comunidades de la Montaña (San Jerónimo Amanalco, Santa Catarina del Monte, Santa María Tecuanulco, San Pablo Ixayoc) y de otros pueblos aledaños a la ciudad de Texcoco; y 2. La población de la ciudad de Texcoco, que se dividía a su vez en pobladores de origen mestizo, que eran la gran mayoría; y la colonia española, la cual estaba también dividida en: españoles iberos recién llegados, y los criollos, esto es, primera o segunda generación e incluso descendientes de españoles que habían llegado de Europa a México en la época de La Colonia.

Utilizo en esta división los términos ’indígena’, ’mestizo’, ’ibero’ y ’criollo’, no de manera racista ni mucho menos peyorativa, sino para que queden bien claras las diferentes sociedades que había en Texcoco, y porque en esos tiempos ellos mismos así se diferenciaban; además, cada grupo tenían una cultura, una cosmovisión e idiosincrasia diferentes, que aún se aprecian.

Adicionalmente, dentro de cada grupo social había diferentes niveles sociopolíticos y económicos; y todos interrelacionaban de diferentes formas entre sí, lo cual hacía que en la región de Texcoco la composición y tejido social de la población fueran complejos. Un análisis más detallado de este fenómeno social merecería otro espacio. Por ahora no es el tema. Sólo se sugerirán sus repercusiones en la actividad ganadera local.

En cuanto a las explotaciones pecuarias, narran los mismos cronistas y descendientes de aquellos rancheros –y esto es muy importante– que:

’A finales de la década de los años veinte y principios de los treinta, en casi todos los pueblitos de Texcoco había un ranchito o establo de no más de 20 a 25 vaquitas, pero la mayoría de los que se encontraban en esos pueblos nada más tenían unas cinco o diez vacas, y no pasaban sus ranchitos de ese tamaño.

Quien ya tenía unas 25 vacas era mucho. Esos rancheros no tenían una visión empresarial, sus instalaciones eran muy rústicas. Vendían la leche localmente, ya sea rancheando o en algunas tiendas locales. También vendían crema, algunos quesos frescos y mantequilla envuelta en hojas de maíz, como tamal.

Otros rancheros, que no tenían entregos comprometidos, vendían su leche en el centro de la ciudad, en la esquina de las calles que ahora son Juárez Sur y Nezahualcóyotl. Ahí está todavía una piedra, es una mojonera, que le decían La Lechera porque esos rancheros ahí colocaban sus botes de leche y la gente llegaba a comprarles.’

El caso de la adquisición y ampliación del Rancho El Rosario ejemplifica parte de esas diferentes formas de ver oportunidades y de afrontar la vida entre los españoles y los mexicanos (texcocanos en este caso): En 1929 arribó a México, procedente de León, provincia de Castilla, España, Máximo Morán, quien llegó a trabajar a la tienda de un tío que estaba en la ciudad de México, en las calles de Allende y Libertad. En esa tienda vendían, entre otras mercancías, leche.

Poco después llegaron sus hermanos Amador y Ricardo. Y Amador también se integró al negocio de las tiendas. Relata Don Manuel Morán Fong, hijo del difunto Amador Morán:

’Mi padre me contaba que el trabajo en las tiendas era absorbente, agotador y realmente poco redituable. En aquellos años, la sal se vendía en las tiendas en sobrecitos de un gramo y costaba un centavo el paquetito. Una noche de insomnio –contaba Don Amador– me puse a llenar sobrecitos de sal y a la mañana siguiente conté cuántos sobres había hecho y sorprendido vi que eran 300, esto es, solamente tres pesos. Y reflexionando me dije: ’toda una noche de trabajo por tres pesos. ¡No! Esto no es negocio.’

Así que tanto Máximo como Amador empezaron a pensar en dedicarse a otra cosa; y como en esa tienda también vendían leche, se preguntaron que por qué no vender su propia leche.

Por esos años, Amador tenía un amigo, el Señor Roque Alonso, que se dedicaba a la compra de leche en los ranchos que ya existían en Texcoco, Coapa y Azcapotzalco, así como a su venta en la ciudad de México. Y platicándoles sobre Texcoco les dijo que ahí había tierras fértiles buenas para la agricultura, agua en abundancia y que el lugar estaba cerca de la ciudad de México. Así que los hermanos Moran empezaron a venir por estas tierras y finalmente aquí se establecieron.

