Armando Fuentes Aguirre | guerrerohabla.com

Catón

Armando Fuentes Aguirre


’Tres cuadros

’Tres cuadros


Noviembre 04, 2019 18:48 hrs.
Periodismo Nacional › México Ciudad de México
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Desde mi cama, por la ventana de la casa campesina, veo la huerta arrellanada en la penumbra del amanecer. Los nogales entregaron ya su último fruto y sus hojas empiezan a pintarse de color sepia, pues se disponen a salir en el retrato del otoño.

Sobre la loma, al otro lado del arroyo, el caserío es como un barco inmóvil en el horizonte de la noche. La ropa tendida se agita en el aire recién creado y finge los gallardetes de la nave.

Se vuelve claro el cielo. Brilla el día. Miro los campos en reposo: cumplida la faena se echan a descansar igual que un manso perro. Termina de bañarse la mañana y sale goteando de rocío. En la copa del pino se vierte el primer rayo de sol.

Dios, que es la vida, esparce una indulgencia plenaria sobre el mundo. Entra por la ventana su indulgencia y viene a mí como un regalo del amor.

***

Tengo frente a mí una copia de Las Meninas, de Velázquez. El cuarto en el que escribo es muy pequeño, y quise poner en él algo que lo hiciera ver más grande.

En Las Meninas, dijo un crítico español, Velázquez pintó el aire. En ese cuadro está todo el saber pictórico: la teoría y la técnica, la ciencia, el arte, la forma y el fondo. No es una pintura Las Meninas. Es La Pintura.

En la Galería Nacional de Escocia, en Edinburgh, encontré otro cuadro de Velázquez. Su nombre no es poético, se llama ’Mujer friendo huevos’, pero el cuadro es pura poesía. Una mujer se dispone a hacer la comida. (Si alguien piensa que eso no es poético es porque no sabe de mujeres, de comida ni de poesía). Sobre la mesa hay un plato, y sobre el plato un cuchillo. Entre el cuchillo y el fondo del plato queda un espacio de aire. Es el mismo aire que en Las Meninas pintó Velázquez.

Este pequeño cuadro doméstico de Escocia, aun sin la grandeza de la pintura real que está en el Prado, me enseña una lección: hacer bien las cosas pequeñas tiene el mismo valor que hacer bien las grandes cosas.

***

Desde el alto altar Nuestra Señora de la Soledad llora su solitud en Tlaquepaque.

El templo es pequeñito, pero tiene rango de basílica. Ahí me encuentro a San Lorenzo con la férrea parrilla en que fue asado sin términos medios. Me encuentro ahí a San Estanislao, que sólo necesitó 18 años para llegar de Roma al Cielo, empresa nada fácil.

Me conmuevo al mirar un cuadro perdido en una nave lateral. Representa el tránsito de San José, que es el mismo que decir su muerte. Con ternura Jesús toma en los brazos al padre que agoniza. La Virgen le muestra el paraíso, abierto para él porque acató el milagro con limpio corazón. Y atrás -detalle encantador- un preocupado angelito ofrece al enfermo un plato con sopa y un pan claramente mexicano.

Una lección me enseña esa pintura de pintor de pueblo: no hay separación entre las cosas del cielo y de la tierra. Un angel que da pan y una mujer que muestra las alturas son notas del mismo Amor que todo lo llena y que se deja llenar también por lo humano.

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