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Armando Fuentes Aguirre | guerrerohabla.com

Presente lo tengo yo

Armando Fuentes Aguirre


Memorias olvidadas

Memorias olvidadas


Junio 09, 2021 18:51 hrs.
Periodismo Nacional › México Coahuila
Armando Fuentes Aguirre › guerrerohabla.com

En 1900 Saltillo comenzó a contar con servicio permanente de agua y drenaje. Pobre Rosita Alvirez: su prematura muerte, acaecida ese mismo año, le impidió gozar de tan útiles servicios.

No hay nada nuevo bajo el sol: en ese remoto año escaseaba ya el agua en la ciudad. El providente alcalde, señor don Juan Cabello y Siller, hubo de rogar a don Antonio Narro que de su hacienda Buenavista cediese algunos caudales para satisfacer las necesidades de la población. De buen grado lo hizo don Antonio, que era hombre generoso, pero ni así se resolvió el problema, y de las aguas de la Fábrica de Arizpe hubieron de usarse cuatro días al mes para resolver el problema. Este don Antonio Narro es el filántropo de quien se dice, más en broma que en serio, que al dictar su última voluntad dijo al notario que quería crear una escuela de arte y cultura. El escribano, que era algo sordo, oyó ’escuela de agricultura’, y así habría nacido la que hasta la fecha, ya convertida en prestigiosa Universidad, lleva el nombre de ese gran personaje.

Y otra vez la misma historia: igual que los de ahora, los saltillenses de principios del siglo pasado usaron del agua en modo tan pródigo que la comuna se vio obligada desde entonces, para hacer más racional su uso, a poner medidores y cobrar por el uso del preciado líquido.

En 1901 empezó la construcción del edificio que se conocería después con el nombre de Hotel Coahuila. Los habitantes de la ciudad, formada toda por casas que a lo más levantaban del suelo dos pisos, se maravillaron con aquel majestuoso edificio de cuatro, y le dieron el título de ’rascacielos’. Muy cerca del cielo vivían nuestros antepasados, y así no debe extrañar que llamaran así a la construcción.

Parte de la historia local y de la de cada uno de los saltillenses fue ese hermoso edificio. Desde uno de sus balcones el señor Madero arengó al pueblo durante su campaña presidencial. Cuando el inspector de Policía llegó a aprehenderlo, don Francisco pasó apresuradamente a otro balcón, y desde ahí siguió hablando, y cuando el genízaro llegó ahí el orador volvió al primer balcón, y así varias veces más, ante el regocijo de la muchedumbre, que seguía con risas esa persecución.

Por lo que hace a la pequeña historia no hay quien, de mi edad, se haya olvidado del Hotel Coahuila: del elegante banco que alojaba; de sus señoriales instalaciones; de su piso inferior, en el que había peluquería y radiodifusora y donde estuvo, sobre todo, aquella famosa, queridísima cantina que llamábamos ’Los Bajos’, a la que se llegaba por una empinada escalera por la cual descendíamos con gallarda prestancia de jaca andaluza y que luego del beber subíamos con tropiezos y vacilaciones de mula manchega.

Por desgracia -gran desgracia- el edificio del Hotel Coahuila fue bárbaramente destruido. Nada pudo hacer contra la prepotencia y la ignorancia de algunos un grupo de muy estimables damas saltillenses que en vano se empeñaron en salvar para Saltillo y para los saltillenses esa preciada joya arquitectónica, resto de una de las mejores épocas que Saltillo tuvo, y que la piqueta, la soberbia, la ignorancia y la insensibilidad destruyeron para siempre.

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