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La Venus de los perversos. Capítulo XXVI Más allá del infernal deseo carnal


La Venus de los perversos. Capítulo XXVI
Más allá del infernal deseo carnal

Marzo 24, 2022 11:49 hrs.
Literatura Internacional › México
Magda Bello. Escritora y poeta de Masaya, Nicaragua. Premio internacional de poesía Rubén Darío 2018. › Líderes Políticos

La Venus de los perversos.
Capítulo XXVI

Más allá del infernal deseo carnal

Por: Magda Bello

’El tiempo no prescribe al olvido’ al Santo Tribunal le inquietaba el caso de la bruja de Venecia, y un avispero de gazmoños murmuraban, que si fue arrastrada por el mar adriático, que si Escila la empujó hacia sus cavernas, que si Belcebú la dotó impalpable, que si Hécate la hizo guardiana de entre mundos. Lo cierto que cada noche allanaban las casas de las viudas y El Delle Tete de las cortesanas, mientras la joven vidente contemplaba silenciosa en el cantón de su ventana.

Los indagadores veían mi entrar y mi salir de la basílica donde acostumbraba pintar. Ellos me preguntaban con señas que si todo estaba bien, y reclinaba mi cabeza hacia delante con reverencia.

De todo podían acusarme estos mentecatos, menos de ser un maldito cobarde. Y pensaba a diario enviarla a Sicilia en un buque camaronero, sacarla viva con riesgo o dejarla morir sola en esa condenada habitación. Mientras tanto yo, desde mi camastro, me tentaban los demonios, descurrir el telón y clavarle un beso. Mi percepción cambió una noche cuando vi sus manos ensangrentadas, el espanto se apoderó de mí y casi suplicante exclamé ¿Qué has hecho? ¿Porque recurres a la muerte?.

—Ella me busca donde sea, me vigila donde sea, me acecha donde sea, ¿dime cuál es la diferencia? respondía con amargura, no quiero que arriesgues tu posición de confianza ante el Clero.

—Al diablo el Clero y sus patrañas, la atraje con fuerza hacia a mí, apreté su rostro desvaído y la hice sentir que era parte mía, que si moría me arrancaría el alma, que prefería huir con ella, estaba seguro que la diosa fortuna la protegía a donde fuese.

En la noche de las fogatas durmió en mis brazos, era la primera vez que acaricié sus entrenzados mechones, más allá de mi deseo carnal, sentir su olor y quedarme con su fragancia, que no iguala al de ninguna mujer francesa. Me enamoraban sus ojos cerrados, porque cuando los abría, ella adivinaba mis ganas.

— Venimos por orden del Santo Oficio. Ábranos la puerta, de lo contrario, entraremos a la fuerza— gritaban cuando apenas despertábamos. La escondí en la bodega que daba hacia las alcantarillas, y como si asaltase un torbellino, rompieron la puerta, esculcaron armarios, aventando todo, todo lo que hallaban en su paso. Y así por el vecindario.

Después de unas semanas la búsqueda cesó y esos días que temblaban mis dedos por acariciar su piel, le rogué que posara a mi lienzo, desnuda.

Fue bajando sin reparo sus ropas, Hera envidiaría sus piernas endiosadas, sus senos como higos maduros, su rostro indescifrable. Mis manos temblaban, mi respiración se cortaba y sin descaro abría lentamente sus piernas.

—He sentido que me observas por las noches, he visto de reojo esa bestia despierta entre tus piernas, respiro tus ganas como lobo sediento— Me susurró posesa.

Por mi mente pasaba mi roto compromiso con Oletea, alistando mi conciencia de caballero, esta vez no era tan sólo poseerla, sino hacerla mi mujer. Seguro que sus demonios me incitaban babearme por ella, y aún así tomé valor ordenándole se vistiese de inmediato.

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