En las Nubes

Qué nos pasa ¿Un imperio más?

Qué nos pasa ¿Un imperio más?
Política
Noviembre 18, 2014 16:06 hrs.
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Carlos Ravelo Galindo › diarioalmomento.com

Como diría el compadre: “No la chifles que es cantada…” No condenes, actúa y cumple con el deber que te conferimos, joven mandatario. Así de simple. Menos palabras. Más acción. Queremos verlo, pero ya. Y ahora, algo del México antiguo, como panacea o ejemplo: Ella se mexicanizó hasta la locura. El se mexicanizó hasta la muerte…” Hablamos, por supuesto, de Maximiliano y Carlota y de dos de las más poderosas casas reales de la Europa del siglo XIX. Los Habsburgo y la de Bélgica, cuna de estos dos personajes, herederos del más exquisito refinamiento, incómodos para cada una de las familias y destinados a una vida de melancolía y tribulaciones. Con un final trágico de locura y muerte. La historia, en síntesis: él, Archiduque Fernando Maximiliano José María de Habsburgo-Lorena y ella, la Princesa María Carlota Amalia Augusta Victoria Clementina Leopoldina de Sajonia Coburgo y Orléans Borbón Dos Sicilias. El mundo conocería simplemente como Maximiliano y Carlota, Emperadores de México. Ambos nacieron en dos suntuosos palacios. Maximiliano en el de Shönbrunn, Austria, en 1832, considerado uno de los más bellos de Europa. Carlota en el magnífico palacio real de Laeken, cerca de Bruselas, Bélgica, en 1840. Ella, pariente muy cercana de las más distinguidas casas reales de toda Europa. Era la inteligente y consentida hija del Rey de Bélgica, cuyo trono lo heredaría su hermano Leopoldo, hijo mayor del primer matrimonio de su padre. Él, el segundo en la línea de sucesión al trono del Imperio Austro-Húngaro, después de su hermano Francisco José, cuya esposa Isabel de Baviera, fue la famosa y encantadora Emperatriz Sissi.
En 1857 Maximiliano y Carlota contraen matrimonio. Un matrimonio peligroso para ambas casa reales. Habría que mantenerlos en un mundo de fantasía que no representara riesgo para nadie, sino beneficios para todos. Decidieron fincar su hogar en Italia, cerca de Trieste, en el Castillo de Miramar, cuyos planos se aplicó Maximiliano a trazar con su propia mano. El camino que conduce al castillo es delicioso; sigue la orilla del mar que se redondea siempre orlado de un elegante encaje de espuma. Sus almenadas torres, su arquitectura maciza tienen el aspecto altivo y melancólico de una fortaleza.
Todo lo que es suficiente para la dicha, llenaba la soledad donde Maximiliano había realizado el ensueño moderno, de un corazón y una bolsa. Le agradaba rodearse de artistas, de hombres de letras, de sabios; los colmaba de atenciones y regalos. Si esas Alamedas pudiesen hablar, veríamos cuán nobles y grandes eran sus proyectos y sus ideas. Maximiliano veía en las plantas algo más que la simple tisana, amaba sus colores, sus formas variadas, sus perfumes, las cultivaba como hombre de gusto y como artista, y los describía como poeta. Con profusión las esparció en derredor de Miramar, cambió en un oasis una roca árida y ardiente y aclimató en esta latitud la vegetación friolenta y radiante del oriente… Hay allí prados de una riqueza de tonos tan brillantes que se creería estar sembrados de piedras preciosas y bordados como casullas. Espaldares que se abren sobre el mar semejantes a grutas de ninfas, fuentes estrelladas de lotos como grandes espejos en el centro de los prados y destacaba su blancura, sobre los negros bosquecillos, algunas estatuas mitológicas que el sol calentaba su divina desnudez. Quiso la vida que un sueño bucólico se convirtiera en una existencia pletórica de tribulaciones. Durante los primeros días de marzo de 1864, en París, Maximiliano aceptó los compromisos que se iban a estipular en el Convenio de Miramar. Entre otros, la renuncia a sus derechos a la corona de Austria. Igualmente, para contar con el apoyo del ejército francés, contrajo con Napoleón III una obligación de 500 millones de pesos mexicanos.
