Que nuestro único orgullo sea la Cruz de nuestro Señor Jesucristo


Dejemos que el Espíritu de Dios nos guié

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Que nuestro único orgullo sea la Cruz de nuestro Señor Jesucristo

Religión

Mayo 15, 2020 19:54 hrs.
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La Palabra de Dios

Sábado 16 de mayo 2020

Primera lectura
Hch 16, 1-10
En aquellos días, Pablo fue a Derbe y luego a Listra. Había allí un discípulo, llamado Timoteo, hijo de padre griego y de madre judía cristiana. Timoteo gozaba de muy buena fama entre los hermanos de Listra e Iconio. Pablo quiso llevarlo consigo y lo circuncidó, en atención a los judíos de aquellas regiones, pues todos sabían que su padre era pagano.

En todas las ciudades por donde iban pasando, daban a conocer las decisiones tomadas por los apóstoles y los presbíteros de Jerusalén, para que las pusieran en práctica. De esta manera las comunidades cristianas se fortalecían en la fe y el número de creyentes aumentaba cada día más.

Como el Espíritu Santo les había prohibido predicar la palabra en la provincia de Asia, Pablo y Timoteo atravesaron Frigia y Galacia. Al llegar a los límites de Misia, se propusieron ir a Bitinia, pero el Espíritu de Jesús no se lo permitió. Entonces atravesaron Misia y llegaron a Tróade. Por la noche, Pablo tuvo una aparición: vio a un macedonio, que de pie ante él, le rogaba: ’¡Ven a Macedonia y ayúdanos!’

Después de esta visión, determinamos salir para Macedonia, convencidos de que Dios nos llamaba a predicar allí el Evangelio.
Palabra de Dios
Te alabamos, Señor

Salmo Responsorial
Salmo 99, 2. 3. 5
R. (2a) El Señor es nuestro Dios y nosotros su pueblo. Aleluya.
Alabemos a Dios todos los hombres,
sirvamos al Señor con alegría
y con júbilo entremos en su templo.
R. El Señor es nuestro Dios y nosotros su pueblo. Aleluya.
Reconozcamos que el Señor es Dios,
que él fue nos hizo y somos suyos,
que somos su pueblo y su rebaño.
R. El Señor es nuestro Dios y nosotros su pueblo. Aleluya.
Porque el Señor es bueno, bendigámoslo,
porque es eterna su misericordia
y su fidelidad nunca se acaba.
R. El Señor es nuestro Dios y nosotros su pueblo. Aleluya.


Aclamación antes del Evangelio
Col 3, 1
R. Aleluya, aleluya.
Si han resucitado con Cristo, busquen las cosas del cielo,
donde está Cristo, sentado a la derecha de Dios.
R. Aleluya.


Evangelio
Jn 15, 18-21
En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: ’Si el mundo los odia, sepan que me ha odiado a mí antes que a ustedes. Si fueran del mundo, el mundo los amaría como cosa suya; pero el mundo los odia porque no son del mundo, pues al elegirlos, yo los he separado del mundo.

Acuérdense de lo que les dije: ‘El siervo no es superior a su señor’. Si a mí me han perseguido, también a ustedes los perseguirán, y el caso que han hecho de mis palabras lo harán de las de ustedes. Todo esto se lo van a hacer por mi causa, pues no conocen a aquel que me envió’.
Palabra del Señor
Gloria a ti, Señor Jesús

Reflexión del Evangelio de hoy

Dejemos que el Espíritu de Dios nos guie
La narración de los viajes de San Pablo nos llena de admiración por su vocación inquebrantable en el seguimiento de Jesús. Su celo por proclamar el evangelio y hacer conocer el mensaje salvador que Jesús ha traído a las naciones, no le retiene en ningún sitio. En este relato de los Hechos de los Apóstoles, Lucas nos muestra a Pablo en Listra reclutando a Timoteo por medio de la circuncisión (son los primeros tiempos), y trasmitiendo el kerigma de los apóstoles de Jerusalén.

Pablo hace Iglesia, intenta robustecer la fe de los creyentes en el Jesús resucitado y aunarlos en la comunión fraterna por medio del Espíritu. El mismo Espíritu que le lleva a dirigirse hacia la Macedonia griega, donde le impulsa la visión que el Espíritu suscita mediante un sueño en que un macedonio le ruega su presencia. Pablo es el mensajero de la Palabra, el servidor de Dios, el predicador del evangelio. El compromiso con Jesús es algo personal, una imperturbable disposición a darlo a conocer, a trasmitir su enseñanza. Pablo quiere instaurar el Reino de Dios y su mensaje de esperanza para todas las naciones. Ni la muerte, ni el pecado, ni las vanidades del mundo tienen la última palabra. Cristo ha resucitado y nos ha entregado una nueva vida en un Dios que es amor y a la que todos estamos llamados. Y esa vivencia la tiene tan interiorizada, que constituye su nueva personalidad: No soy yo, es Cristo quien vive en mí.

Nos gloriamos en la cruz de nuestro Señor Jesucristo
El seguimiento que Jesús quiere para sus discípulos está fuera de las coordenadas y categorías que el mundo presenta. Cuando Jesús le pide al joven rico dispuesto a seguirle ’deja todo, dalo a los pobres, ven y sígueme’, nos está marcando la pauta del seguimiento a todos los creyentes. No somos del mundo, no podemos estar sujetos a sus vanidades y tiranías, ni los criterios de valor y comportamiento pueden ser los del mundo. Ni el carpe diem que preconizan las propagandas publicitarias ni el sálvese quien pueda o mi beneficio es ante todo, valen para un seguidor de Jesús. Ya nos lo dice Juan en este evangelio: ’si a mí me han perseguido, también a vosotros os perseguirán’.

Seguir a Jesús es cargar con la cruz de cada día, conocer y vivir la vida desde las enseñanzas de Jesús. Poner el amor de Dios Padre por encima de todo otro valor, tarea o decisión, es decir, vivir desde el evangelio. Y más aún, anunciar el evangelio a todas las naciones. Y ¿cuál es el evangelio de Jesús? La instauración del Reino de Dios que es amor, es libertad y paz.

Un mensaje que contradice el egoísmo, el pragmatismo o el avasallamiento que el mundo busca en el poder y el dinero, como hitos de realización personal. Los cristianos estamos llamados a realizarnos sobre todo en el amor a los demás. Desarrollar todos nuestros carismas y virtudes como compromiso con el propósito que Dios tiene para cada uno de nosotros en la construcción de nuestra sociedad.

Nuestra vocación es una llamada al servicio, a conseguir la fraternidad universal, a la justicia, a la solidaridad, y al fin a la paz. Somos mensajeros de paz y esperanza. No podemos olvidar que el mensaje de Dios es un mensaje de salud y salvación. Que Dios vigila y actúa en nuestra historia a través de nuestras manos y nuestros actos. Ese celo de vivir inmersos en Cristo resucitado es el que ha de motivar y dirigir nuestros actos y reforzar nuestra entrega.

¿Hemos resucitado a este mundo de esperanza y solidaridad al que nos invita el Señor, con su nueva Creación?
Seamos actores de la verdadera Voluntad de Dios hacia el amor y la Paz.

D. Oscar Salazar, O.P.
Fraternidad de Laicos Dominicos de San Martín de Porres (Madrid)


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