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Armando Fuentes Aguirre


Un ramo a Ramos

Un ramo a Ramos


Junio 16, 2019 21:32 hrs.
Periodismo Nacional › México Coahuila
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Cuando mi esposa y yo nos casamos éramos riquísimos. Lo único que nos faltaba era dinero. Nuestro viaje de bodas fue a Guadalajara y a la Ciudad de México. ¿Acapulco? Ni pensarlo.

Llegamos a un hotel modesto, el que podía yo pagar. Se llamaba –se llama todavía, pues existe aún– Hotel Virreyes. Se encuentra frente al Salto del Agua, por la antigua calle de San Juan de Letrán, que ahora lleva el horrible nombre de ’eje’.

Una mañana vi en el lobby del hotel a un hombre de color. Bien parecido era aquel tipo, de recia contextura, membrudo, con espaldas anchas y fornidas. La regularidad de sus facciones era alterada por su nariz, demasiado roma, como achatada. Tenía así la nariz porque era boxeador. Yo lo conocía bien. Era Ultiminio Ramos. Le dije:

-Quiero darle las gracias, señor Ramos. Por usted pude hacer mis estudios de abogado.

-¿Cómo así, chico? –me preguntó–.

He aquí la historia. Cuando fui a estudiar en la Capital mis padres no podían enviarme más dinero que el estrictamente necesario para pagar la casa de asistencia y cubrir los gastos absolutamente indispensables. Así, hube de ingeniármelas para multiplicar ese dinerito y tener para mis vicios: los cafés, las corridas de toros, la ópera, los libros, el teatro, las andanzas por el centro histórico de la gran ciudad.

Llegó por ese tiempo a México una brillantísima generación de peleadores cubanos: Luis Manuel Rodríguez; José ’Mantequilla’ Nápoles; Ultiminio Ramos... De los tres el más grande fue el Mantecas, que se nacionalizó mexicano. Su gran error consistió en enfrentarse a Carlos Monzón, que peleaba en un peso superior. Monzón le dio una paliza. Recuerdo bien la narración de la pelea hecha por Jorge ’Sonny’ Alarcón:

Antes de empezar la pelea:

-¡Qué hombrada la del mexicano ’Mantequilla’ Nápoles al enfrentarse a un hombre que lo supera en kilos y recursos boxísticos!

En el tercer round:

-¡Duro castigo está sufriendo el cubano-mexicano ’Mantequilla’ Nápoles!

Y al final:

-¡Cae a la lona el cubano Mantequilla Nápoles!

Los boxeadores que llegaron de la Isla eran infinitamente superiores a los mexicanos de su categoría, peleadores de barrio como Juanito Ramírez; el Canelo Urbina... Y yo, a riesgo de ser acusado de malinchista, empecé a apostarles siempre a ellos.

-Pero me da tronchado –le pedía al otro apostador–, porque mi gallo no es mexicano.

Y siempre me daban tronchado. Y siempre ganaba el boxeador de Cuba. Pido perdón a los manes nacionales, pero esa pequeña falta de patriotismo me rindió muy buenos dividendos. Apostaba 100 pesos y ganaba 150. Dejé para siempre las casas de asistencia; me fui a vivir en un departamento de muy buen ver en las calles de Carracci, en Mixcoac, y tuve recursos para comprar libros, para ir a los toros, a la ópera y al teatro. Ah, y de paso pude seguir mis estudios. Por eso le di las gracias a Ultiminio Ramos. Nadie sabe para quién boxea.

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