El primer rancho que compraron los hermanos Morán en la zona de Texcoco fue El Retiro, el cual con el tiempo finalmente vendieron por incosteable. Y el segundo, fue El Rosario. Éste, se lo compraron a los señores Basiliso Romero y su esposa Ángela Sánchez. Máximo y Amador conservaron el nombre del rancho, el cual para 1938 tenía ya 20 hectáreas.

Poco después, con la finalidad de modernizar e incrementar la producción de leche y ampliar sus mercados en la ciudad de México y otras ciudades, le compraron diez hectáreas al Señor Julián Cerón y cinco a una persona de apellido Terrazas, así como otras más para que finalmente quedara la propiedad con una extensión de 42 hectáreas. Además, luego compraron otros ranchos y rentaron tierras para llegar a administrar hasta 60 hectáreas en la región dedicadas éstas a la producción de forraje y leche.

En contraste, en cuanto a la gran mayoría de los ’ranchitos’ de las comunidades locales propiedad de mexicanos, continuaron con las extensiones de tierras que originalmente se les había dotado (si es que no las vendían), así como con las pocas cabezas de ganado lechero que tradicionalmente poseían, de cinco a 25 más o menos; y con un sistema de producción rústico o de traspatio y un mercado local para sus productos.

Y aquí me permitiré intercalar una anécdota personal que considero ejemplifica en parte, ese sistema de producción y comercialización de la leche de los pequeños productores:

’Cursando la primaria en el Centro Escolar Netzahualcóyotl, hicimos mi hermano Rubén y yo amistad con unos niños cuyo padre, el Señor Sacramento Bustamante, era charro y se dedicaba a la venta de leche rancheándola; en otras palabras, vendía leche bronca por litro de casa en casa que le compraba a pequeños productores. Mi amigo en lo particular era Raúl Bustamante, cariñosamente ’El Banano’ (QEPD). Y fue tal la amistad de mis padres con los de Raúl que se hicieron compadres. Con frecuencia nos invitaban a comidas y otras fiestas familiares.’

’Ya en esos años, por las tardes, los hijos mayores de Don Sacramento: Alberto, Raúl, Guillermo y Sacramento, lo acompañaban para repartir la leche; y mi hermano y yo los acompañábamos. Tendríamos entonces todos los escuincles entre once y trece años de edad. Primero, nos limitábamos a ver como llegaba Don Sacramento por la leche a esos ranchitos de pueblo, Donde ya le tenían lista la leche dentro de los típicos botes lecheros de lámina galvanizada.

Yo veía cómo Don Sacramento anotaba los litros y los pagos en una libretita y luego subía los botes a su automóvil, un carro muy viejo como de la década de los cincuenta. Y de ahí a repartir la leche en diferentes domicilios de la ciudad de Texcoco y de otras comunidades. Luego, nos integramos a la repartición y venta de la leche. Ya por la noche, uno de los últimos lugares en donde el Señor Sacramento vendía la leche era el Pueblo Cooperativo, y como en ese entonces ahí vivíamos, pues nos bajábamos de su auto y ya ahí nos quedábamos para al otro día ir nuevamente a la escuela.’

’Recuerdo muy bien uno de esos ranchitos, estaba en la comunidad de La Resurrección (localmente ’La Francia’). Y efectivamente, no eran más de una docena de vacas, todas llenas de estiércol y moscas por todos lados. Una vez invitaron a Don Sacramento a una comida en ese lugar, y ahí iba yo acompañando a Raúl.

Y jugando entre el corral de las vacas y unos tejados, me ’encontré’ una bayoneta vieja y oxidada tirada entre los fierros, el lodo y el estiércol. Yo me quería llevar esa bayoneta a mi casa, pero el dueño del ranchito me la quitó. En esa ocasión no me expliqué qué hacía una bayoneta tan vieja en ese lugar. Años después sabría que, en esa zona, en 1867, se llevó a cabo la batalla decisiva que determinó la caída del Segundo Imperio, el de Maximiliano de Habsburgo. Pero bueno, esa es otra historia.’

