Armando Fuentes Aguirre | guerrerohabla.com

Catón

Armando Fuentes Aguirre


¡Qué tío!

¡Qué tío!


Noviembre 24, 2019 19:35 hrs.
Periodismo Nacional › México Ciudad de México
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Apetición de varias familias que no vinieron –así decía el maestro de ceremonias del Salón México– recordaré una vez más al tío Camacho. Vivía en el barrio del Ojo de Agua, el más antiguo y tradicional de la ciudad. Todos le daban ese tratamiento, ’tío’, pues en aquellos años –los últimos del pasado siglo– los saltillenses eran como una familia, y a los señores de edad les llamaban así: tío.

El tío Camacho era pequeño comerciante. Despachaba en su tendejón de esquina –tendajón se decía por acá– las humildes mercancías que la gente del vecindario necesitaba y podía pagar: el maíz, el frijol, el chile, la cebolla y el tomate, la leña, el piloncillo para endulzar el café... Tenía atrás del mostrador el consabido letrero: ’Hoy no se fía; mañana sí’, pero a más de eso había puesto un cromo en el que aparecían dos tenderos: uno flaco y lleno de lacerias, vestido con harapos, los bolsillos del pantalón vueltos de fuera para enseñar que estaban horros; el otro gordo y lucio como capón cebado, sonriente y rubicundo, ataviado con elegante frac, corbata de seda de tres visos, leontina para el reloj en el chaleco y alto sombrero de copa. Al pie del comerciante mísero se leía: ’Éste fió’. Y abajo del próspero: ’Éste no’.
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Sin embargo, el tío Camacho no hacía caso de esas admoniciones que él mismo había puesto. Fiaba a diestro y siniestro (no ha de decirse ’a diestra y siniestra’, prescriben tanto la Academia como don Félix Fano en su utilísimo ’Índice Gramatical’, publicado por don Andrés Botas en el año 47 del pasado siglo). A todos daba crédito el buen tío. Eso, si bien le restó dineros, le allegó la bienquerencia general.

No era hombre estudiado el tío Camacho. Apenas podía escribir su nombre, y eso con ímprobos trabajos, sudando y trasudando igual que si estuviera haciendo tarea de galeote. Pero la falta de escuela la suplía con ración abundante de sentido común. Por eso, y por el ascendiente que tenía entre los suyos, la autoridad municipal nombró al tío Camacho juez pedáneo. Eso de ’pedáneo’ se oye muy feo, pero así se llamaban entonces los jueces de barrio, cuya competencia en materia, grado, territorio y cuantía era muy pequeña, como si su jurisdicción abarcara nada más un pie. De ahí lo de pedáneo.

Conocía el tío Camacho de los pequeños pleitos vecinales; los desafueros de los borrachines; los dimes y diretes entre las comadres… Todo lo resolvía con prudencia y equidad, de modo que sus sentencias corrían con tanto prestigio como las de Salomón, aquel sapientísimo juez y monarca de Israel que –dice el Sacro Libro– tenía 500 esposas y 500 concubinas. Alguien ha preguntado qué les daría de comer. A mí me gustaría saber más bien qué comería él.

Cierto día una muchacha se quejó con el tío Camacho de haber sufrido violación irreparable en su cuerpo, con pérdida total de la virtud. El tío hizo que su secretario tomara la declaración de la denunciante, que no gozaba fama de mujer casta y honesta, y luego le alargó la pluma, una de aquellas de ave que entonces se usaban, para que firmara su declaración. Pero cuando ella iba a mojar la pluma el tío Camacho le movió el tintero, y dos veces más después, con lo que la muchacha no pudo acertar en meter la pluma en el tintero. Sentenció, solemne, el tío: ’Si hubieras hecho tú lo mismo nada te habría pasado. Vete y no peques más’.

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