La OSEM, Rodrigo Macías y Fernando de la Mora, maravillosa pomada musical


Es Septiembre patrio, septiembre de música y canto al mediodía dominical. Espectacular concierto han ofrecido en el CCMB. Cientos de ciudadanos X del oriente mexiquense en apoteósico ritual, como sentir la brisa marina.



Septiembre 10, 2018 15:08 hrs.
Cultura Estados › México Estado de México
Alex Sanciprián › todotexcoco.com

Texcoco, Edomex.- Por la mañana, durante el café primero, el activador, decidí asumir la condición de ciudadano X y entonces asistir al concierto de la Orquesta Sinfónica del Estado de México (OSEM), en esta su nueva era bajo la conducción del talentoso joven Rodrigo Macías. El invitado especial: Fernando de la Mora.

Ir al Centro Cultural Mexiquense Bicentenario (CCMB) sin la estafeta de periodista, sin credencial, sin chaleco con la leyenda de ’Prensa’ en la espalda, ni cámara, como ostentoso disfraz de pertenecer a determinado medio de comunicación. En realidad evito dar molestias al personal de Prensa y/o Relaciones Públicas del CCMB lo más que se pueda.

Así las cosas, en proporción directa a los modos definitivamente variables y complicados (por la manera de tratar a la gente como si fuéramos ligeramente salvajes y frenéticos seres ávidos de comer tortas y fritangas todo el tiempo, que no sabe comportarse en un teatro, que hay que llevarlos a las butacas luego de un ’pastoreo’ estilo entrada al Metro) tal cual hasta ahora aplican las autoridades del recinto cultural, me impuse el objetivo de llegar dos horas antes, hacer fila ( favorita condición de quienes giran órdenes ) y aguardar, serenamente, la hora en que permiten el acceso a la Sala Principal del CCMB.

La hora del concierto estaba programada a las 12.30 horas. Llegué a la entrada del recinto cultural a las 10.14 horas. Sentadas en las escalinatas había ya alrededor de 37 personas. Caminé al final de la línea, y un poco antes encontré a mi amigo Daniel Allende.

Sostenía una sombrilla negra y miraba la continuidad de la mañana como si estuviese sentado en la playa, a la escucha de las olas, en el disfrute de la brisa, en la grata compañía de otras personas que como él, como yo, buscamos el disfrute de la música en vivo y el canto de seres prodigiosos por su natural oficio de compartir emociones, como si fueran olas y brisa marina en la línea del horizonte.

Como ocurre cuando te encuentras con una amistad y tienes tiempo suficiente para ir más allá del saludo convencional, hablamos del clima, de conocidos mutuos, de política, de la vida y obra que ocurre en Chapingo, de la trama y futuro inmediato del nuevo aeropuerto, de viajes, de la necesaria construcción de un teatro a la altura de la importancia económica, política y social de Texcoco, de la conveniencia de empatar criterios estatales y municipales en materia cultural, de cómo y por qué desde que se inauguró el CCMB sigue bajo la tutela estricta de funcionarios toluqueños que imponen parte de la programación, que escamotean el presupuesto, que no autorizan o en su caso dosifican publicidad a los medios de comunicación del oriente mexiquense y entonces, hasta ahora, buena parte de los ofrecimientos y potencial cultural del CCMB sigue a medio tren. Es decir, hablamos de casi todo y rotundamente de nada que no se intuya y conozca por más de cinco ciudadanos X.

En el medio de la charla el tiempo se convierte en espuma. Un joven guardia camina por la fila y repite su autoritario pregón: ’En unos minutos van a tener acceso. No se permite ingresar con alimentos, ni bebidas. No se permite tomar fotos al interior de la sala. Apaguen de una vez sus celulares. No se permite el ingreso con bolsas. Pasen a paquetería. No se permite el acceso a menores de 8 años. No utilicen el celular en el interior de la sala. No utilicen el programa como abanico’.