La llamada Junta de Notables o Regencia de México, por unanimidad, había ofrecido la corona a Maximiliano, asegurándole que contaba con el apoyo del pueblo. Al saber Maximiliano que no tenía nada qué perder y sí mucho qué ofrecer, aceptó. Cuando Maximiliano y Carlota dejaron Europa, se fueron en una fantástica nave, La Novara, que ondeaba el estandarte del Imperio Mexicano. Ellos recibieron la bendición del Papa y la reina Victoria ordenó disparar desde el fuerte de Gibraltar en saludo la nave de Maximiliano. Maximiliano llegó al puerto de Veracruz el 28 de mayo de 1864. Al desembarcar, Maximiliano expidió una proclama que comenzaba con estas palabras: “Mexicanos vuestra noble nación me ha designado para velar de hoy en adelante sobre vuestros destinos”. (En 2014 se conmemoran ciento cincuenta años de su llegada a tierras mexicanas.)
Sin embargo la travesía a la capital le ofreció un panorama distinto: un país herido por la guerra y profundamente dividido en sus convicciones. Al llegar a la ciudad escogió el Castillo de Chapultepec como residencia y mandó trazar un camino que le conectase a la ciudad (el actual Paseo de la Reforma).
Como el emperador y la emperatriz no podían tener hijos (Maximiliano había enfermado de sífilis en su expedición a Brasil) decidieron adoptar a los nietos de Agustín de Iturbide, el primer emperador mexicano. Maximiliano, más idealista y soñador que político, era natural que sus planes fracasaran. Creyó que le sería muy fácil acabar con la guerra civil y con la división de partidos. Llamó a su lado a los liberales que quisieran servirlo; y creyó también que así consolidaría en México, una era de paz y de bienestar sin que pasaran tantos años todavía para que se realizara su deseo. Así sucedió. Poco a poco, hizo a un lado a los mismos que lo habían traído al poder y se rodeó de hombres, que por sus ideas avanzadas y anti monárquicas, no podían ser sino sus enemigos. En corto periodo de tiempo, Maximiliano se había enamorado de los hermosos paisajes de su nuevo país y de su gente. En tanto, las tropas francesas continuaban contra las fuerzas rebeldes.
Maximiliano comenzó a construir museos y honrar la cultura mexicana, lo cual queda como una de sus grandes contribuciones como emperador. Mientras la emperatriz Carlota, mediante fiestas, obtenía fondos para la Beneficencia Mexicana. Cuando Maximiliano visitaba una ciudad, no sólo la veía, sino que la “sentía” en su corazón y compartía sus apreciaciones con los viajeros: “Gentes que viajáis, ¿queréis juzgar una ciudad antes de entrar en ella? Si está dominada por elevados y negros campanarios, por cúpulas relucientes, entrar y encontraréis en ella hermosos monumentos, grandes recuerdos. Pero si se presenta a vuestras miradas sin construcciones elevadas, no vayáis porque no encontraréis en ella más que calles y casas uniformes. No entréis si no es que el azúcar y el algodón tienen para vosotros más importancia que todo los demás. Si desde lejos percibís colosales chimeneas huid de ella como el aspecto de molinos de viento, porque entre todas las ciudades, las ciudades donde hay fábricas son las más fastidiosas, matan el talento y el corazón y convierten a los hombres en máquinas.” Maximiliano era ante todo un hombre de corazón. Su recuerdo se venera aún hoy en esas provincias lombardas que administró como amigo y como padre; y en ese México donde nunca quiso reinar como conquistador… Hacia julio de 1866 los días del imperio eran de desaliento, pues las pugnas entre los imperialistas conservadores y los liberales republicanos simpatizantes de Benito Juárez, empeoraban cada día. La emperatriz dio muestra de su gran energía. Decidió que ella en persona partiría e iría a tratar personalmente con Napoleón lo relativo al sostenimiento del imperio.
La valerosa mujer no dudaba del buen éxito de su empresa, pues aseguraba que a fuerza de súplicas conseguiría de Napoleón lo que era necesario para la salvación de la causa imperial. Maximiliano acompañó a su ilustre consorte, por última vez hasta Ayutla, a unas siete leguas (34 km aprox.) de la ciudad de México. Jamás la volvería a ver. Desde su entrevista con Napoleón, la emperatriz tenía las ideas más estrafalarias y desconfiaba de todo el mundo. No cabía duda ninguna que aquel cerebro caminaba a grandes pasos a la locura. Había sufrido tal sacudimiento nervioso, que por doquiera veía acechanzas y emboscadas. Unos meses después, en El Vaticano, casi a gritos Carlota implora asilo al papa Pío IX. Se encontraba muy alterada. El médico declaró que la emperatriz sufría un terrible ataque de enajenación mental, e indicó que sería conveniente que se le permitiese quedarse unos días en el palacio y que no viese a ninguna de las personas de quienes desconfiaba. ¡Al día siguiente por todo Roma circulaba ya el rumor de que la infortunada emperatriz de México había perdido la razón! Mientras tanto, las bromas y el buen humor que en otros tiempos habían caracterizado a Maximiliano, habían desaparecido por completo. Su cabeza, que antes siempre estaba erguida y altiva, ahora se veía inclinada, como bajo el peso de tantas contrariedades y tantos sufrimientos. El emperador bien comprendía que a costa de todos los sacrificios, tenía que permanecer en México, pareciéndole poco decoroso huir entre los equipajes del ejército francés.