Volviendo al tema. No todos los futuros ganaderos de esta cuenca lechera provenían de España, tampoco la totalidad eran españoles iberos, había algunos que ya eran mexicanos, pero descendían de españoles (eran criollos pues). Además, arribaron a Texcoco personas de otros países como Canadá y Alemania.

Algunos españoles vinieron de la ciudad de México, de Coapa y de Azcapotzalco. Y es que desde la década de los años veinte del siglo pasado ya había en esas partes del Distrito Federal algunos ranchos productores de leche; y en esos años, como eran las afueras de la ciudad no había problemas con los citadinos.

Pero la población de la capital empezó a incrementarse y a crecer la mancha urbana, de tal suerte que para la década de los treinta y principio de los cuarenta, la permanencia de los ranchos en esas áreas empezó a ser problemática. Entonces, buscando lugares fuera de la ciudad de México, pero cercanos a ésta para establecer sus ranchos y seguir conservando sus mercados, los españoles que estaban ya establecidos en Texcoco les informaron que aquí había tierras disponibles de buena calidad, agua en abundancia y gente dispuesta a vender o rentar sus propiedades.

Así que algunos rancheros españoles de esas partes del Distrito Federal llegaron a la región de Texcoco. Otra de las partes de donde arribaron españoles a Texcoco, la mayoría incluso, fue Cuautitlán, Estado de México, y tal vez por las mismas causas.

Es oportuno señalar que en esos tiempos Texcoco era una especie de foco de atracción de oportunidades económica (de negocios), y muchos extranjeros, principalmente españoles o sus descendientes, arribaron a esta ciudad para establecer mueblerías, refaccionarias, zapaterías, tiendas de abarrotes, panaderías, restaurantes, cafeterías, cantinas y otros giros, incluso baños de vapor. Todos ellos le imprimieron a Texcoco un gran dinamismo económico. Y los españoles que así llegaron, junto con los ganaderos, conformarían la colonia española de Texcoco.

Es importante destacar también que entre los españoles se ayudaban mucho, aun no siendo familiares, bastaba con que fueran paisanos, esto es, españoles iberos o descendientes de españoles. De esta forma fue que los rancheros que ya radicaban en Texcoco y se encontraban en buenas condiciones financieras llamaban a los que se encontraban –digamos– fuera, incluso en España, y con cierta problemática económica para que vinieran y se integraran al trabajo en algún rancho, ya sea como empleados o administradores.

También se ayudaban entre sí para adquirir tierras y ampliar sus propiedades o establecer nuevos ranchos o comercios. Además, compartían entre ellos conocimientos y técnicas pecuarias. Y curioso, algunos recién llegados, hasta se casaron con las hijas de dueños de ranchos.

En cambio, entre los pequeños rancheros mexicanos (rancheros texcocanos) de las diferentes comunidades, no había (ni existe aún) esa costumbre de ayudarse mutuamente; más bien, competían deslealmente unos contra otros.

Aquí me permitiré incluir dos anécdotas más, las cuales, si bien no tienen que ver directamente con la producción lechera, considero que ejemplifican muy bien esa peculiar forma de pensar y ser de los habitantes de las comunidades rurales. Va la primera:

’Durante los años de 1999 y 2000, cuando realizaba mi tesis de maestría en ciencias en el Colegio de Postgraduados, sobre el cultivo del crisantemo en la zona de Texcoco, ubiqué a varios informantes clave en diferentes poblaciones rurales que me proporcionaban información acerca de las formas particulares de cultivar esa ornamental en sus localidades; además, ellos me permitían contactar con otros productores de sus mismas comunidades.’

’En el poblado de Tequexquinahuac, a través de mi informante logré contactar con varios floricultores del mismo pueblo, porque era importante saber qué agroquímicos utilizaban en sus invernaderos. Y me topé con una negativa generalizada; nadie me quería decir qué insecticidas usaban, qué fungicidas, contra qué plagas los aplicaban, dosis, ¡nada!

Y platicando con mi infórmate al respecto me dijo: ’Es que aquí nadie quiere decir sus secretos, nadie quiere que su vecino sepa qué usa para matar los bichos. Cada quien tiene sus propias fórmulas y no se las pasan. Menos le van a decir a usted. Si ven que el invernadero de un vecino está plagado y saben cómo matar a esos bichos, no le dicen al vecino qué hacer o qué aplicar. Aquí así son casi todos, somos pocos los que sí nos compartimos lo que sabemos’.