Por fin ingresamos. Luego, lindas edecanes reparten programas. Con sonrisas inducen a las personas a sentarse donde ellas indican. Nada de ocupar un sitio al gusto. Nada de rebasar la frontera de las imposiciones. La mayoría oye o cree escuchar una voz todopoderosa que repite: ’Estás aquí y de gratis. Obedece instrucciones. La cultura cuesta, a ti no. Agradece’.

Y a las 12.30 horas inicia el magno concierto de la OSEM. En la batuta, Rodrigo Macías. A la voz principal, el tenor Fernando de la Mora.

Septiembre patrio, septiembre de música y canto al mediodía dominical.

Nadie sabía el tamaño de la jornada sentimental, de emoción compartida. El programa marca el inicio con una clásica: el Huapango, de Moncayo.

Y al culminar esa emblemática pieza de identidad nacional, aparece en el escenario un Fernando de la Mora, como marqués. Porta un elegante frac. No pocas féminas le miran con cierto brillo en sus ojos y algunas le lanzan besos con desparpajo. Entona con brío el desarrollo de otra melodía de dificultosa interpretación: Granada, de Agustín Lara. Y poco a poco se encadenan más canciones de suyo ardorosas por románticas en sus letras, pertenecientes al género del bolero.
Antes de cantar ’Mucho corazón’, Fernando de la Mora explica la esencia de esa pieza cuya autora es Ema Elena Valdelamar. Una interpretación que destila pasión y enjundia, con brillo de oro molido.

Y vienen más boleros, y en determinado momento un paréntesis de más música mexicana donde la OSEM muestra su estilo y fuerza al ejecutar el Danzón No. 2, de Arturo Márquez.

Y acto seguido entra el Grupo Tlen Huicani a ejecutar variados sones jarochos.

Para entonces ya habían pasado las sorpresas con las actuaciones de la soprano Karen Gardeazabal y del Coro Polifónico del Estado de México, con la dirección de Manuel Flores Palacios.

Después, hubo una inmersión musical a la educación sentimental (básica) de la mayoría. Se echó mano de un popurrí de reconocibles canciones de compositores como Juanga, El Bucky, y Joan Sebastian.

Las imposiciones del comportamiento colectivo dentro de la sala menguaron. La actitud del público se relajó luego de que hiciera su espectacular aparición un mariachi de quince elementos. Algunas personas empezaron a sacar sus celulares y a tomar video o fotos. Las edecanes, como asistentes de guardería, a controlar. No hubo intermedio. Y no pocos asistentes comenzaron a moverse, discretamente, en ruta al W.C.

Después de dos horas y media de concierto, con el mariachi Gama 1000, los soneros jarochos, el coro, los integrantes de la OSEM, Fernando de la Mora y Rodrigo Macías, en espectacular mancuerna dieron pie para desencadenar un apoteósico final. La gente feliz de vivir, estar, sentir, corear, bailar ese lujo musical.

Los últimos 14 minutos del concierto el público asistente respiró el sabor de la libertad: iban y regresaban del baño, se comentaban detalles entre sí, cantaban, bailaban, hacían fotos y videos.

Un poco más de 1497 personas como yo, ciudadanos X del oriente mexiquense, disfrutamos de la pomada musical de la OSEM, del canto impetuoso de Fernando de la Mora, y de la dirección sinfónica del polifacético texcocano Rodrigo Macías.

Eran las 15.28 horas. Prácticamente, tres horas de actuación. Las edecanes y los guardias se miraban en plena relajación. Sonrientes, el público asistente desalojaba la sala, con la ley del decoro en el caminar, y el orden de rostros libres, satisfechos, resanados con aquella pomada musical.

Se me extravió Daniel a la salida. Pronto nos encontraremos, sin buscarnos, para conversar y celebrar con algo más que café el rito de seguir vivos, de ser mexiquenses, ciudadanos X protagonistas de esa maravillosa experiencia, de ese lujoso espectáculo del amor al canto y a la música.

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