México, Puebla y Querétaro eran las últimas plazas en poder de los imperialistas. El 19 de febrero de 1867, Maximiliano llega a Querétaro donde instala la capital del país a su cargo. Cuentan las crónicas que es entusiastamente recibido por la multitud; Se instala en el Casino Español. La más completa tranquilidad y la calma más absoluta reinaron en Querétaro durante los primeros días de su permanencia en la ciudad. El cuartel militar se instala en el Cerro de las Campanas, sin que nada de importancia sucediera. Sin embargo los liberales al romper el acueducto, cortan una buena parte del suministro de agua a la ciudad. La tarde del 30 de marzo el emperador organizó una gran fiesta militar en la plaza del Templo de la Cruz, donde condecoró a los jefes, oficiales y soldados que habían lucido su valor y pericia en los recientes combates. El General Miramón se acercó al soberano para condecorarlo con la medalla de cobre del valor militar concedida al soldado raso. Maximiliano, conmovido, abrazó a Miramón y agradeció a los jefes y oficiales allí presentes. Nutridos y entusiastas gritos de ¡Viva el Emperador! atronaron el espacio. La superioridad de las fuerzas republicanas y la traición provocaron que en la madrugada del 15 de mayo, Querétaro finalmente cayera en poder de los liberales. Con fuego y su griterío inundaron las principales calles de la ciudad. Al Emperador lo despertaron para salir de prisa. Entonces se hospedaba en el convento de La Cruz.
En las faldas del cerro de las Campanas, rodeado por los oficiales republicanos, Maximiliano se vio obligado a entregar su espada al General Mariano Escobedo. Se le llevó de nuevo al convento de la Cruz. Ahí, su habitación se convirtió en su primera prisión. El sitio de Querétaro había terminado, después de resistir durante 72 días, valientemente, 7000 imperialistas ante 40,000 sitiadores. Ese mismo mes, su majestad fue trasladado al convento de Teresitas. Las habitaciones que en este convento sirvieron de prisión al soberano y a su comitiva fueron dos cuartos con vista a un gran patio arbolado. Posteriormente fue trasladado al convento de Capuchinas, donde se cumplió en Maximiliano la sentencia de muerte. Un silencio sepulcral reinaba, no sólo en el convento que le servía de prisión, sino también en toda la ciudad. A los primeros rayos de la aurora, los criados lívidos y demacrados por tanto llorar, escucharon el redoble de los tambores republicanos que se acercaban. El emperador vestía de negro y salió en un carruaje acompañado de un sacerdote. Al pasar el vehículo por las calles de la ciudad, en puertas, ventanas y balcones, se veían damas y caballeros enlutados que sofocaban sus sollozos con los pañuelos empapados por el llanto. Al bajarse del carruaje en el cerro de las Campanas, con su serena mirada azul como el cielo, exclamó: “¡en un día tan hermoso como éste quería yo morir!”
Algunas crónicas relatan lo que fueron las últimas palabras de un hombre digno, justo y de alma grande: “Perdono a todos y pido que me perdonen, y que mi sangre, que está a punto de ser vertida, se derrame para el bien de este país. Voy a morir por una causa justa: la sangre de la Independencia y la libertad de México. Que mi sangre selle las desgracias de mi nueva Patria. ¡Viva México!”
A la llegada de su ataúd a Trieste jamás se vio emoción semejante: los almacenes cerraron, el trabajo quedó suspendido Por doquier gentes vestidas de luto y mujeres que sollozaban. Cuando se piensa en la vida feliz que habrían podido llevar allí. Cuando se evoca ese pasado de horas lentas. Cuando se piensa que él dio su vida por un país al que amó y que ella murió en la amarga soledad de su locura, 160 años después, se siente una tristeza indefinible al franquear la reja de esta residencia. Ni recorrer estos jardines llenos de encantos sin colocar en ellos escenas de ventura. O en esas alamedas bañadas por una luz verde y crepuscular la imaginación cree ver todavía una pareja enlazada que en ellas desaparece. Fernando del Paso, en su magnífica obra Noticias del Imperio, resume en una sola frase la trágica historia de Maximiliano y Carlota, Emperadores de México:
“Ella se mexicanizó hasta la locura, él se mexicanizó hasta la muerte.” Un ejemplo a seguir.
craveloygalindo@yahoo.com.mx

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