’Así que tuve que preguntar por otro lado. En Texcoco había muy pocas casas comercializadoras de agroquímicos. Fui a la más grande, le conté al dueño la situación y me dijo: ’Ah qué indios. No te preocupes, mira, los floricultores de Tequexquinahuac me compran tales y tales productos y los usas para ésta y aquellas plagas, a las dosis de equis mililitros por cada litro de agua, etcétera, etcétera’. Me dio todos los pormenores.’

’Ahí iba yo a dar por concluida esa parte de mi investigación en esa comunidad; pero un político de ese mismo pueblo que en esos años trabajaba en el Ayuntamiento de Texcoco, me contactó y me dijo que algunos floricultores le habían manifestado que no estaban muy convencidos de mi trabajo y que de plano desconfiaban; por lo que le dije que la información ya la tenía, que no se preocupara, que ya no iría a su pueblo. Y entonces me pidió de favor que de todos modos me presentara en una reunión de floricultores para que a todos les platicara lo que yo estaba haciendo e investigando. Me percaté en la plática con él de que los floricultores, sus propios vecinos, lo habían presionado porque me insistía en presentarme. Y pues bueno, acepté y fijamos el lugar, la fecha y la hora.’

’Por lo tanto, preparé los avances de la tesis con información sobre aspectos botánicos del cultivo y otras cosas; pero, sobre todo, con la información del uso de agroquímicos en los invernaderos, esto es, su supuesto ’gran secreto’. Además, aproveché para aplicarles un cuestionador muy necesarios para poder incluir cuadros en la tesis.’

’Y todo me salió como lo planeé. Empecé hablándoles del origen del crisantemo, su introducción a México y demás. Y sin más preámbulos les empecé a describir el uso de agroquímicos en su comunidad: insecticidas, fungicidas, plagas específicas, enfermedades fungosas y bacterianas, dosis, mezcal, y pormenores: ’Aquí en Tequexquinahuac ustedes usan estos y aquellos insecticidas y fungicidas, contra tales y cuales plagas o enfermedades, a las dosis éstas y los aplican de esta forma, cada equis días…’. Ahí acabé con sus ’secretos’.

Bien me di cuenta que muchos floricultores pelaron los ojos y aproveché de inmediato para repartir el cuestionario a fin de que me lo contestaran, cosa que así ocurrió, porque con anterioridad ya había personalmente intentado aplicarlo y tampoco aceptaban contestarlo. De todos modos, algunos floricultores me entregaron el cuestionario en blanco.’

Va ahora la segunda anécdota:

’Después de haber concluido el doctorado en el mismo Colegio de Postgraduados, en el 2005 ingresé a laborar a la Oficina de Inspección de Sanidad Agropecuaria en la Aduana del Aeropuerto Internacional de la Ciudad de México. Ahí conocí al Ingeniero Alejandrino Juárez Coyote, originario de Tepalcingo, Morelos, también una comunidad rural.’

’Alejandrino tuvo la oportunidad de salir de su pueblo, estudiar en Chapingo, ampliar sus conocimientos agronómicos, conocer nuevos cultivos, técnicas de producción, etcétera. Y esos conocimientos se los transmitía a su padre, Don Merced (QEPD), quien era agricultor.

Esos conocimientos le permitieron a Don Merced ser más eficiente e incrementar la producción de los cultivos que tradicionalmente en Tepalcingo se sembraban, así como diversificarse e introducir nuevas espacies vegetales en la localidad. Estas innovaciones desde luego que se vieron reflejaban en beneficios económicos.

Y al respecto, Alejandrino me contaba que ante la prosperidad de su padre los demás agricultores del pueblo (sus paisanos) se reunían para comentar sus logros, pero era para preguntarse: ’¿Qué hacemos, Merced ya nos está ganando?’

’En esa ocasión sólo hice una expresión de asombro y desaprobación, y le externé: ¡Híjole! Al tiempo que movía la cabeza negativamente. Y Alejandrino sólo me dijo: ¿Cómo la ve Doctor?’

Creo que no hace falta extender ni comentar más esta segunda anécdota.

Continuará parte 4

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