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Armando Rojas Arévalo | diarioalmomento.com

Epistolario

Armando Rojas Arévalo


Septiembre negro

Septiembre negro


Septiembre 10, 2021 22:46 hrs.
Política Estados › México Ciudad de México
Armando Rojas Arévalo › diarioalmomento.com

PAOLA: En muy poco tiempo, talvez cuatro décadas, las cosas en el mundo cambiaron radicalmente. Como si el planeta hubiera decidido girar vertiginosamente para arrastrarnos con furia a un escenario incierto, con ganas de vengarse de nuestra indolencia e irresponsabilidad. El clima, nuestro entorno, la convivencia social, la salud, la economía, la forma de hacer política, el ser humano mismo han revolucionado. Todo se ha modificado. No es que tiempos pasados hayan sido mejores, sino que los cambios nos han rebasado y llenos de estupor y miedo nos hemos quedado sin respuestas.

Los cambios climáticos tan dramáticos nos llenan de estupor. Es increíble, por ejemplo, el deshielo de los glaciares eternos. La naturaleza se está cobrando las afrentas y el daño que le hemos hecho. Curiosamente, quizá para el estudio de los profetas de lo paranormal, el mes septiembre ha provocado en México calamidades que no se habían visto y sufrido en otros tiempos.

La Paz, Baja California Sur, no sabía hasta 1976 lo que era un huracán devastador. Habían azotado tormentas y ciclones, pero no como ’Liza’ que azotó con furia desbordada la tranquila, casi bostezante ciudad, en septiembre de 1976.

Yo ahí estaba. ’Cubría’ como periodista un evento. Cuando los pronósticos del meteorológico fueron abrumadores, el periódico me ordenó continuar en la ciudad. Las aguas de la bahía no se movían. Parecía aquello una alberca. Mal presagio, pensé, y me dio miedo, debo confesarlo.

Los pronósticos alertaban del peligro. Las autoridades ordenaron la evacuación de las casas asentadas en las orillas de un arroyo que no había tenido agua en años. No se hablaba entonces de refugios. Era la primera vez que un meteoro de esa fuerza destructora se abatiría sobre la ciudad que miraba hacia el Mar Bermejo.

Hasta ahí llegó HERNÁN CORTÉS el 3 de mayo de 1535, fecha en la cual, desembarcó en ese puerto, llamándolo Bahía de la Santa Cruz. Después, el almirante español SEBASTIAN VIZCAINO le cambió ese nombre por el de La Paz en 1596. De no ser por el acoso de ’Los Pichilengues’, una banda de piratas holandeses que llegaba a refugiarse a la bahía a que hoy lleva ese nombre, nada ocurría.

La noche del 25 de septiembre de 1976 empezó a llover. El cielo estaba lleno de nubarrones. A través de la radio se pidió a la población y a los turistas no salir a las calles porque habría tormenta en el curso de los siguientes días. El día 26 La lluvia empezó a caer torrencialmente, pero los paceños y turistas confiados en que era una tormenta tropical y llovería mucho, no pensaron que esa noche y los dos siguientes días pisarían los dinteles de la tragedia.

Antes de la llegada del huracán, muchos residentes no escucharon las advertencias de ciclones tropicales y continuaron con sus actividades normales. Muchos otros se negaron a evacuar las viviendas, porque creían que sólo querían asustarlos.

Casi a la medianoche, el cielo daba la impresión que se caería a pedazos. Los vientos arrancaban árboles como hojas de un cuaderno escolar y volteaban vehículos. El estruendo de un alud de piedras y rocas que bajaba de los cerros por el arroyo, se escuchó como bestia enfurecida con una fuerza destructora nunca antes vista por la gente del semidesierto.

Sabíamos que nos esperaban horas aciagas, pero no sospechábamos la dimensión del problema. Liza era el octavo huracán de la temporada de huracanes de 1976 en el Pacífico. El meteoro alcanzó la categoría de huracán el 28 de septiembre después de desarrollar un ojo. Alcanzó su punto máximo en intensidad como un huracán de categoría 4 en la escala Saffir-Simpson el 30 de septiembre, con vientos de 225 kilómetros por hora.

Las noches del 25 al 30 fueron de demasiada agua y viento. La noche del 30 bajaron ríos de la sierra con una fuerza descomunal que arrastraron casas, ganado, personas y automóviles al mar. El hotel ’Presidente’, inaugurado hacía algunos meses, se inundó hasta el segundo piso. Los constructores se ufanaban que, pese a estar a orillas del mar el agua jamás lo tocaría.

Una represa estalló por el El Cajoncito Creek a lo largo de las afueras de La Paz. Cientos de personas fueron arrastradas por las aguas. En mi recorrido sorteando los fuertes vientos, tomé nota de los cuerpos de cuando menos tres niños, dos de ellos bebés, incrustados en los alambres de púas, hinchados y cubiertos de lodo. Más allá, por El Caimancito, la residencia oficial del gobernador, un automóvil cubierto por el lodo con sus cuatro ocupantes muertos.

Un día antes del desastre quise dejar la ciudad, pero ni forma de salir de La Paz. El aeropuerto estaba cerrado desde dos días antes. La carretera peninsular estaba cortada en varios lugares. Y los caminos vecinales habían sido borrados por la tormenta. No se podía salir de la ciudad.

Po supuesto no había energía eléctrica ni suministro de agua potable. Durante tres días los huéspedes de Los Arcos, tomamos sólo agua mineral embotellada que había en la bodega, pero teníamos que racionarlas para que no se acabaran pronto.

Turistas y ciudadanos se unieron a los trabajadores de rescate, durante días cavando en el barro para encontrar víctimas del huracán, hasta que se decidió terminar la búsqueda el 6 de octubre. El gobierno recibió críticas por la tragedia, citando que la presa que se rompió había sido mal construida. En general, al menos mil 108 muertes y 100 millones (1976 USD ) en daños se atribuyen al huracán. No cabe la menor duda que ha sido uno de los meteoros tropicales más mortíferos registrados en el Pacífico oriental.

En el balance sólo en La Paz, 412 personas murieron y 20 mil quedaron sin hogar. Casi un tercio de las viviendas de la ciudad fue destruido. Se calcula que en todo el Estado poco más de mil personas habían perecido.

Hoy, en septiembre, ya se volvió costumbre hablar de huracanes y ciclones en esa parte de México. Antes no pegaban con tan seguido como hoy. Los primeros ciclones y huracanes tocan la península y luego se dirigen tierra adentro. Lo mismo ocurre en la península de Yucatán, famosa porque nunca pasaba nada, ni temblores. ’Mejor me voy pa’ Yucatán’, se decía en referencia a la tranquilidad y la paz.

P.D.-¿Y ahora qué le pasó a éste? Te has de preguntar. Respondo: Las mañaneras, las ocurrencias y la invención de la historia, me tienen como a JAVIER SICILIA.

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