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La Venus de los perversos. Capítulo XXV Entre el deber y el amor


Pelea entre mis propios demonios

La Venus de los perversos. Capítulo XXV
Entre el deber y el amor

Febrero 24, 2022 16:15 hrs.
Literatura Internacional › México
Magda Bello. Premio Internacional de Poesía Rubén Darío 2018 › Líderes Políticos

La Venus de los perversos
Capítulo XXV

Entre el deber y el amor

Pelea entre mis propios demonios

Por Magda Bello

Mi madre decía que había un ser poderoso que no tenía permiso de actuar en la tierra, y que había una sola persona por la cual, sí podría intervenir, —por lo tanto hijo mío–, me exhortaba, –asegúrate cuando ayudes a alguien que sea esa persona quien el universo mandaría todo su poder en contra de aquellos que la retengan contra su voluntad.

Proteger a una clarividente y aparentar que nada ocultaba, era una prueba salomónica. Ojalá mi madre tuviese razón, y lo divino me acompañase en esta travesía, no niego que las atizadas llamas del Santo Tribunal asaltan mi sueño por las noches y que tan sólo ella, tan solo ver su andar melindroso, su cabello alborozado, y el horroroso misterio en sus ojos tristes, calman mi ansiedad.

Sus enemigos la buscaban lejos, y vivía frente a sus narices, mientras tanto yo, peleaba con mis propios demonios, entre el deber y el amor, como pintor delegado de la Curia Basilical, trabajaba desde las alturas, un antídoto para olvidar mis penas, acompasando mis euclidianas mediciones, sombreando con albores la cúpula de Pentecostés y La Ascensión, de boceto en boceto llegaba hasta donde se reunía el Santo tribunal de la inquisición para juzgar a brujas y herejes. Aquella entrada infernal envuelta con enormes losas de mármol de Proconnesio. Más allá un biombo adornado con icónicas imágenes sagradas, tras un altar de sacrificios de sangre, siempre me he preguntado, ¿pero qué clase de Dios tenemos?, si este se alimenta de sangre, todo es sangre, desde terneras, palominos, machos cabríos, hasta la inmortalidad, beben sangre, esto es inconcebible. Y es que todo lo arreglan con sangre.

Maticé con rosales el presbiterio que colinda con el ábside al altar dedicado a la Santísima, desplegando un dorado sol entre la capilla de San Isidoro y Mascoli, con vista al Palacio Ducal. Desde acá puedo ver la sombra de la niña vidente, “puerta del mar” ese lugar donde había salvado al niño esclavo, junto a su hermana. De algo me valió conocer estos recovecos. De lo contrario nadie estaría vivo.

Los días y las noches pasaron desapercibidos, pareciese tema olvidado, pero palpitaba como el corazón de un gigante en las mentes del pueblo, y de vez en cuando murmuraban que el mar devolvería a su bruja, si es qué, ésta se fue con el.

Después de rematar los lienzos de la puerta del mar y la antigua torre, culminé mi jornada por debajo del presbiterio, encontrándome con una cripta, una antigua capilla que durante siglos había sido el depositario del cuerpo de San Marcos. En realidad era un cementerio subterráneo — Aquí, encontrará de todo, menos el cuerpo del apóstol— Me dijo el guardador de las catacumbas.

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